Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 32. SANGRE EN LAS COLUMNAS #3
69%

CAPÍTULO 32. SANGRE EN LAS COLUMNAS #3

El capitán Gareth fulminó a un escudero cuyos movimientos eran toscos y lentos.

En pocos minutos, la batalla se convirtió en un combate abierto que envolvió toda la plaza.

Vaelric levantó su espada y ordenó un nuevo bombardeo: las bombas de cristal.

Al volar, aquellas masas silbaron en el aire, y sus golpes fueron, cuando menos, extravagantes.

Algunas cayeron sobre cabezas, otras sobre el piso.

Al tronar, la cantidad de materiales filosos que contenían salió disparada en todas las direcciones, acribillando a capitalinos y rebeldes por igual.

Gareth terminó con varias esquirlas atravesadas en los tobillos y múltiples raspaduras por el metal.

Vaelric, gracias a su armadura, salió ileso.

Ya no le importaban los cortes. Gareth tiró un golpe totalmente vertical hacia Vaelric, pero él lo bloqueó con la espada y mantuvo el contacto, agarró las vestiduras del capitán y lo arrojó contra el pilar central de la fuente.

Gareth se levantó rápidamente y lanzó una estocada.

Vaelric la cubrió con su escudo, sin retroceder, giró el escudo y empujó la espada de Gareth; al mismo tiempo, con la misma mano, agarró el brazo del capitán y lo amputó. La herida se cauterizó por el calor.

Gareth cayó sobre sus piernas, desarmado.

Vaelric se acercó y le hizo varios cortes en las rodillas y los pies, para que no pudiera correr.

Acercó su espada al cuello de Gareth y la quemó.

El capitán sedicioso soltó un gemido por el dolor.

El comandante, entonces, retiró la espada y atravesó el pecho de Gareth.

En el otro frente, Argon y su ejército entraron al Castillo Magno por la puerta principal, que era, irónicamente, la que menor vigilancia tenía.

Tal como el príncipe había intuido, el castillo estaba desierto…

o al menos, eso aparentaba. Con cada paso que daba, se volvía a emocionar, y un vacío le apretaba el estómago.

A cada yarda que se acercaba a la Sala Mayor, su fe en que el Trono del Colmillo Eterno sería ocupado nuevamente por sangre real se hacía cada vez mayor.

El príncipe se sentía realizado: había vuelto al lugar del cual fue despojado.

Antes de entrar a la Sala del Trono, donde sabía que Surghen lo esperaba, decidió hacer un rodeo y registrar la mayor cantidad de habitaciones y salas. Quería tener todo despejado. «Le daremos una grata sorpresa a ese hijo de perra», pensó el príncipe, respirando profundamente.

Argon y compañía salieron de una pequeña biblioteca, donde ya los esperaba una centuria de soldados con espadas desenfundadas y escudos puntiagudos.

Uno de los insurgentes encendió una vidriada y la arrojó al centro de la formación capitalina; al explotar, los guardias se dispersaron y quedaron fuera de posición.

Entonces, el príncipe inició el ataque y dominó la pelea, aunque el costo fue elevado: mientras aquella centuria moría, también lo hacían los insurgentes.

Al terminar, los sediciosos eran apenas diez, heridos y agotados.

Eor los miró, respiró hondo y ordenó continuar. El trabajo aún no estaba terminado.

El príncipe, para detener las bajas, decidió atacar la Sala Mayor de una vez.

«Diez hombres pueden hacer caer hasta al más duro de los reyes».

Los rebeldes corrieron por un gran pasillo, tratando de evitar las escuadras de guardias, hasta que llegaron a una sala cerrada por una gran puerta de madera oscura, en cuyas vetas permanecía grabado el dragón encadenado.

La puerta estaba emparejada. Cuando Argon y sus hombres entraron, no había nadie.

Solamente estaba Surghen, vestido con su armadura negra y sentado en el trono, con una pierna cruzada.

Estaba tranquilo, sirviéndose una copa de vino dulce, con toques afrutados y aroma floral.

—Bienvenido a casa —saludó el Rey, dando un trago a su copa—. Argon.

Algo era sospechoso. Argon sentía una sospecha que no podía quitarse de la cabeza y que le indicaba que algo estaba terriblemente mal.

Que aquella era una trampa. Que aquella era su muerte.

Pero no podía constatar qué era aquello a lo que le tenía tanto miedo.

Regresó al mundo real y observó con atención toda la estancia, buscando algo que le indicara la razón por la que Surghen estaba tan tranquilo.

Observó los estandartes del dragón encadenado, que hasta ese momento le parecían repulsivos y le provocaban arcadas; los grandes pilares que sostenían el techo de cristal; el pequeño balconcito en la parte superior, con vista hacia toda la habitación.

No vio nada. Terminó por concluir que Surghen solamente estaba aparentando.

—Hermano —dijo Argon con seguridad—, ¿cuáles son tus últimas palabras?

—Claro, te las diré —Surghen dejó su copa en el suelo y se levantó, desenvainando su espada—.

¡Príncipe Argon Valdyran! —gritó para que los arqueros escondidos lo escucharan también—.

¡Quedas arrestado por alta traición contra la Madre Patria Drakareth y por profanar el Castillo Magno! Tu pena la cumplirás en la guillotina.

Surghen caminó despacio hasta donde estaba Argon.

Los arqueros y ballesteros que estaban en el balcón, incluyendo a Neryss Alvareth y Raghor Tûn-Kaldras, se asomaron y acribillaron a los rebeldes, excepto al príncipe.

«Imbécil —se dijo a sí mismo el príncipe—.

Soy un estúpido por suponer que Surghen estaría solo.

Todo el esfuerzo de mis hombres se fue al traste por mi estúpida decisión».

Dos escuadras de hombres salieron de su espalda y lo arrestaron.

Kaelen las dirigía. «Mientras yo viva, Drakareth no morirá», recordó sus palabras en el Kharthûr.

Milagrosamente se liberó de sus captores, agarró su espada y se lanzó contra Surghen. «Arrancaré la peste que azota mi casa y a mi pueblo». El Rey bloqueó el golpe, sacó su espada con ambas manos y golpeó el estómago de Argon con el pomo.

El dolor fue devastador. Argon sentía que comenzaba a sangrar, aunque no fuera cierto.

Soltó inmediatamente la espada y llevó las manos a su costado, haciéndose presión para mitigar el dolor.

Surghen hizo un ademán con la mano, y Neryss disparó dos flechas que acabaron en las piernas del príncipe.

De nuevo, los soldados se lo llevaron: arrojaron su espada muy lejos, lo registraron y lo condujeron al Kharthûr.

Esta vez, no compartiría celda con nadie.

Selthar llegó unas horas más tarde a la Sala del Trono. Llevaba la espada en la espalda, guardada en el interior de su escudo. Hizo una reverencia y saludó al Rey.

—Capitán, reúne a tus hombres y busca a los antiguos reyes —ordenó Surghen—. El linaje de Tyrnium Valdyran ha muerto.