Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 31. LA LLAMA CERCADA #3
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CAPÍTULO 31. LA LLAMA CERCADA #3

Agarraron indigentes y mugrientos de varios callejones y los añadieron a la insurrección.

Secuestraron mujeres y niñas que sabían leer y escribir, y las convirtieron en mensajeras y escribas.

Al final de la semana, los sediciosos sumaban el millar de soldados, y los cuervos volaban entre campamentos que Argon comenzó a repartir por el sector norte.

La luz de la luna era constantemente cortada por las fugaces sombras que los cuervos hacían, enviando mensajes de un lado a otro.

Un cuervo, ajeno al ejército insurgente, salió de la Plaza de Virelth, al este de donde Argon se encontraba, con dirección al Varkhalion.

Por otro lado, desde el sur, un segundo cuervo — que ninguno de los insurgentes vio— salió volando con varios informes sobre la cantidad de sediciosos capturados.

Un tercer pájaro salió volando desde el Varkhalion hacia el noroeste, silencioso e invisible.

Argon tardó poco en darse cuenta hacia dónde volaba esa ave, y cuando lo supo, el cuervo ya estaba demasiado lejos para ser derribado.

«Surghen va a traer a todo el Bastión de Varkhadrûn —pensó, viendo al cuervo salir del muro de la ciudad—.

Debemos atacar ahora; si no, ya estamos muertos».

La respiración le comenzó a flaquear, se sintió ligeramente mareado, y sin perder tiempo llegó con Eor, reuniendo nuevamente a su consejo de guerra.

***

Surghen estaba ligeramente dormido. En su cabeza escuchaba sonidos opacos: el choque de las espadas de sus hombres contra los traidores.

Cuando esos sonidos se silenciaron, Surghen sonrió y respiró profundamente, tratando de conciliar el sueño.

Unos minutos más tarde, Kaelen entró en la sala, seguido por Vaelric.

—Su Alteza, los insurgentes ya comenzaron su ataque al Varkhalion —informó el general.

—¿Cuántos? —preguntó, sin abrir los ojos—. ¿Cuántos hombres se suicidaron?

—Me parece que era media centuria —Kaelen tartamudeó poco antes de dar su respuesta.

—Los capitanes de las Plazas Sorna y de Virelth enviaron cuervos —interrumpió Vaelric.

—Kaelen, déjanos —le ordenó Surghen al general—. Dime todo.

Vaelric apretó el estómago y mantuvo la respiración un momento.

—Los sediciosos atacaron la Plaza Sorna, mi terrateniente los arrestó y se mantiene a la espera de mis órdenes —siguió Vaelric—. Por otro lado, en la Plaza de Virelth han informado sobre más sediciosos que se congregan cerca, informan sobre secuestros y cobro de un tributo ilegal.

—Bien —Surghen se levantó—. Vigila a los sediciosos del norte. No los presiones; deben sentirse libres. Así, su derrota será más divertida.

Vaelric asintió con una reverencia y se retiró de la sala.

—Mata a los del sur —concluyó Surghen.

—¿Disculpe? —Vaelric se sorprendió desde la puerta.

—¡Asesina a los sediciosos del sur! —repitió—. ¡Mutílalos y cuélgalos en los muros del Varkhalion!

—Mi señ...

—¡¿No me escuchaste!? —gritó Surghen—. ¡MÁTALOS. TIENES LA OBLIGACIÓN DE HACERLO! —El Rey se retiró a sus habitaciones para vestirse con su armadura. Era su turno de entrar al juego.

Vaelric se quedó perplejo. No recordaba cuándo había sido la última vez que Surghen era tan directo con sus órdenes.

Había algo raro que el comandante no sabía.

Le daba asco, y le provocaba arcadas. Era repugnante.

Dio por hecho que tenía que ser él mismo quien diera esas órdenes.

«Gente colgada en el castillo de la mayor ciudad de la tierra…

qué irónico y qué asqueroso». No podía retractarse.

Si no obedecía, Surghen lo colgaría por traición, y posiblemente su familia correría la misma suerte.

Al salir del castillo, dobló en un callejón oscuro y vomitó.

No caminó hasta que se sintiera mejor, un poco más renovado.

Cuando levantó la vista al cielo, vio los cuervos de sus terratenientes llegar al castillo.

El comandante siguió su camino hacia el sur, montó su caballo y galopó por la calzada principal hasta llegar a la Plaza Sorna.

En su fuente, varias decenas de rebeldes estaban brutalmente golpeados y demacrados.

Amarrados de pies y manos, y amordazados.

***

—¡Ya no podemos quedarnos quietos! —exclamó el enano—. Si ellos no atacan, debemos hacerlo nosotros.

—Como dijo Eor, no debemos atacar el Varkhalion —respondió Argon—. Moriremos si nos precipitamos.

—Pues nos precipitaremos entonces. El castillo está desprotegido —insistió el enano.

—No —espetó Eor—. Debemos engrosar nuestro número. Sugiero que aumentemos el tributo y empecemos a reclutar también a mujeres. Propongo que marchemos sobre la Plaza de Virelth. Aunque esté más escondida, nos ayudará a ocultarnos.

—¿Cuánto deberíamos cobrar? —preguntó el príncipe.

—Cinco cobras de plata.

—Envía a los exploradores. Que empiecen a cobrar cinco cobras de plata —le dijo Argon a un chico detrás de él—. A quien no pague, que lo secuestren y lo traigan.

—Rynvar tenía gente escondida en el noreste y el este —añadió Eor—. Tenemos que reagruparnos con ellos. Si conquistamos la Plaza de Virelth, nos reunimos y reorganizamos. Seremos invencibles.

Argon dio una orden, y los sediciosos comenzaron a moverse.

—Hemos dejado al Dragón Encadenado medio muerto —terminó.