Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 30. LA SOMBRA DEL KHARTHÛR #2
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CAPÍTULO 30. LA SOMBRA DEL KHARTHÛR #2

El tercero de los rebeldes caminaba débilmente: el brazo izquierdo lo tenía colgando, chorreando sangre; mantenía un hematoma en el ojo y el pelo regado de tierra. No importaba. Robaron todas las semillas, frutos y lo que sirviera de alimento para las aves, y se regresaron al burdel.

Cuando llegaron y bajaron por las escaleras, la habitación estaba cerrada.

Dieron unos fuertes golpes y un hombre anciano les abrió.

Por lo menos diez rostros distintos estaban reunidos alrededor de los mapas que, ahora, ocupaban el centro de la habitación.

Argon estaba en la cabecera, estableciendo cuál debería ser el siguiente movimiento.

A su derecha estaba Dran Theor enojado; el hombre había sido removido de su cargo después de que, en el sector sur, lo catalogaran como un loco y un traidor a la familia Valdyran.

El príncipe planteaba atacar un pequeño bastión militar, establecido en el centro del sector norte, cerca de la Plaza Blanca. Ahí podrían reunir armas suficientes, bengalas de humo y demás recursos. Además, la plaza daba hacia la calzada principal, camino que dirigía directamente al Varkhalion.

De repente, Dran Theor se levantó de la mesa y la golpeó con fuerza. Argon guardó silencio y parpadeó lentamente.

—¡Hay que postergar el ataque! —insistió Dran—. Las demás facciones planean hacerse con los muros. Sacarán a la guardia, y si nosotros también salimos, estaremos con una espada en el pecho antes de acercarnos siquiera a la plaza.

—No —reprendió el príncipe—. Eor ya nos entregó su informe. El bastión de la Plaza Blanca está parcialmente desprotegido. Ganaremos terreno.

—¡Niño estúpido! —exclamó Dran—. ¡No todo saldrá como dices! ¡Nos mandarás a morir a todos! ¡Tu apellido es una sentencia de muerte!

Tres de los hombres de Eor se abalanzaron sobre Dran y lo inmovilizaron.

—Dran —dijo Argon, mirándolo fijamente a los ojos—. Esta rebelión ya no necesita de tus consejos. —Hizo un ademán y lo sacaron de la habitación.

»Encárgate —le susurró a Eor—, solo si hace alguna estupidez. El guardia asintió y salió también de la sala.

—Cerca de la Plaza Blanca hay una menor concentración de soldados.

No obstante, en sus alrededores, la guardia ha aumentado su vigilancia.

Los capitalinos cruzan esa zona con más frecuencia, pero siempre lo hacen igual.

No esperan nada haciendo eso —se le iluminaron los ojos al príncipe—.

Iremos en grupos de dos. Cada grupo se llevará un pájaro y observará, solamente por una semana.

Con eso es suficiente. Informen todo lo que vean: cuántos soldados son y qué rutas siguen.

Tan pronto como Argon dejó de hablar, los sediciosos comenzaron a moverse y a prepararse.

Unos agarraron las armas, otros se cubrieron entre mantas, y unos últimos no se movieron.

Solamente se quedaron observando los mapas de la mesa.

Con miedo. Aquella gente seguía dudando de lo que Argon planeaba hacer.

Querían esperarse, como siempre lo habían hecho.

***

Surghen y Naeryn estaban desayunando. Nelysia estaba de pie, detrás del Rey, adormilada. Kaelen, junto con su escudero, entró en el castillo, se quitó el casco y se limpió el sudor, mientras su escudero le entregaba un papel a Surghen.

—Los guardias que protegían la cámara de mensajería del muro norte, junto con su corvijero, están muertos, además de otros dos patrullas —informó el general—.

En un comercio cercano que proporcionaba la comida de las aves, también resultaron muertos tres guardias y el mercader.

Yo no vi la escena. Vaelric dice que hubo rastros de pelea.

Surghen desamarró el papel.

—No se moleste en leer eso —añadió Kaelen—.

Tiene escrita una amenaza de un grupo rebelde que aboga por el regreso de los antiguos reyes.

Sospecho que ese grupo está conformado por los sediciosos del otro día.

Vaelric aumentó la vigilancia en Plaza Blanca y sus cercanías.

Envió varias escuadres al sector sur y oeste a buscar cualquier indicio de estos hombres.

»También robaron armaduras y armas.

—¿Qué crees que vayan a hacer? —Surghen siguió comiendo, dejando el papel de lado.

—Me parece bastante obvio. Planean crear un golpe de estado. Si no, ¿por qué el mensaje?

Una sirvienta le levantó los platos de comida a Surghen. Este se levantó

—Bien. Envía a tus hombres de mayor confianza y vigilen, desde lejos, a los hombres de Vaelric. Si estos hombres robaron armaduras, se querrán infiltrar en la Guardia.

El general asintió y se retiró de la sala.

Era un fenómeno interesante. Cuando los sediciosos se agruparon y evitaron las revueltas, la seguridad aumentó en colonias ricas y sectores nobles; al mismo tiempo, la inseguridad se mantuvo en barrios marginales, sobre todo en el sector sur y oeste.

«Qué curioso —pensó el Rey con una sonrisa—.

Hace dos semanas tenía el apoyo de esa gente».

Surghen abrió el papel que le había entregado Kaelen.

Dürhavel ya no volverá a reclamar lo que es suyo, porque para entonces estará muerto. Solamente es el dragón rúnico el que debe ondear en el Castillo Magno. El Usurpador que profana su trono debe morir. Debe sangrar. Y nuestro Rey lo hará sangrar.

Surghen soltó una carcajada sonora que despertó a Nelysia de su sueño y asombró a Naeryn, quien seguía comiendo.

—Qué estúpidos son —dijo, levantándose sin creer lo que había leído—. Si van a disimular algo, que lo hagan bien por lo menos.

—Nelysia —llamó—. Llama a la comandante Neryss y dile que, por orden mía, envíe una escuadra a observar la celda de la familia Valdyran en el Kharthûr, y también tráela junto con Raghor.

La escudera asintió, hizo una reverencia y también salió de la sala.

«Este es un grupo de marginados y traidores —pensó—. Quieren el regreso de Valdyran... ¿quién mejor para dirigir este grupo que el propio Valdyran?»

Neryss y Raghor llegaron poco tiempo después, acompañados por una escuadra. Surghen les ordenó establecer media centuria, tanto de arqueros como de ballesteros, en la Sala del Trono.

—Esta es una medida puramente especulativa —les había dicho—. Cuando desaparezcan los grupos insurrectos, disolveré este “pequeño contingente”.

Los miembros del consejo establecieron una centuria en la galería que se elevaba a siete yardas sobre el Trono del Colmillo Eterno.

Las guardias se estarían rotando cada seis o doce horas.

Para los soldados ahí apostados, era una tarea supremamente aburrida.

«¿Esperar qué?», pensaban algunos de los arqueros.

***