Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 30. LA SOMBRA DEL KHARTHÛR
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CAPÍTULO 30. LA SOMBRA DEL KHARTHÛR

Al salir, por enfrente iban los escoltas de los reyes Valdyran; por detrás, Argon y Eor; y al final, el resto de los hombres, que seguían vigilando la entrada.

Eor, quien llevaba una antorcha, la arrojó dentro del Kharthûr hasta que se consumiera.

No querían llamar la atención hasta llegar al lugar.

El burdel estaba construido con basalto y madera, era un edificio de dos pisos, carente de pórtico o ventanas.

En la puerta estaba grabado, de manera sutil, el dragón rúnico, y había también un hombre vestido con un jubón sencillo color púrpura y capucha, quien resguardaba el lugar.

El hombre alzó su brazo sobre la puerta, impidiendo la entrada del príncipe y sus hombres. No decía nada y tampoco mostraba ninguna emoción.

—Déjanos pasar —ordenó Eor—. Es el rey Argon Valdyran.

El hombre abrió la puerta, y dentro de la construcción los recibió una mujer en una sala de estar. Tenía puesta una túnica blanca traslúcida sin apretar, y estaba llena de ungüentos en el rostro y pecho.

—Bienvenidos —saludó—. Me temo que tendrán que esperar, mis esclavas siguen trabajando.

—Llévanos al sótano, mujer —ordenó Eor con desprecio—. Donde esperan los rebeldes.

La mujer ya no dijo nada. Los guió por una puerta lateral que daba a unas escaleras oscuras y en su final una puerta abierta con una luz cálida.

Argon y compañía bajaron hasta aquella sala, y en su interior muchas personas discutían y deliberaban, con dos mesas llenas de mapas, tanto de la ciudad como del Varkhalion.

En una pared había dos grandes estandartes del dragón rúnico, y en la opuesta, una gran cantidad de armas forjadas en secreto.

Ninguno de los presentes le prestó atención al príncipe ni a sus escoltas. Hablaban en grupos separados: algunos brindaban y bromeaban, otros jugaban cartas, y solo unos pocos trazaban estrategias. Estos últimos eran guiados por un hombre bajo, robusto y de piel negra.

—¡Señores! —exclamó Eor—. ¡Ha llegado el Rey Valdyran!

Todos voltearon a ver a Argon, cubierto entre mantas y capas.

No hubo ninguna reacción por parte de los ahí presentes; solamente se le quedaron mirando fijamente.

Parecía que dudaban de la veracidad de las palabras de Eor, pero esas dudas se disiparon en cuanto Argon se quitó las mantas y dejó ver el blasón de su familia.

Mas no le dieron el liderazgo. Pasaron unos minutos y los hombres continuaron con sus actividades.

La mujer que se encargaba del burdel bajó con varios tarros de cerveza y se los entregó al hombre de piel negra.

Argon caminó hasta las mesas donde estaban los mapas, en los cuales estaban circulados varios objetivos.

La mayoría eran bastiones de la Guardia Capitalina, mientras otros se distribuían entre torres de mensajería, herrerías, comercios, entre muchos otros.

En la otra mesa, había un mapa del Varkhalion.

Por alguna razón que Argon nunca supo, aquellos hombres tenían como objetivo, además de atacar el castillo, atacar también la abadía de Thûn-Daeryn.

—¿Cuántos somos en total? —preguntó Eor, captando la atención de los hombres.

—Nosotros —respondió el de piel negra. Su voz tenía un tono orgulloso.

—¿No les dije que se comunicaran con los demás? ¡¿Cuántos somos en total?!

—Solo nosotros —trató de defender otro más—. Sí enviamos los pájaros, pero parecen que son maricas y no nos dan respuesta alguna.

»¿Con qué cara dicen que quieren a Valdyran de regreso en el trono? —se rio—. Los únicos que hacemos algo somos nosotros.

Hubo más risas.

—Puedo hacer algo con este pequeño grupo —admitió el príncipe—. Pero para deponer al Rey, necesitamos de esos maricas.

Alguno se rio.

—Mejor mierda —dijo un eunuco soltando una risotada—. Ellos no sirven ni para alimentar cerdos.

—Dime, oh gran príncipe —dijo el de piel negra entre risas—. ¿Por qué los querríamos? Esos cabrones no han salido del sector sur.

—Al igual que ustedes —contestó el príncipe—. Ustedes no salen de este burdel. Que irónico que se digan más valientes, cuando siguen escondidos entre prostitutas.

El de piel negra desenfundó una espada pequeña.

—Escúchame, pequeño idiota —dijo, con el orgullo roto—. ¿Qué has hecho por este objetivo? ¿De verdad pensabas recuperar el imperio de Valdyran desde la oscuridad del Kharthûr?

—No —Argon rio—. Por eso estoy aquí.

—Entonces cierras la boca, estúpido —el de piel negra envainó la espada—. Y te adaptas a nuestras posibilidades, cabrón.

—No —dijo Argon, desafiante—. Tampoco haré eso. —Llevó su mano a la empuñadura de la espada—. Tú luchas por el regreso de Valdyran, por lo tanto, trabajas para mí y, por lo tanto, seguirás mis órdenes.

»Envíen cuervos a las demás facciones y comuníquense con ellos —continuó Argon diciéndoles a los demás sin esperar respuesta.

—¿No crees que ya hicimos eso? —reclamó el de piel negra—. Acaban de decir que son maricas y que no responden.

—Entonces ve —le ordenó Argon sin titubear—. Habla directamente con ellos.

«Imbécil», pensó el de piel negra. El hombre no quería salir de ahí, pues consideraba que, si se exponía, sería fácilmente reconocido por la guardia y sería arrestado.

Sin embargo, no se atrevió a protestar contra Argon, ni tampoco a desenfundar la espada; notó como Eor y la escuadra que había traído al príncipe tenían las manos en las empuñaduras.

—En cuanto estemos comunicados, saldremos y secuestraremos a tres soldados —añadió el príncipe—. Debemos meterlos en el Kharthûr.

—¡No lo haremos! —exclamó un hombre viejo—. No somos suicidas.

—Debemos meter a tres soldados al Kharthûr. Si encuentran mi celda vacía nos matarán a todos —insistió el príncipe—. Eor, tú y tus hombres encárguense de eso. Llévate a tres hombres más y quítenles las armaduras a los reos.

—¿Qué sugiere que hagamos con el resto de la escuadra?

—Mátalos —dijo con frialdad—. Decidieron su muerte al jurarle lealtad a un usurpador.

Nadie dijo nada, pero todos se movieron.

Por un lado, Eor llamó a tres hombres más y salieron a la calle; el hombre de piel negra, de nombre Dran Theor, se llevó una pequeña escolta de dos hombres.

Se vistieron con jubones lisos, sin estandartes ni ningún emblema que los delatara, y salieron lo más tranquilamente posible.

Evitaron las rutas de patrullaje, prefiriendo los senderos oscuros y los callejones abandonados, hasta llegar a una zona marginada del sector sur, cerca del muro y escondida entre edificios de nobles.

Ahí, al igual que en el burdel, estaba grabado el dragón rúnico en la puerta.

Por su parte, Argon no despegaba la mirada de los mapas que ahí había.

Estaba tratando de entender qué se lograría con tomar los puntos marcados.

Estaba seguro de que la mejor forma para deponer a Surghen era encontrarlo solo, ya fuera en el exterior o dentro del castillo.

Esa era la única opción que tenían los sediciosos en ese momento: asesinar a cualquiera que fuese la escolta de Surghen y, posteriormente, arrestarlo.

—Debemos salir —aclaró Argon—. Necesitamos robar más pájaros y alimento.

—¿Por qué querríamos las aves? —preguntó un chiquillo al fondo—. ¿No tenemos las suficientes?

—No —replicó Argon—. Es una oportunidad para dejar sin comunicaciones al Rey y sus perros.

Envió a otro escuadrón cuando ya estaba entrada la noche.

Eran cinco soldados, vestidos de negro y encapuchados.

Tomaron rumbo hacia la cámara de mensajería del torreón más cercano.

Comenzaron su ataque. En aquella cámara había, por lo menos, dos guardias apostados, además del corvijero.

Los rebeldes entraron por una poterna aislada y subieron hasta llegar a su objetivo.

Ahí abrieron ligeramente una escotilla del suelo y comprobaron su situación: tenían la cámara despejada.

Dos hombres armados con arcos subieron y aseguraron las puertas laterales de la cámara, mientras que un tercero agarró las jaulas de las aves y las pasó a los compatriotas que seguían en el interior del torreón.

Otro par de guardias, uno por cada lado del torreón, se fue acercando rutinariamente. Los rebeldes actuaron rápido: quienes protegían las puertas tensaron sus arcos y dispararon. Los guardias capitalinos soltaron un golpe metálico en cuanto cayeron al suelo, inertes.

En el momento en que agarraron al último cuervo, los rebeldes salieron de ahí tan rápido como pudieron.

Al volver a la calle, se dirigieron a un pequeño comercio resguardado por la Guardia Capitalina.

Una cuadra antes, los sediciosos se dispersaron y comenzaron a subir por los tejados.

Dos hombres llevarían las aves, mientras que el resto conseguiría su respectivo alimento.

El líder de aquel grupo contó tres guardias alrededor de ese comercio.

Llevaban armaduras negras con capas rojas, escudos en la mano izquierda y espadas desenvainadas en la derecha.

«¿Por qué tanta seguridad para un puesto tan pequeño?

», pensó. Los guardias daban vueltas constantes alrededor del comercio, evitando cualquier plática con el mercader.

El capitán de ese grupo, junto con sus hombres, desenvainó su espada lo más silenciosamente posible, la cual deslizó limpiamente a través de la vaina.

«Tres contra tres —pensó preocupado—. Pero ellos no saben dónde estamos».

Los sediciosos se abalanzaron al mismo tiempo sobre los guardias.

El líder esquivó, con dificultad, el golpe del primero y le atravesó la espada en su cuello.

Los otros chocaban acero con acero, buscando algún punto libre.

El capitán se lanzó contra el segundo y lo derribó, pero este logró apuñalarle la pierna.

El tercer rebelde le encajó el filo en el hombro y luego lo degolló.

Cuando terminaron con aquel, el líder sacó un pequeño puñal de su cinturón y fulminó al mercader.