CAPÍTULO 29. CUANDO LAS CADENAS SE #2
Cuando el último de los capitalinos salió del muro, las ballestas comenzaron a moverse; los ingenieros cargaron flechas nuevamente y descendieron con ellas.
Al mismo tiempo, los ballesteros y arqueros de Neryss y Raghor bajaron también del muro y cubrieron la retaguardia de las máquinas.
Recogieron todas las flechas que encontraron y las reutilizaron, disparando con lo que quedaba.
Todo con tal de hacer retroceder al ejército bravetiano.
Los bravetianos se reagruparon una milla más atrás y cerraron su formación en un círculo denso.
Dejaron las catapultas en el interior, protegidas por piedras que, aunque ya esporádicas, seguían cayendo.
Poco a poco, abrieron su perímetro y lograron detener la ofensiva capitalina, creando un oasis de tranquilidad en medio de un océano caótico.
«Quieren una segunda masacre —pensó el Rey—. Y yo se las daré».
El caballo de Surghen se encabritó y salió al galope contra un lancero, quien murió atropellado.
El Rey estaba por fulminar a las catapultas cuando un hacha bravetiana decapitó a su montura, tirándolo al suelo.
Se levantó de inmediato y se abalanzó contra un bravetiano que libraba combate con Kaelen.
Eran las hachas contra las espadas, y los escudos contra los mazos.
Surghen durmió a uno de los suyos, mutilado por pies y rajado del estómago, agonizando y chillando para que le dieran descanso.
Un bravetiano le soltó un golpe con un mazo que acabó destrozando el cráneo del capitalino muerto después de que el Rey lo esquivara con elegancia.
Se echó para atrás y detuvo un segundo golpe con el escudo.
No esbozaba ninguna expresión, y los ojos los mostraba planos y dilatados.
El bravetiano agarró un hacha perdida y la arrojó con puntería al rostro del Rey, quien, en una voltereta esquivó el arma y quedó nuevamente en posición.
El bravetiano le soltó un tercer golpe, Surghen lo intentó bloquear, pero en ese intento se desestabilizó e hizo que su contrario conectara un nuevo golpe en el grueso de la coraza, empujando al Rey unas yardas contra las catapultas.
Surghen se levantó, aturdido por el golpe y respirando con dificultad.
Se apoyó en la espada para ponerse en pie y enfrentar al bravetiano.
El bravetiano se detuvo un momento y lo observó.
Surghen sonrió. Se lanzó contra el bravetiano y esquivó el nuevo golpe del mazo.
Quedó debajo, y le asestó un golpe en la barbilla con el escudo, haciéndole sangrar por la boca y expulsando su casco.
Surghen aprovechó para dar una estocada en los muslos y rodillas del bravetiano, para luego lanzarse hacia atrás.
Su contrario cayó frente a él, aturdido por el golpe, y con varios hilillos de sangre corriendo por su boca.
Surghen caminó lentamente hacia él y atravesó su cuello, dándole fin a su existencia.
El general bravetiano veía la clara desventaja que su ejército presentaba.
Con cada minuto que pasaba, sus números disminuían y seguían retrocediendo.
Para el mediodía, cuando la batalla cumplió seis horas y la última cohorte se replegó hasta quedar a tres millas del muro, fue el momento en que el general ordenó la retirada.
Pero no había caballos, y estaban rodeados.
Aquel fue el final de todo: una nueva lluvia de flechas de Neryss cayó sobre ellos y mató a los despistados.
El general y sus hombres regresaron a su ciudad, cabizbajos. Sin estandartes.
El Rey ordenó mantener la vigilancia sobre aquellos hombres el tiempo que hiciera falta; no iba a permitir que regresaran a cumplir su sueño imposible. En cuanto los sobrevivientes de aquella masacre se perdieron en la lejanía, Surghen ordenó el regreso a la ciudad.
No recogieron cadáveres, no los enterraron ni los incineraron. Los dejaron ahí, para que se pudrieran con el pasar de los días y años. Kaelen ordenó arrastrar las máquinas bravetianas a la ciudad y darles el mantenimiento adecuado.
En el interior de Kaer'Durnath, las calles estaban desiertas.
Ya no había soldados, solo la cohorte de Vaelric vigilando desde la cima del muro y desde las calles.
En los rostros capitalinos se mostraba consternación; la mayoría regresó con la mirada perdida, observando el suelo y apretando las empuñaduras de las espadas.
Un tiempo más tarde, Surghen entró en la Sala del Trono, sudando por el esfuerzo y rojo por el calor.
Se dejó caer sobre el asiento y cerró los ojos.
Buscaba dormirse. Unas rápidas pisadas metálicas lo interrumpieron y lo despertaron.
Lorem y su consejo estaban frente a él, arrodillados a excepción del comandante, quien tenía una mano en la espada y la otra en un manto escarlata que le cubría el hombro hasta la cadera.
—Surghen —llamó. El Rey abrió los ojos y levantó la mirada.
—¿Qué sucede, comandante?
—Acabo de recibir un cuervo de Arvenmar. El frente velmyriano está por caer.
—Dile a Kaelen que te proporcione tropas —dijo—. Me parece que aguardan en el bastión.
—Gracias, Su Alteza —Lorem hizo una rápida reverencia y él, junto su consejo, salieron del Castillo Magno.
Surghen no se molestó en despedir al comandante; en cuanto se acabó la conversación y Lorem acudió con Kaelen, el Rey se quedó profundamente dormido.
Lorem llegó al Bastión de Varkhadrûn escoltado por Kaelen.
Al entrar, los únicos soldados que había, tal como Surghen había dicho, eran los que lo acompañarían a Arvenmar.
Además de eso, Kaelen le entregó un mapa con la ubicación de una flota que Nur'Dan había dispuesto para facilitar su partida.
***
Un eco constante sonaba dentro de la prisión.
Con cada golpe que Argon daba, se levantaba el pelo húmedo de su cabeza y volvía a golpear.
Estaba abrumado, preocupado por la salud mental de sus padres que, aunque parecía haber mejorado, ahora se veía peor.
Tan solo lo miraban, sin decir nada. Seraphyne aplaudía de vez en cuando.
El príncipe golpeaba de distintos modos, tratando de recordar cuál era el punto débil de Surghen.
Argon era partidario de que todos los soldados tenían una debilidad; no importaba su destreza, siempre había un punto vulnerable.
Él encontraría el de su hermano. Por más miedo que tuviera. Por más vidas que se llevara consigo.
El guardia abrió la puerta de manera sospechosa.
Estaba parado junto con otros ocho guardias que vigilaban los pasillos.
Le dejó en el suelo un cofre de madera de mediano tamaño, que al chocar con el piso de la celda, el príncipe constató que se trataba de una armadura.
Argon se comenzó a vestir desde abajo, a la vista de su madre, quien sonreía orgullosa.
Al colgarse la espada en la espalda y colocarse varias capas y mantos, el príncipe se sintió más ligero.
—Eor —dijo mientras se acercaba a su madre.
—¿Volveremos al castillo? —preguntó Seraphyne, ya sin recordar.
—Sí madre. —Le dijo a Seraphyne antes de volverse a Eor—. Llévate a mis padres al campo, lejos de la guerra —le ordenó al guardia—. Lleva un curandero y que trate de que recuperen la razón.
El guardia asintió, llamó a otros dos hombres y se llevaron a los antiguos reyes, los sacarían hasta una cabaña norteña, en las faldas del Narthorien.
—Señor, cada vez más capitalinos merodean la ciudad —objetó Eor—. Propongo que saque a los Reyes una vez que haya recuperado su trono.
—Entonces llévalos a alguna casa hogar en el sector norte, y déjales una guardia —dijo resignado.
Eor le extendió un pequeño trapo mojado al príncipe y éste se limpió el blasón que estaba bordado en su coraza. El dragón rúnico ahora era su estandarte. Y aquella era su ciudad.
—Los sediciosos están reunidos en una sala secreta, en el sótano de un burdel en el sector oeste. Están ansiosos por su llegada —le informó Eor.
Argon asintió. Un ligero vacío le recorrió todo el estómago y lo hizo esbozar una sonrisa. Se frotó las manos y se encimó la capucha. Creía fervientemente que podría recuperar el trono.
—Mientras yo viva, Drakareth no morirá. Kaer'Durnath respira gracias a mi sangre Valdyran.