Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 29. CUANDO LAS CADENAS SE
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CAPÍTULO 29. CUANDO LAS CADENAS SE

AFLOJAN

—Ya han controlado, parcialmente, los tumultos. Parte de la Guardia Capitalina se está encargando de mantener a los sediciosos lejos de la zona de guerra —informó el guardia.

Argon estaba sentado en su lugar de siempre, cerca de la puerta, rebotando la bola de caucho con un mismo ritmo, mientras sus padres trataban de conciliar el sueño. Chiflaba una balada: la misma que su trovador había tocado el día que Surghen comió en su mesa, después de que Lorem lo rescatara.

—Ha comenzado el ataque de Braveth —añadió el guardia—. El Rey ya concentró sus fuerzas en repelerlos, en lugar de controlar las revueltas.

—¿Y los leales a mi nombre? ¿Ya se reunieron?

—Sí. Cuando se enteraron de la guerra, se reunieron en casas y burdeles de toda la ciudad.

Argon se levantó y se pegó a la puerta.

—¿Cuántos son?

—Nadie sabe con exactitud. Algunos hablan de menos del millar, otros dicen que superan las cinco cohortes. Pero no es cierto. Ni siquiera estos grupos tienen comunicación entre ellos.

»Además, también hay soldados… y algunos guardias que apoyan su causa.

—¿Cuántos son? —se asomó por la ventana y vio a Lety, moviendo la cabeza como niña pequeña, con el pelo enmarañado dentro de la boca—. ¿Ella ya perdió totalmente la cabeza?

—Sí. Nomás con saber que era fyrtana ya se sabía que acabaría muerta —replicó el guardia, burlándose—. En cualquier caso, creo que hubiera sido más bondadoso encajarle la espada en el cuello.

»Respondiendo a su pregunta: al menos son ocho soldados, con los cuales ya tengo contacto.

—Ocho hombres son suficientes para conquistar el mundo —dijo el príncipe con una sonrisa en la boca—. Dile a los sediciosos que consigan comunicarse entre sí… y dales esperanza. Pronto yo, su rey, me reuniré con ellos.

El guardia asintió, cerró la pequeña compuerta y se alejó justo cuando llegaba su reemplazo.

Argon se acostó rápidamente en la cama de paja al escuchar cómo el nuevo carcelero abría la compuerta corrediza y les lanzaba un escupitajo despectivo.

Cerca de la puerta, había escondido una espada de madera y un tronco del mismo material, objetos que su aliado le había proporcionado para que pudiera practicar en secreto.

Fingía demencia cuando lo observaban, pero pasaba las tardes entrenando, preparando su cuerpo y su mente para el momento en que se encontrara cara a cara con su hermano.

«Ojalá mi padre hubiese aceptado que aprendiera el uso de la espada», se dijo a sí mismo, reprochándose el tener que dominarlo ahora, apresuradamente.

Tal vez, para eso, era bueno el estar en una celda insonorizada.

Solamente tenía que cubrir las ventanas y la pequeña compuerta, entonces podría entrenar en total libertad.

Los golpes de las maderas se convirtieron en el sonido ambiente, y eso provocó que Seraphyne recobrara, aunque fuera poco, la razón.

Tyrnium despertó de su sueño y se quedó observando los movimientos de Argon, golpe tras golpe, sonido tras sonido.

El sudor le caía por todo el rostro al príncipe, el cabello húmedo le cubría los ojos y la garganta comenzaba a rasparle.

Tomaba descansos breves, apenas unos segundos, para beber agua del grifo de su celda.

Se mojaba las manos, la cara, y volvía a golpear.

Aquellos entrenamientos se hicieron rutina, y con cada sesión, más clara se volvía su visión: se veía a sí mismo entrando a la Sala del Trono del Castillo Magno, librando su propia batalla, venciendo en el camino.

Eso, y solo eso, le impedía sentir el cansancio.

***

Surghen estaba en la cima del muro, observando al ejército bravetiano.

El muro se tambaleaba y el piso rebotaba con cada piedra que golpeaba la puerta.

Durante esos pocos momentos de calma, en que el ejército enemigo gastaba proyectiles, Surghen aprovechó para analizar su formación y tratar de encontrar una fisura en su ataque.

Su escudera se encontraba detrás de él, escondida tras unas bardas, tallando y limpiando el escudo del Rey. Temblorosa por el miedo.

—Nelysia —dijo—. Dile esto a Kaelen: ganaremos esta batalla, pero no quiero prisioneros. Si alguno de aquellos quiere escapar, que lo haga. El que no… que lo mate.

La chica dejó de hacer lo que estaba haciendo, le entregó el escudo al Rey y bajó hasta la calzada, donde Kaelen estaba a la espera, a lomos de un caballo negro de ojos destellantes.

Surghen se volvió hacia su ejército, congregado detrás del muro de la ciudad. Desenvainó la espada y la elevó al cielo. En la calzada, una sombra afilada se formó, y los rayos del sol que chocaban con la espada le dieron un aspecto celestial.

—¡Hoy defenderemos lo que nos pertenece! —gritó—. ¡Hoy defenderemos lo que nos hemos ganado con esfuerzo y sacrificio! ¡Hoy haremos que los que nos atacan se retracten de su decisión!

Observó cómo los últimos caballeros desenfundaban sus espadas, cómo los ingenieros tensaban las cuerdas de las catapultas, y cómo los arqueros y ballesteros colocaban flechas en sus armas.

—¡Recuerden, mis soldados! En este momento, la deserción se paga con la muerte —concluyó.

Neryss y sus arqueros tensaron los arcos, distribuidos a lo largo del muro.

La comandante colocó su lengua lista para chiflar.

Surghen volteó a ver a los invasores; el sol le pegaba de frente, dificultándole la visión.

Bajó el visor del casco, colocó el escudo en su brazo y flexionó los dedos, listo para lo que aguardaba al otro lado de la puerta.

Finalmente, bajó el brazo, y los capitalinos contraatacaron.

Simultáneamente, se escucharon latigazos y el chasquido seco de las cuerdas al soltarse.

Luego, silencio. Las grandes piedras del ejército de Surghen surcaron los cielos y cayeron dispersas, provocando daños mínimos.

Los bravetianos se cubrieron con sus escudos y respondieron con una nueva ronda de proyectiles, más densos y pesados.

Las piedras impactaron contra la puerta, hicieron tambalear el muro… y crujieron la entrada.

Neryss Alvareth chifló, y sus arqueros dispararon.

Las flechas salieron como ráfagas, veloces y precisas, más letales que cualquier arco convencional.

Surghen alcanzó a ver cómo una hilera de cuarenta bravetianos de la vanguardia caía inerte, como si el viento los hubiera arrancado del suelo.

Pensó que, mientras el combate se mantuviera a distancia, los invasores no tendrían forma de entrar.

Habían cometido un error imperdonable: no llevar escaleras para tomar los muros.

Raghor inició también su ataque, y sus ballesteros asistieron a Neryss, duplicando la efectividad de la ofensiva. Los bravetianos seguían disparando piedras, pero su vanguardia se vio obligada a dispersarse, retrasando el avance y rompiendo la formación.

Algunos capitalinos comenzaron a asistir a los ingenieros de las máquinas; llevaban piedras más pequeñas, aceites, antorchas, y uno de ellos cargaba una bola compacta de cristal, enredada en lino y cuero.

Con estos nuevos proyectiles, las catapultas aumentaron la frecuencia de los disparos, y su puntería mejoró con ello.

Cuando la bola de cristal hizo contacto con la planicie donde se encontraban los bravetianos, explotó, soltando miles de esquirlas afiladas en todas direcciones.

Los invasores se dispersaron aún más. Surghen sonrió al ver aquella bomba.

Aquella dispersión fue lo que los bravetianos necesitaban para mandar media centuria a la puerta sin que fueran vistos por los capitalinos; llevaban dos arietes de gran tamaño y peso, hechos con basalto y forrados en distintas capas de diversos metales.

Una pequeña guardia cubrió con escudos a los bravetianos de la puerta de las flechas que Neryss y Raghor habían comenzado a dirigir.

Con cada golpe del ariete, la puerta este se curvaba más y más, presionada también por las piedras de las catapultas.

Los ingenieros capitalinos comenzaron a colocar flechas en las ballestas y a girar las manivelas para tensar las cuerdas.

Solo era cuestión de tiempo para que la puerta cediese.

Los hombres de Neryss y Raghor disminuyeron la velocidad de sus disparos; las flechas comenzaban a escasear.

Surghen, por su parte, ordenó una nueva horda de proyectiles desde las máquinas que, en esa ocasión, dispararon pequeñas piedras y grava al rojo vivo.

Los proyectiles cayeron sobre las máquinas bravetianas, incendiando madera, rompiendo engranajes.

A duras penas, Nelysia logró subir el muro y permanecer junto al Rey.

—¡Nelysia, lárgate de aquí! —la regaño Surghen—. ¡Vete al castillo!

Una flecha rozó la oreja de la niña y le hizo un pequeño corte. Se llevó la mano al rostro y soltó un alarido. Bajó por el interior del torreón, tomó su caballo y galopó hacia el Varkhalion, con lágrimas en los ojos y las manos ensangrentadas.

Surghen entró a las almenas del torreón y se acercó al capitán encargado.

—Abre las puertas —ordenó.

—¿Por qué? —la voz del capitán sonó más a reclamo.

—Porque habrá más bajas si no lo haces —respondió el Rey, enfurecido. Subió nuevamente y se dirigió a sus soldados—. ¡Preparen las ballestas, y listos para atacar!

Inmediatamente sonaron las puertas y la apertura se fue engrosando. Los caballos de la calzada, incluyendo el de Kaelen, movieron las patas y las cabezas nerviosos. Los ingenieros apretaron las manos sobre las manivelas, y los lanceros apuntaron sus armas hacia los enemigos.

Los bravetianos soltaron los arietes tan pronto como las puertas se abrieron, y desenvainaron sus armas.

Surghen bajó hasta la calzada, tomó su caballo y se unió a Kaelen en el combate.

Las grandes ballestas soltaron sus flechas y empalaron a los soldados del ariete.

Los caballos de Kaelen y Surghen iniciaron su embestida hacia el exterior, protegidos por las piedras. El combate ya no se libró en la ciudad.