Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 30. LA SOMBRA DEL KHARTHÛR #3
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CAPÍTULO 30. LA SOMBRA DEL KHARTHÛR #3

La Guardia Capitalina aumentó considerablemente su vigilancia alrededor de la Plaza Blanca y del burdel donde se escondían los hombres de Argon. Por esto mismo, el príncipe prohibió que aquellos que quedaron en el burdel salieran de noche, pero Dran Theor ya no era parte de aquellos sediciosos.

Esa misma mañana, Argon lo había expulsado del grupo y lo había dejado bajo la vigilancia de Eor Thundar, pero el guardia regresó al burdel en cuanto Dran caminó hacia una taberna.

«Nada saldrá como él quiere —pensó—. Y será el Rey quien lo eduque, en la oscuridad de La Prisión».

Pidió un tarro de cerveza que llegó espumosa y fría.

Se la tomó rápidamente y pidió otra copa de un vino veraniego y afrutado, que también consumió en poco tiempo.

Después de pagar, y antes de irse de la taberna, echó un vistazo al lugar, buscando a cualquier persona que le pudiera parecer sospechosa. No vio a nadie.

En el exterior, la noche ya comenzaba a caer. Dran caminó lenta y cuidadosamente hasta el muro del sector oeste, pasando cerca del burdel. Cuando llegó al muro, lo comenzó a recorrer hacia el norte.

«Tal vez, después de que los maten, me pueda ir a vivir a Zarn- Korveth», pensó con un suspiro.

Desenvainó la espada y estuvo atento a cualquier movimiento extraño, mientras buscaba a algún soldado de la Guardia Capitalina.

Estaba enojado. Molesto. Quería delatar, como fuera, a Argon.

Pero esa impulsividad lo cegó, y no pensó que también delataría al resto de los sediciosos.

A aquellos compatriotas que confiaron en él… y que seguían confiando.

Dran se rindió. Renunció a todo aquello por lo que había peleado, a aquel esfuerzo por deponer al Rey.

Pensaba que su traición estaba justificada: abogaría por tener la protección de la Corona a cambió de dar información sobre las revueltas.

Suponía que el Rey sería compasivo y atendería su petición.

El remordimiento le estaba carcomiendo. A cada paso que daba, veía frente a sus ojos a los cientos de sediciosos; imaginaba su reacción al conocer sus actos.

Una traición por una razón tan estúpida como querer protección.

Argon, al subir al trono, también le correspondería con la protección de su ejército, «y tal vez el título de noble.

—pensó, sollozando. El miedo era mayor a su esperanza, y llegaba a cada rincón de su cuerpo—.

De todos modos, morirán, y si no hago esto, moriré con ellos».

Dio un paso. Y luego otro. Siguió caminando y continuó su búsqueda.

Llegó a la calzada principal que conectaba la puerta norte con la Plaza Blanca, y ésta a su vez con el Varkhalion. Cruzó miradas con una escuadra del Rey, pero éstos no hicieron nada al ver a Dran. Estaban vigilando aquella zona, buscando a algún infiltrado.

«Están buscando a los vigías del príncipe», dedujo.

Eor Thundar lo observaba desde las sombras, con una flecha lista sobre su arco.

Dran Theor aceleró el paso hasta alcanzar a los soldados.

—Mis señores, buenas noches —saludó con una reverencia—. Mi nombre es Dran Theor, y soy un miembro de los sediciosos que quieren a Valdyran de regreso.

Tan pronto como terminó el saludo, los soldados se abalanzaron sobre él. Lo agarraron por los brazos y piernas, lo golpearon en el rostro y el torso, y le quitaron bruscamente la espada.

—Me salí de ese grupo —añadió con dificultad—. Ya no comparten mis intereses.

—Quieren que los traidores asuman el trono de Su Alteza —dijo uno, riéndose.

—Cállate mejor, puto cerdo —escupió otro a Dran. Eor Thundar los seguía. Desde las sombras.

—Tengo información —continuó Dran, esperanzado—. Les puede servir para arrestar a esos traidores.

—¿Cómo cuál? —preguntó un tercer guardia, escéptico.

—Su lugar de escond...

Una flecha le atravesó la garganta. Eor, después de disparar, se retiró a toda prisa hasta el burdel.

En la mañana, Eor, junto con su guardia, llegó al burdel. Argon estaba sentado, analizando el mapa como siempre, esperando el informe del soldado. Eor abrió la puerta de un golpe.

—Dran Theor es un traidor —informó—. Ya no era parte de nosotros, pero ahora es un traidor.

—¿Qué? —preguntó Argon entre risas.

—Dran Theor es un pútrido traidor —repitió el guardia—. Abrió la boca y nos delató. Como usted ordenó, me encargué de él.

—Eres un idiota —le espetó el príncipe—. Era para que lo mataras apenas saliendo de aquí. Les dije explícitamente que no salieran de noche. Si te siguieron, ya estamos muertos.

—No lo hicieron —Eor dejó sus armas y se quitó la armadura—. Era un estúpido animal, y yo lo sacrifiqué. Si me hubieran visto, me habrían matado a mí, y el golpe continuaría. Pero estoy aquí, por lo que no me han visto.

Argon ya no dijo nada. La reacción de Eor lo distrajo totalmente y le hizo olvidar lo que estaba pensando. El guardia los había acorralado.

Debían iniciar ya el golpe. Si no, Surghen tarde o temprano los encontraría. Estaba decidido: esa misma semana terminaría con la tiranía de Dürhavel, así como estuviese, con el plan completo o incompleto. Con el apoyo de las demás facciones o sin ellas.

«Es hora de que el Dragón Encadenado sangre».

—Avisa a los demás —le ordenó Argon a Eor—. Tomaremos la Plaza Blanca.