Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 33. EL JUICIO DEL FUEGO
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CAPÍTULO 33. EL JUICIO DEL FUEGO

El viento soplaba fuerte, y una conglomeración antinatural de nubes anunciaba la llegada de la lluvia.

Selthar, al salir del castillo, vio las calles en calma.

La gente comenzaba a salir, aunque con miedo.

Las cabezas de los sediciosos seguían exhibidas, junto con sus cuerpos clavados en el muro.

En la Plaza Blanca ya ondeaba nuevamente el dragón encadenado, al igual que en la de Virelth.

Escuadras de la Guardia Capitalina patrullaban por las calles, entraban y salían de tabernas o apostaban en las esquinas.

Selthar subió a su caballo y emprendió camino hacia la Plaza de Elarion, donde se reuniría con sus hombres.

En la calzada este, al abandonar el pasillo de las cabezas, un extraño aroma a carne podrida flotó en las cortas y constantes corrientes de aire.

Una gota cayó, y luego otra. El cielo se humedeció, y de un momento a otro la lluvia lo cubrió con su manto.

Esa extraña calma hizo que Selthar comenzara a divagar en sus pensamientos, a sumergirse en sus recuerdos.

Durante ese lapso, recordó la situación que Drakareth tenía respecto a la guerra.

«La guerra continúa, ¿por qué me siento tan tranquilo?

». Selthar llegó a la Plaza de Elarion y se reunió con sus hombres, quienes rodeaban la estatua central, sentados en las bancas o en el piso.

El capitán dividió a sus hombres y los envió, por escuadras, a cualquier posada, refugio o casa donde fuese lógico que estuvieran los antiguos reyes.

Instruyó a sus soldados para que disparasen una bengala de humo si los encontraban, y permitió el arresto preventivo con tal de conseguir información.

Así pues, el millar de soldados que comprendía su ejército se dispersó por todo el sector este y el norte, entrando a cada construcción y preguntando a cada posadero sobre el paradero de la familia Valdyran.

Selthar había comenzado a usar las bengalas, y los bastiones de las plazas las proporcionaban.

Por petición de Kaelen, Surghen implementó el uso de las bengalas de humo dentro del ejército.

El general argumentaba que eran más prácticas para enviar mensajes cortos que los mismos cuervos, y que para tareas dentro de la ciudad resultaban especialmente beneficiosas.

Los hombres de Selthar llevaban ya poco más de cuatro horas y cincuenta recintos visitados, y seguían sin encontrar a los antiguos reyes.

Mientras más lugares recorrían, más gente se rehusaba a cooperar.

Se intensificó el uso de las armas, y comenzó a surgir una nueva ola de violencia y represión por parte de la Corona.

El rumor sobre el arresto y posible ejecución del Príncipe Desterrado comenzó a circular y se expandió a toda velocidad, lo que provocó que quienes aún eran fieles a la familia Valdyran se mostraran renuentes a responder las preguntas de la Guardia Fronteriza.

Selthar y una escuadra salieron del burdel donde los sediciosos se habían reunido en un primer momento.

La celestina del lugar había quemado los blasones y destruido la evidencia que Argon y su ejército dejaron en el sótano.

Para cuando llegó Selthar, lo único que encontró fueron esclavas de todas las edades, vestidas de forma provocativa y cubiertas por los polvos de amapola.

El capitán no se quedó mucho tiempo ahí, y cuando salió, estaba asqueado y enfadado.

El pensamiento sobre el posible exilio al norte de los reyes se volvió más frecuente con cada minuto que pasaba en las calles.

«De ser así, esto es inútil —pensó—. Tampoco podemos buscar en cada casa de la ciudad».

Para su suerte, uno de sus soldados, cerca del muro norte, disparó una bengala de humo rojo. Por fin los habían encontrado. El capitán sintió un profundo alivio en el pecho, montó su caballo y puso rumbo al origen del humo. Desde ahí, ya podría regresar al Varkhalion.

***

Surghen estaba especialmente preocupado.

El curandero imperial, Meron, quien cuidaba a Naeryn, le había informado que la Dama Regente estaba embarazada.

«En este momento, debo estar con ella. No planear una ejecución —se recriminó, mas no se movió.

Solo apretó su mano contra la empuñadura de su espada—.

Pero es por eso por lo que debo calmar mi ciudad.

Para que el príncipe pueda nacer seguro».

En ese momento, llegaron los jefes de los gremios de artesanos y carpinteros, escoltados por Nelysia.

—Mi señor —saludó el carpintero, temblando con un leve temor. Surghen no contestó—. El estrado está listo —añadió—, y tal como solicitó, también hemos colocado las gradas.

—Bien. Vaya con el Maestro Racional a recibir su pago.

—Mi señor —el carpintero hizo una reverencia y se retiró.

—Su Alteza —aprovechó el artesano—. Necesito, con su claro permiso, que venga y apruebe mis tinajas.

—Eso no es importante —dijo Surghen—. Deja las que sean altas y lisas, con boquillas delgadas.

El artesano asintió y se retiró.

—Mi señor —dijo Nelysia al final—. No pudimos contactar al verdugo.

—No es necesario. Lo haré yo.

Surghen bajó hasta el primer piso del castillo y recorrió el pasillo exterior a la Sala del Trono.

Durante ese lapso se encontró con Kaelen, quien justamente había llegado a informar.

Los dos hombres caminaron hasta la Sala del Trono.

Naeryn se fue en ese preciso momento, y Surghen ocupó su lugar en el trono.

—Los hombres de Selthar ya encontraron a la familia Valdyran —informó Kaelen—. En la plaza ya hay nobles que se están reuniendo. Uno de mis capitanes contrató a un juglar y a un bardo para que los entretuviesen.

—Bien. Dispara una bengala de humo cuando las gradas se hayan llenado —dijo Surghen—. Y contacten a Irlendir para que toque en la ejecución.

El Rey se levantó una vez más y salió hacia las cuadras.

Tomó un caballo y cabalgó hasta la Plaza Blanca; tenía curiosidad por observar cómo iban las obras.

Cuando llegó, encontró un gran pasillo iluminado por antorchas amarradas a estacas de una yarda de altura.

Entre cada una había dos tinajas de cerámica, y entre estas, una flor de escarcha.

Hacia el frente del pasillo, dos secciones de gradas de gran tamaño se dividían a los costados de la fuente.

Detrás de la fuente, un estrado elevado sostenía la guillotina y dos asientos: uno para el verdugo y otro para el trovador.

Los soldados que patrullaban la zona mostraban un comportamiento estresante y errático.

Caminaban lentamente, siempre dando las mismas vueltas.

Algunos frotaban constantemente los guantes, otros se los habían retirado, y unos últimos estaban sentados en las primeras filas de las gradas, apostando.

Pero todos compartían el mismo murmullo: «Deberían darles una muerte rápida y apartada».

Surghen recordó que Neryss le había dicho lo mismo, y él rechazó tajantemente la idea.

—La ejecución debe ser pública —le había dicho a la comandante—. La promulgación de nuevas leyes y la represión total de cualquier sedicioso tiene que ser de conocimiento público.

Surghen emprendió el regreso al castillo. Al entrar, fue directamente a su dormitorio. Se sentía sucio. El curandero Meron salió con una bandeja que llevaba un tarro de vino caliente y pedacera de raíz amarga. Hizo una reverencia y se apresuró a salir.

Naeryn estaba acostada en la cama. Tenía las manos sobre el regazo, y en la mesilla de noche reposaba una copa de vino condimentado con raíz amarga para calmar el dolor.

Dormitaba. El curandero le había pedido que comenzara a dormir de costado.

Surghen no la molestó. Se desvistió y entró a la bañera, ya llena de agua humeante.

Permaneció ahí unos minutos, tomó un cepillo de cerdas suaves y se frotó la espalda, el pecho y las piernas. Se sumergió varias veces.

Cuando terminó, se vistió con un camisón blanco y pantalones cortos. Encima se puso un jubón negro con bordado de oro y, al final, se colocó una capa roja con el dragón encadenado sobre un fondo púrpura de marco dorado. Los bordes de la capa también eran dorados.

Salió del dormitorio. En el exterior, la noche se asentaba, y el bullicio de la Plaza Blanca crecía con fuerza. Se encontró con Nelysia y Selthar en la Sala Mayor.

—Nelysia, ve con Vaelric y dile que traiga a Argon Valdyran —ordenó. La escudera salió en ese momento—. Capitán, ¿dónde resguardan a los reyes? —preguntó Surghen a Selthar.

—Están bajo vigilancia de una escuadra —respondió—. Detrás de la Plaza Blanca.

El Rey salió al aire libre y tomó rumbo hacia la Plaza Blanca nuevamente. Cuando iba a cruzar el muro del Varkhalion, el patriarca lo increpó.

—Mi señor, la Dama Regente también debe estar presente.

—Es muy amable que le digas así —reconoció el Rey—. Pero no tendrá ese título hasta la boda. Naeryn permanece en reposo. Es mejor que no vea la ejecución.

Surghen no esperó respuesta. Tiró de las riendas del caballo y galopó hacia la plaza.

Nelysia caminó hasta las escaleras que llevaban a la prisión subterránea.

Un escalofrío recorrió su cuerpo. Nunca había entrado al Kharthûr, y nunca habría querido hacerlo.

Avanzó con pasos lentos, atenta al momento en que cruzaría la celda de Lethira Vaelwyn.

La comandante fyrtana estaba ahí, como siempre: observándola fijamente mientras se reía de forma perturbadora.

Tenía las pupilas completamente dilatadas, el cabello sucio, maloliente y enmarañado, y el rostro demacrado, hundido en sombras y mugre.

Nelysia, incómoda, apretó los labios y aceleró el paso.