CAPÍTULO 31. LA LLAMA CERCADA #2
El príncipe se levantó a duras penas y corrió lo más rápido que pudo hacia la fuente, la cual ya estaba tintada de rojo.
Ludwig le soltó un nuevo golpe desde su cabeza; Argon lo detuvo y trató de deslizar su espada hacia el costado del capitán.
El filo serrado se lo impidió, y Argon solo pudo soltar un golpe débil con el escudo.
Ludwig no se inmutó. El príncipe se retiró nuevamente y se replegó tras la fuente.
El capitán se impacientó, lanzó una estocada directa al pecho de Argon; éste lo esquivó toscamente y soltó un golpe en las costillas del capitán, donde su armadura lo desprotegía.
Ludwig cayó, apretándose el costado. Argon bajó, cojeando, de la fuente, apretó la muñeca del capitán con el pie y atravesó su cuello.
El príncipe soltó su espada y robó el arma escarlata del capitán.
Era ligera, dura y tenaz, pero una cuarta más gruesa para el gusto del príncipe.
No tuvo tiempo de pensar. La cabeza de Rynvar lo golpeó y le quitó el casco; le faltaba un ojo, una oreja, y estaba descabellado de un costado de la cabeza.
Más tarde, a velocidad sobrehumana, Argon bloqueó el hacha de otro soldado, ladeó ligeramente el escudo y atravesó el estómago del enemigo con la espada de Ludwig.
Ese corte le dio el tiempo suficiente para escabullirse hacia la retaguardia del soldado y cortar sus piernas.
El capitalino cayó, golpeándose la cara contra el adoquín de la plaza.
Argon encajó la espada en su espalda baja y abrió el corte hasta su cuello.
El combate se fue apagando con cada hora que pasaba, y con él se extinguían las pocas vidas que aún quedaban.
El día llegó a su ocaso y la conquista de la Plaza Blanca terminó.
Argon se acercó al fallecido capitán Ludwig y lo registró, sacando de entre sus pertenencias una bengala de humo verde, la cual disparó, anunciando con ello que el dragón rúnico volvía a ondear en la Plaza Blanca.
Estaba exhausto, sudoroso y ensangrentado.
Tomó la vaina de Ludwig y guardó su espada nueva.
Ya no podía apoyar la pierna derecha, el tobillo lo tenía inflamado y el muslo lo tenía entumecido por una flecha que seguía clavada.
Quiso recuperar su casco, pero no se acordó donde se le cayó.
Estaba ansioso, observaba constantemente el cielo buscando algún cuervo que le diera noticias sobre la Plaza Sorna, mas no fue así, «La Guardia Capitalina fue demasiado dura para aquellos hombres», dedujo con decepción.
En la fuente central se encontró con Eor y con cuatro hombres más; no tenían armaduras, y nadie, ni siquiera ellos, sabía cómo habían terminado sin ellas.
Uno de aquellos soldados estaba postrado sobre el agua con sangre de la fuente, dormido.
Argon pensó que estaba muerto. Eor estaba apoyado sobre su espada, con los ojos cerrados y varios cortes en la cara y cuerpo.
Los otros tres hombres se estaban vendando unos a otros distintas partes del cuerpo, ya fueran las piernas o los brazos.
—No hemos terminado —le dijo Argon a Eor—. Debemos registrar lo que queda del bastión. Debemos estar listos, estoy seguro de que más hombres de la Capitalina se acercan.
Eor y compañía se levantaron y siguieron a Argon hasta las ruinas del bastión de la Plaza.
Entre camas hechas cenizas, barrotes doblados y cadáveres, Argon encontró varios cofres con puntas de bengalas y su gatillo.
Entre él y sus escoltas, las agarraron y se las encargaron a otro, quien las llevó de regreso al burdel.
El humo verde que Argon había tirado fue la señal que esperaba el grupo de hombres que iba a atacar el Varkhalion por orden de Rynvar. Recorrieron el exterior del castillo hasta llegar a una poterna trasera que daba acceso a una sala menor, conectada con la Sala del Trono, donde el Rey permanecía.
***
Surghen le había ordenado a Kaelen que dirigiera una defensa en el Varkhalion y registrara el Castillo Magno. Tenía una sonrisa en la boca. «Argon, tu estupidez hará que vengas a mí, y ante mí será cuando morirás», pensó riendo.
Neryss le había informado que la celda de la familia Valdyran estaba con presos, más estos eran tres hombres de Vaelric. Surghen había asentido tranquilamente. «Tyrnium Valdyran es muy viejo —dedujo—. Y para este punto, ya debe estar loco».
Surghen estaba sentado sobre su trono. Vestía un jubón verde olivo, con el dragón encadenado bordado con filigrana de sangrezafiro en el pecho.
Su espada reposaba como columna entre el piso y su mano.
Estaba protegido por media centuria de soldados, mientras que una cohorte daba vueltas y vigilaba el resto del castillo.
Surghen no iba a hacer nada más que esperar.
Había aprendido que podía controlar a los sediciosos solo con dar una orden.
Era cuestión de tiempo para que se acercaran. Estaba confiado.
«Espero que piensen un poco y no entren —se dijo con ansias— . No saldrán vivos de aquí».
—Solo estoy esperando un visitante: Argon Valdyran —le había dicho a Vaelric cuando el comandante le informó sobre la pérdida de la Plaza Blanca y la masacre de la Plaza Sorna.
La cohorte de Kaelen había atracado las puertas y poternas que daban hacia la Sala del Trono.
Pusieron barricadas sobre las ventanas exteriores y dejaron a un arquero al tanto de cada entrada.
Además, Surghen le dio a Naeryn una centuria como guardia y la dejó también al cuidado de Velrik Anhal, dentro de su dormitorio.
Los insurgentes trataron de abrir la poterna trasera y, al notar que estaba bloqueada, decidieron dividirse.
El segundo grupo se dirigió hasta una ventana aparentemente despejada y entró en una sala de estar con estanterías altas llenas de papeles y libros, varios atriles de madera oscura y sillones aterciopelados con decoraciones de madera de palma.
El grupo de la poterna derribó la puerta y entró en el castillo.
Dos escuadras de Kaelen estaban escondidas detrás de una puerta que llevaba hacia un pasillo medianamente circular, el cual conducía a distintos torreones, incluyendo la Sala del Trono.
Conforme los insurgentes se fueron aproximando al lugar donde Surghen permanecía, fueron desapareciendo.
No escucharon ninguna clase de sonido de sus compañeros ni tampoco ningún atisbo de combate.
El grupo de la ventana siguió su camino por unas escaleras que daban a un torreón algo más alejado.
Al final, una habitación cerrada, dentro de la cual estaba Nelysia, resguardada por media centuria de arqueros comandados por Neryss.
Cuando los insurgentes derribaron aquella puerta, los arqueros los masacraron.
No tuvieron oportunidad de plantar combate.
Aquella escena conmocionó a la pequeña escudera, que se asustó por los alaridos de aquella gente.
Neryss la agarró de la mano, la llevó a su cama y la protegió entre sus brazos.
En el exterior, Argon y sus hombres levantaron defensas sobre la plaza, esperando que la guardia atacara.
Pero no pasó nada, y la noche avanzaba. Entraron a distintas casas y las saquearon, arrojaron varios muebles y los colocaron en una montaña de cinco yardas de altura en todas las entradas a la plaza.
Construyeron a toda prisa pequeñas catapultas y recolectaron los escombros del bastión.
Crearon más vidriadas y establecieron varias fogatas y antorchas para encenderlas.
Nunca supieron nada sobre la muerte de los hombres que entraron al Castillo Magno.
El miedo comenzaba a hacer nidos en los huesos de los hombres restantes, y las dudas sobre el éxito de la misión comenzaron a florecer, incluso dentro del príncipe.
Argon agitó la cabeza y se sacudió esos pensamientos.
«Ya no hay marcha atrás», pensó, apretando el puño sobre la espada de Ludwig.
Subió un momento a las barricadas y saltó sobre el tejado de un comercio invadido y saqueado.
Ahí permaneció, observando el castillo con ayuda de un catalejo que Eor le había dado.
No despegaba la vista. Sus piernas estaban flojas y sus manos temblaban. Estaba tiritando.
Respiró profundamente y bajó nuevamente hasta la fuente. Estableció un improvisado consejo de guerra entre los soldados más experimentados y confiables de la rebelión.
—La guardia no se ha movido del castillo —informó Argon.
—¿Eso es bueno o es malo? —preguntó uno, lleno de miedo.
—Propongo que regresemos al burdel —dijo otro, anticipándose a lo que Argon pudiese decir.
—No —reprendió el príncipe—. Tenemos la ventaja, podemos movernos al castillo sin que la guardia nos vea.
—¿No deberíamos tratar de conquistar la Plaza Sorna? —preguntó un tercero.
—No —replicó Eor—. No hemos recibido noticias de los que fueron allá, por lo que es probable que estén muertos. La seguridad de la Plaza Sorna es muy alta, moriremos si lo hacemos.
—Tenemos el control de esta calzada —añadió el príncipe—. Tenemos acceso directo al Varkhalion, debemos marchar en este momento.
—Mi señor, usted es inexperto —dijo Eor—. No debemos hacer eso, es muy posible que el castillo también esté asegurado. Debemos asegurar el control total de este sector, no basta con la plaza.
»Redirijamos los impuestos hacia nosotros, sobornemos comercios y forjas, y reclutemos a más gente. Hay que engrosar nuestro ejército antes de marchar contra el Usurpador.
Los insurgentes rápidamente establecieron guardas alrededor de la puerta, incendiaron algunas casas y comenzaron a recorrer las construcciones cercanas, amedrentando con la espada a cada habitante de la ciudad que no pagase lo que exigían: una cobra de plata.
Pronto, las necesidades monetarias del ejército se vieron satisfechas.
Al mismo tiempo, Eor y otra escuadra de soldados entraban a casas y orfanatos, secuestraban a los hombres y los llevaban a la plaza, donde recibían entrenamiento militar en contra de su voluntad.