Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 31. LA LLAMA CERCADA
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CAPÍTULO 31. LA LLAMA CERCADA

Argon se puso una armadura de la Guardia Capitalina, bajó el visor del casco y salió del burdel junto con Eor y sus hombres.

Se dirigieron a los barrios marginales del sector sur, buscando la residencia de otra facción rebelde.

Al llegar, encontraron una construcción blanquecina, con pilares jónicos en el pórtico y cortinajes negros tras las ventanas ovaladas.

Argon acarició la puerta hasta encontrar, en la parte baja de la madera, un grabado oculto: el dragón rúnico. Eor golpeó con fuerza.

Un hombre abrió. Argon entró sin pedir permiso y se quitó el casco. Dentro, los presentes lo observaron con temor; algunos llevaron las manos a sus espadas, otros tensaron sus arcos.

«Perfecto, tengo toda su atención», pensó el príncipe. Eor cerró la puerta. Nadie cambió su expresión, salvo el líder de la facción: un hombre delgado, de piel cetrina, cabellera larga y una mano amputada.

—Para quien no me conozca, soy Argon Valdyran, legítimo heredero al Trono del Colmillo Eterno.

—Sí sabemos quién eres —respondió el hombre pálido—. ¿Qué es lo que quieres?

—Su ayuda —replicó el príncipe, acercándose a los hombres—. Ayúdenme a recuperar lo que por derecho es mío, y yo les recompensaré.

—¿Cómo? —preguntó otro más, escéptico.

—Cuando suba al trono, les daré la protección de la Corona.

—Eso si subes al trono —dijo el hombre pálido—. ¿Qué pasará si la Guardia Capitalina nos arresta?

—Moriremos —el tono de Argon se hizo frío y carente de emociones—.

Y Drakareth morirá con nosotros. Pero no perderemos.

Surghen Dürhavel no sabe nada de este movimiento.

Para él, yo sigo en prisión, y ustedes no existen.

Pueden usar eso a su favor y deponer su trono.

—Los pasos de Argon, alrededor de la sala, sonaban imponentes y opacaban el resto de los sonidos.

No hubo respuesta de aquellos hombres—. ¿Por qué piensan su respuesta?

Ustedes pelean por el dragón rúnico de Valdyran.

—¿Por qué responderíamos ante un grupo de gente que son impulsivos, idiotas y cobardes? —recriminó el de piel cetrina.

—Porque Dran Theor está muerto —respondió Eor.

Hubo silencio.

—Porque ahora soy yo quien está al frente de esos hombres —añadió el príncipe con voz potente—. Si me traicionan, su castigo será la muerte, pero si me ayudan a lograr mi objetivo, tendrán la protección de la Corona, y les concederé un deseo.

Los rostros comenzaron a cambiar. Los soldados guardaron las armas, algunos se cruzaron de brazos, y otros simplemente escuchaban.

«Son mercenarios —concluyó Argon—. Lo que los mueve es el dinero».

—¿Qué harás para retomar la ciudad? —preguntó el hombre pálido.

—No conquistaré toda Kaer’Durnath —respondió el príncipe—. Solo las plazas clave. Si aislamos los sectores militares, el Varkhalion quedará expuesto.

—¿Y el castillo? —preguntó un enano con la voz cargada de emoción.

—Conozco poternas, pasillos ocultos, y los rostros de quienes lo habitan.

Nadie respondió, pero ya no había tensión. Argon supo entonces que lo habían aceptado

A diferencia de su pequeña facción, este grupo tenía informantes y sicarios repartidos por toda la ciudad, especialmente en el sector norte y este. Con una sola orden, podían mover el tablero.

El sol estaba en su cénit. Argon y la facción salieron de aquella casa y tomaron rumbo hacia el burdel. Esta vez, el príncipe eligió las calzadas principales y los caminos vistosos. Era un día sin sombra, y las escuadras de la Guardia Capitalina se refugiaban bajo los aleros de las casas.

Al llegar, los recibió una mujer joven, no mayor de veinte años.

Vestía un leotardo traslúcido, sin ropa interior; su piel era blanca, remarcada por polvos de amapola en los pómulos y labios.

Encima del leotardo, llevaba una túnica escarlata sin amarrar, cuyas mangas terminaban en pelillos suaves de terciopelo ámbar.

La mujer los miró con deseo, segura de que venían por sus servicios.

Argon la ignoró. Guió a sus hombres por una puerta lateral, subió las escaleras y entró a la habitación donde los demás rebeldes lo esperaban.

—La Plaza Blanca tiene conexión con el Varkhalion —dijo una mujer, compañera de Argon—. Algunos reportes dicen que no está muy protegida.

—Su Alteza dijo hace unos días que la Corona aumentó la vigilancia en esa plaza. Sugiero que ataquemos la Plaza de Elarion —replicó otro, un joven que no llegaba a la mayoría de edad.

—Atacaremos la Plaza Blanca —ordenó Argon al entrar—. La otra Plaza no nos conduce al Castillo.

»La calzada principal del sector norte nos conecta la Plaza Blanca con el Varkhalion —le dijo Argon a los recién llegados—.

Establecimos guardias y vigías alrededor de la plaza y de sus construcciones aledañas.

Hay un pequeño bastión militar aquí —señaló una construcción al este de la fuente central—, pensé en que podríamos construir vidriadas y explotarlo.

Eso mientras otro grupo se encarga de despejar el perímetro y asegurar los callejones cercanos.

—Explotarlo hará que sus soldados salgan como cucarachas —reclamó el hombre pálido—. Nos enviarás la pelea a nosotros.

—Eso es lo que quiero —Argon se mostró más orgulloso—. Los sacaremos de ahí, y por el fuego y explosiones saldrán desarmados. Quienes sean lo suficientemente estúpidos para querer salir con espadas, estarán muertos antes de que dejen sus camas.

»¡Prepárense para salir! —les dijo a sus hombres.

Todos asintieron. Se vistieron con armaduras caseras, hechas con piezas robadas a soldados; además, se pusieron mantas, capuchas, capas y demás prendas para ocultar su identidad.

Y lo más importante: eliminaron cualquier blasón de la Casa Valdyran, tanto de la habitación como de la armadura de Argon y de cualquier ropa que hubiera sido utilizada para diferenciarse unos de otros.

Salieron y recorrieron la ciudad hasta una legua antes de la plaza, donde ya los esperaban algunos soldados de Argon, apostados en los tejados de torres y casas, con suficiente visión del terreno.

Argon y sus hombres se dividieron y la mitad se movió, con las vidriadas, hacia el bastión militar. El resto se fue acercando desde la oscuridad hasta la Plaza, mientras los vigías se mantenían al pendiente de los soldados. Atacarían cuando el príncipe diera la orden.

Antes de que salieran del sector sur de la ciudad, Rynvar Thalek, el hombre de piel cetrina, había planeado un ataque relámpago al Varkhalion.

«La atención estará en la Plaza Sorna —había deducido en la oscuridad de su dormitorio—.

El Castillo Magno estará desierto». Al día siguiente, Argon había llegado a su residencia con la alianza.

Antes de que salieran del burdel, Rynvar le había aconsejado al príncipe extender su ataque, por lo menos, a la Plaza Sorna, como lo tenía planeado en un principio.

—Tendremos más posibilidades si los atacamos desde dos flancos —había argumentado al príncipe.

Argon aceptó su propuesta.

El príncipe decidió entonces hacer su ataque en dos fases: tomarían primero la Plaza Blanca y luego enviaría a otro grupo al sur.

Para cuando estaba cayendo el atardecer, había cerca de un millar de sediciosos, marginados e indigentes rodeando la plaza. Esperaban el momento exacto en el cual atacarían: la explosión del bastión. Rynvar Thalek estaba a cargo de la escuadra que tenía las vidriadas.

«En cuanto estalle, vendrán a nosotros», se dijo Argon, con las manos sobre su espada y escudo.

Silencio. No había aves en el cielo ni hojas volando por el viento.

El silencio era sepulcral. A veces, Argon comenzaba a escuchar el mismo pitido que escuchó durante tantos días en el Kharthûr.

Luego nada. Escuchaba su propio pálpito, también el de sus compañeros.

Su respiración se hacía más densa y pesada.

No despegaba la mirada del bastión. Sus manos comenzaban a temblar, y la espada iba aumentando su peso.

De pronto, una fuerte explosión sonó en el bastión. Argon levantó la espada.

—¡Por la familia Valdyran!

Los insurgentes no se tardaron en reaccionar: repitieron el mismo grito de guerra y se lanzaron contra los hombres de la guardia que salían de su bastión heridos o quemados. Llegaron en tropel, y los pocos soldados que no estaban armados cayeron por el filo marginado.

El ruido alertó a más soldados que estaban en los alrededores, dirigidos por el capitán Ludwig, quien disparó una bengala de humo rojo, provocando que más centurias de la guardia arribaran sobre la plaza.

Argon fue brutalmente empujado contra la piedra calcinada del bastión. Ludwig estaba detrás de él, desenfundando una espada larga, roja y con el filo serrado.

Argon se levantó dificultosamente; la espalda le sangraba.

Ludwig soltó un golpe desde arriba, el príncipe se lanzó hacia un costado y lo esquivó.

Se tardó en levantarse. El capitán capitalino le soltó un golpe con el escudo, que Argon recibió con la coraza.

El príncipe salió expulsado dos yardas hacia atrás, con la coraza agrietada.

Se levantó nuevamente y soltó un golpe en diagonal, desde abajo.

Ludwig lo bloqueó con su espada, y en el contacto saltaron algunas chispas.

El capitán giró y soltó un golpe horizontal; Argon se cubrió con el escudo.

La madera quedó ligeramente astillada. Argon saltó hacia atrás para crear espacio, pero tropezó con un insurgente muerto y se torció el tobillo. «Ya perdí mi oportunidad de atacar».