Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 32. SANGRE EN LAS COLUMNAS
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CAPÍTULO 32. SANGRE EN LAS COLUMNAS

La luz de la luna hacía brillar los obeliscos y las columnas resquebrajadas de la Plaza de Virelth.

Algunos faroles seguían encendidos, aunque apenas iluminaban las pequeñas fuentes y las bancas de madera, ocupadas por gente del sector alto.

Los vigías de Argon, ocultos entre los tejados y callejones, contaban cuántos soldados de la guardia cruzaban los adoquines oscuros, olvidados por la luna.

Al sur de la plaza, más sediciosos se reunían bajo el mando de Eor.

Tenían catapultas pequeñas, infinidad de vidriadas, y órdenes de no atacar hasta que Argon lo indicara.

El príncipe observaba desde la penumbra, con la capa recogida y la espada de Ludwig envainada.

«Es el último paso —pensó—. El siguiente será el Castillo Magno».

Las filas de los soldados ya se contaban por miles.

Eor había ordenado detener el reclutamiento, pero continuar con la recolección de tributos.

El grupo sedicioso causaba miedo a su alrededor: era una nueva fuerza militar, una con el poder de derrocar a la Corona.

Tenían varias horas de retraso. La noche avanzaba, y los refuerzos que Surghen había mandado traer desde el Bastión de Varkhadrûn se acercaban.

Durante aquel crepúsculo, Argon había enviado un cuervo al segundo grupo de rebeldes que quedaba, tratando de coordinar un nuevo ataque y reagruparse.

El grupo atendió a sus solicitudes, y fue Eor quien estuvo encargado de dirigirlos.

Para cuando la noche cayó, ahí se encontraban: observando la Plaza de Virelth, con espadas desenfundadas y hachas recién afiladas.

Estaban escondidos de la Guardia Capitalina.

Corrían rumores de que el comandante Vaelric Durnharn había desistido de los crímenes menores, y había enviado a sus hombres a buscar al grupo rebelde.

«El Rey quiere a Argon Valdyran», se escuchaba en el viento.

Argon dobló en una esquina junto a sus hombres y escaló una construcción alta, hasta un balcón que se alzaba cuatro yardas sobre la plaza.

El barandal, de piedra sólida y sin columnas, le permitía cubrirse sin perder visibilidad.

Se agachó, sacó el catalejo, y comenzó a buscar algún bastión militar entre las sombras.

La plaza seguía iluminada por faroles dispersos, y algunos civiles de la nobleza aún ocupaban las bancas de madera, ajenos al peligro.

Conforme pasaban los minutos, los hombres de Eor se acercaban por el sur, repartidos entre callejones y patios traseros.

El resto de los sediciosos se formaba al norte, ocultos detrás de algunas casas abandonadas.

Ya no bastaba con tomar bases militares: ahora debían fortificar su territorio, convertir cada muro en defensa.

Argon no decía nada. Solo observaba. El ataque comenzaría cuando él lo decidiera.

Pasó un momento, apenas perceptible. El príncipe se levantó y disparó una bengala de humo rojo, indicando el inicio del ataque. La gran mayoría de rebeldes encendieron vidriadas y las arrojaron al interior de las casas y construcciones, encendiendo un fuego rojo, difícil de apagar.

—¡Por la familia Valdyran! —se oyó como un eco.

Los insurgentes, rodeando toda la plaza, salieron en varios grupos y mataron a todos los que ahí se encontraban, ya fueran militares o civiles.

Algunos nobles menores trataron de escapar, pero fueron alcanzados por una horda de flechas.

Pronto, más soldados aparecieron desde el bastión escondido y se enfrascaron en el combate, ganando terreno rápidamente.

Por su parte, los arqueros de los techos disparaban sin parar, pero sus flechas no eran efectivas: la mayoría rebotaba en escudos o piedras.

Desde la retaguardia, con las catapultas pequeñas, comenzaron a disparar piedras y más vidriadas. Los sediciosos derribaron el obelisco y prendieron fuego a las fuentes. De un momento a otro, el combate se repartió en zonas que no habían sido alcanzadas por las llamas.

Argon se levantó nuevamente para bajar del balcón. Una flecha rozó su rostro y lo obligó a agacharse contra el suelo. Comenzó a arrastrarse hasta la barda, y a duras penas cayó en el callejón, perplejo por la flecha.

Argon se levantó y frotó su tobillo, tratando de mitigar el dolor.

Se apoyó en la pared y desenvainó la espada del filo serrado.

Observó a su alrededor e hizo contacto visual con un guardia que aparentaba no haber alcanzado la mayoría de edad.

Al príncipe no le importó: se abalanzó contra él y chocó su espada contra la suya.

Las chispas saltaron. Argon era más fuerte; lo comenzó a empujar hacia el fuego, agarró la muñeca del chico y lo domó.

Una vez que el joven guardia quedó inmovilizado y en contacto con el suelo, Argon lo degolló rápidamente.

El príncipe se levantó y dirigió a una centuria a asaltar las casas.

Sacaron todos los muebles que pudieron: mesas, sillas, sillones, estanterías…

todo lo que sirviera para levantar barricadas.

Cuando regresó al patio, un capitalino se abalanzó por su derecha y trató de encajarle la espada en la coraza, pero rebotó.

Argon se asustó, tomó la espada y atravesó el cuello del capitalino. Tenía los ojos cerrados.

Eor estaba disputando espadas contra dos capitalinos más fuertes y experimentados.

Ya tenía varios cortes en las piernas y una flecha atravesada en el estómago.

Argon guardó la espada, levantó una roca de escombro y la arrojó hacia Eor.

La piedra golpeó la cabeza de un capitalino, el cual se dejó de mover.

Eor mantuvo el contacto de las armas contra el segundo durante un momento, agarró la hoja de su espada para retirarla y apuñaló al capitalino en el corazón.

Un tercer guardia se lanzó contra él y lo derrumbó.

Argon desenvainó nuevamente su espada y corrió hacia el guardia, tirando una estocada directa en su pecho.

El guardia se volvió hacia Argon y repelió su estocada con el escudo, levantó su espada y soltó un machetazo hacia el cuello del príncipe.

Éste se cubrió vanamente y terminó con el hombro dislocado.

Sin detenerse por el dolor punzante del brazo, recompuso su postura y le amputó la mano con un rápido corte.

La retirada del guardia fue la oportunidad que Argon estaba esperando: con un dolor implacable, se obligó a golpearle el pecho con el escudo, antes de cortarle el brazo derecho y atravesar, a medias, el hígado del soldado.

Argon se limpió el sudor, pisó a Eor y le arrancó la flecha del estómago. El guardia recobró el conocimiento y se llevó las manos a la panza.

—Llévese a mis hombres. Saquee las casas y haga las barricadas —le pidió, a duras penas, Eor al príncipe. Argon lo levantó y lo sentó en una banca.

Disparó una nueva bengala de humo amarillo.

Ocho hombres se fueron encontrando con él.

Argon no estuvo contento con eso; juntó otros doce más y registraron cada casa y construcción.

Tiraron más muebles, robaron armas, alimento y dinero.

Mataron a los residentes y a sus sirvientes, y secuestraron a los niños pequeños y a las mujeres.

Entraron al bastión militar, subieron por unas escaleras delgadas hasta un cuarto piso y se encontraron con una habitación cerrada y bloqueada por dentro. En el interior había seis reclutas, llorando y temblando de miedo. No tenían armas ni armaduras.

Los insurgentes la derribaron, empujando la mesa que la tenía bloqueada. Mientras una decena de soldados fulminaba a los reclutas ahí escondidos, el resto agarró la mesa y la puerta, y las arrojó por la ventana.

Solo quedó un jovencito, un niño de diez años. Estaba en posición fetal detrás de un escritorio, tenía una foto de su hermano y llevaba una estatua del dios Vark. Cuando abrió los ojos y escuchó el silencio que imperaba, se sintió calmado. Hasta que vio al príncipe.

—A ese no lo maten —ordenó Argon, compasivo—. Que se una a nosotros.

Los soldados agarraron el escritorio y también lo lanzaron por la ventana. El príncipe se acercó al niño, lo tomó por la barbilla y levantó su cabeza.

—¿Cuál es tu nombre?

—A... A... Aren.

—Ahora estás a salvo, pequeño Aren. No te pasará nada —Argon levantó al niño y le colocó la coraza de uno de sus antiguos compañeros.

Cuando bajaron del bastión, la paz reinaba en la Plaza de Virelth. La bandera del dragón rúnico de Valdyran ondeaba solemnemente sobre una barricada, y los sediciosos ya habían definido guardias.

***

«Así que así quieren jugar», se dijo Surghen, irónico, al ver las banderas del dragón rúnico ondear sobre la Plaza de Virelth y la Plaza Blanca.

Tal como Argon había supuesto, la toma de aquellas plazas sería un golpe duro para la Corona.

«Pero ya. Ahí se acabó el turno de Argon.

Me toca a mí… y a mi ejército», pensó Surghen, con una sonrisa. Surghen bajó a la Sala del Trono.

Vaelric llegó con él. Tenía el casco en la mano y la espada desenfundada. El sudor le caía por los ojos, y un hedor a cadáver se desprendía de su cuerpo. Al llegar, el comandante hizo una reverencia como saludo y envainó la espada.

—Mis hombres ya reaseguraron la Plaza de Elarion y la Plaza del Alba —informó Vaelric—. Y los sediciosos ya conquistaron, también, la Plaza de Virelth.

—Estoy al tanto —dijo Surghen—. ¿Ya colgaron los cuerpos que estaban en la Sorna?

Vaelric se incomodó. No contestó.

—Hazlo —ordenó Surghen, molesto—. Serás un traidor si no lo haces. Las cabezas, clávalas en picas; y el resto de los cuerpos, cuélgalos en el muro del Varkhalion, como te dije. Debe ser lo primero que Argon Valdyran vea cuando quiera invadir este castillo.

—Además —Vaelric cambió de tema—, llegó la cohorte del Bastión de Varkhadrûn. Son puros reclutas y personas que no han tenido experiencia en combate. Los acompañan herreros y otros tantos plebeyos.