Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 32. SANGRE EN LAS COLUMNAS #2
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CAPÍTULO 32. SANGRE EN LAS COLUMNAS #2

—Déjalos pasar —ordenó Surghen de nuevo—. No me interesa su trayectoria; me interesa que seamos mayor número que los mugrientos de la Plaza de Virelth, y que me hayan traído más catapultas.

»Toma a tus hombres y reconquista la Plaza de Virelth junto con los del bastión. No quiero prisioneros, salvo a Argon Valdyran.

Vaelric solamente se limitó a asentir y salió del castillo sin decir una sola palabra. Consternado. La cabeza le daba vueltas y sentía que iba a vomitar. Había intentado, por todas las formas posibles, retrasar el momento de acabar con los sediciosos de la Plaza Sorna.

«Estoy seguro de que él no podría hacerlo con la misma soltura con la que lo dice», pensó.

Al montar su caballo, echó un último vistazo a las banderas del dragón rúnico que ondeaban sobre las plazas norteñas.

«Deberían aceptar a Surghen como rey. Si no, morirán, y nadie los recordará».

Sacudió la cabeza, forzándose a hacer lo que Surghen le había pedido.

Forzándose a creer que lo que estaba por hacer era verdaderamente necesario para conseguir la paz con su población.

Cuando llegó y dio las órdenes, sus hombres no protestaron, pero en sus rostros se veía el asco que les producía hacer aquella tarea.

—Es por nuestro bien —les había dicho el comandante—. Si no lo hacemos, acabaremos en la horca por traición.

Sin esperar, Vaelric tomó un hacha y dio el primer golpe en el cuello de un fallecido.

Sus soldados lo veían sorprendidos, algunos incluso con las lágrimas corriendo, pero siguieron su ejemplo.

Tomaron las hachas o las espadas y continuaron con el trabajo.

Cuando por fin terminaron, Vaelric montó de nuevo y se dispuso a salir hacia la puerta oeste.

—Prepárense para la guerra —les ordenó a sus hombres—. Recuperaremos nuestra ciudad.

—Ya fue suficiente guerra —murmuró uno. El comandante no lo escuchó.

Vaelric se dio al galope hacia la puerta oeste, mientras que sus hombres agarraban a los ya hediondos cadáveres y los clavaban de pies y manos, con clavos de un pie de largo.

Otra escuadra se separó del grupo principal hasta el bastión de la plaza y solicitó las picas suficientes, donde clavaron las cabezas y las movieron hasta la calzada norte y este.

El sol ya estaba comenzando a salir, y cientos de moscas y cuervos salvajes se postraron sobre los cuerpos de los fallecidos y comenzaron a consumir su carne, mientras que algunos buitres daban vueltas en círculos sobre el castillo, y otros bajaban en picada para morder la carroña.

Los campanazos y cuernos de guerra comenzaron a sonar desde la puerta oeste de la ciudad.

Las maderas comenzaron a abrirse, y los nuevos soldados que venían desde el bastión de Varkhadrûn entraron a la ciudad.

Ahí se encontraba el rey, quien los recibió personalmente.

Debió haber sido Vaelric, pero fue Surghen, pues el comandante estaba en el sur de la ciudad.

De todos modos, sería Vaelric quien marcaría la marcha desde el Varkhalion hasta la Plaza de Virelth.

Surghen comenzó a guiar a aquel contingente hacia el Varkhalion.

Vaelric, al escuchar las campanas, aumentó el paso del caballo e increpó a Surghen en la Plaza de Arven.

En ese momento, Surghen emprendió el galope hacia el castillo y dejó a Vaelric al mando.

El comandante llegó hasta el muro del Varkhalion y giró hacia el sur, donde se encontró con parte de la guardia: la encargada de clavar los cuerpos y exhibir las cabezas de los sediciosos.

La marcha del nuevo contingente se ralentizó por las catapultas y escorpiones.

—Nos separaremos —ordenó—. Una mitad del ejército, con la mitad de las máquinas, reconquistará la Plaza Blanca; mientras que el resto tomaremos la Plaza de Virelth.

Cuando el resto de la guardia se unió a Vaelric, ya sumaban algo menos de una legión de soldados. Vaelric se separó de su capitán, Dorran Khel, quien guió la mitad de las fuerzas hacia la plaza del noreste.

Vaelric siguió marchando hacia el norte de la ciudad.

Diez mil soldados lo acompañaban. Cientos de estandartes con el dragón encadenado ondeaban esbeltamente y presidían al ejército capitalino.

Los caballos estaban totalmente cubiertos por armaduras y telas de lino.

Además de la caballería, también marchaban soldados de infantería protegidos por grandes escudos rectangulares que alcanzaban casi dos yardas de altura.

Estos escudos estaban hechos con madera, y sus bordes estaban cubiertos de acero y filigranas de oro.

En la retaguardia, al igual que en el ejército del capitán Dorran, también se movían pesadas catapultas, confeccionadas con un innovador carril de varillas metálicas que contenía distintas piedras de diversos tamaños.

Además, llevaban las bombas de cristal que el rey había utilizado contra los invasores bravetianos.

Eran bolas hechas con puntas de flecha descartadas, vidrio, cristales rotos y pedazos de espada.

Todo amarrado y asegurado por una capa, algo frágil, de cuerdas de algodón.

Vaelric comenzó a ver las barricadas que el ejército insurgente había colocado a la entrada de la plaza para defenderse.

Argon, quien se había regresado a la Plaza Blanca, estaba parado entre los muebles, sosteniendo su equilibrio sobre el mástil de la bandera que ondeaba su escudo de armas.

La mano derecha la tenía sobre la empuñadura de la espada, que estaba a medio desenvainar.

Vaelric desenfundó su arma y la levantó al cielo.

Con el contacto del sol, la espada del comandante brilló como fuego, y su temperatura aumentó.

Los ingenieros de las catapultas cargaron la primera piedra, y los escorpiones colocaron el primer arpón y apretaron las manivelas.

El comandante bajó la espada, y el latigazo de las cuerdas contra el aire sonó como un trueno seco.

Las flechas y piedras volaron hacia la barricada donde el príncipe permanecía.

***

Argon tuvo que saltar de la barricada en cuanto vio la piedra alzarse sobre él.

No murió en ese hecho, pero la piedra y los arpones resultaron totalmente destructivas.

Una segunda piedra voló y destrozó por completo una casa cercana, donde varios de sus hombres estaban preparados para emboscar a los capitalinos.

«Así que esta es la verdadera potencia de Surghen», pensó el príncipe al ver el brazo de uno de sus compañeros asomarse por debajo de los escombros, con algunos espasmos.

Los capitalinos continuaron su avance sin miramientos.

Vaelric había ordenado que las bombas de cristal no se lanzaran hasta que el combate estuviera más avanzado, tal como había sucedido con Braveth.

Algunos de los hombres del príncipe se escondieron en tejados bajos y balcones de distintas casas, pero en este caso, su número se había reducido radicalmente.

Argon le encargó la defensa de la plaza a su capitán, Gareth Mornvek, mientras él, Eor y una centuria de soldados se escabullían hacia el Varkhalion.

«Tienen a la guardia aquí —pensó mientras se movía hacia el suroeste—. El castillo lo tienen desprotegido».

La Guardia Capitalina cruzó la barricada.

Esa fue la señal que el príncipe y su centuria estaban esperando para escapar y deponer al Usurpador.

En aquella ocasión, el príncipe había desistido de llevarse las bengalas de humo, excepto por una verde, la cual lanzaría una vez que Surghen estuviera en el Kharthûr o bajo la tierra.

«Lo que pase primero», se dijo con una risa nerviosa, mientras se alejaba por una milla de la plaza.

Su capitán, Gareth Mornvek, lo notó irse, y supo entonces que ese era el inicio de su última batalla.

Bajo su percepción, la guardia era infinita: no dejaban de llegar a la plaza, escudados por varias piedras que caían sin cesar.

Cuando tuvo el tiempo de contar a sus hombres, se dio cuenta de que tan solo completaban la cohorte.

—¡Moriremos aquí! —dijo el capitán—. ¡Pero nuestro sacrificio hará que Drakareth viva! —El capitán desenvainó la espada y se lanzó contra Vaelric.

—¡POR LA FAMILIA VALDYRAN! —escuchó decir a sus hombres.

Los soldados que estaban en tierra comenzaron su carrera hacia los escuderos capitalinos, mientras que los hombres que estaban en los tejados disparaban flechas a la media guardia y retaguardia de los capitalinos, especialmente a los ingenieros.

Vaelric se sentía confiado debido a su superioridad numérica, a pesar de que su estrategia ya era conocida y estudiada.

¿Qué caso tenía? Los capitalinos superaban diez a uno a los insurgentes, y, tal como el rey había ordenado, no habría prisioneros.

Pero fue esa confianza la que hizo que Vaelric no se esperara una embestida tan salvaje.

Solamente había visto, por lo menos, a cien hombres en esa plaza.

No supo deducir de dónde habían salido el resto.

Un insurgente saltó sobre Vaelric desde un tejado y lo hizo caer de su montura, la cual soltó una patada al aire y salió al galope.

Vaelric quedó debajo del insurgente, pero lo empujó con fuerza y lo estrelló contra la fuente.

El comandante recuperó su espada, que comenzaba a quemar el adoquín, y soltó un golpe contra el insurgente, que hizo lo mismo.

El choque fue estruendoso, pero el combate no duró mucho.

La espada de Vaelric cortó la hoja del enemigo y la derritió.

Inmediatamente hizo un segundo corte en el torso del insurgente.

Se le dilataron las pupilas y cayó secamente al suelo.

«¿De dónde sacaron esto los fyrtanos?», pensó Vaelric al ver la sangre evaporarse sobre su espada. Estaba riendo.