Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 28. EL ECO DE LOS CAÍDOS #2
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CAPÍTULO 28. EL ECO DE LOS CAÍDOS #2

Al día siguiente, Surghen se encontraba en su trono, siendo atendido por el curandero del castillo. Nelysia salió de las cocinas con un té de hierbas con algo de cafeína, que le entregó al Rey. El curandero le retiró las vendas del hombro y le untó un bálsamo de romero y miel en la herida.

Kaelen entró en la sala. El metal de sus botas hacía que su paso resonara con eco entre las grandes paredes.

—Su Alteza —saludó haciendo una reverencia—.

Le tengo noticias: el tumulto de los rebeldes se multiplicó.

Se han reportado ataques simultáneos en todos los sectores de la ciudad: afuera del Varkhalion, e incluso en el Bastión de Varkhadrûn.

Hay quema de estandartes, asaltos a comercios y soldados, y bastantes conflictos armados.

Por otro lado, Raghor dice que el ejército de Braveth ha aumentado su presión sobre nosotros.

—¿Y Vaelric? —cuestionó—. ¿Él qué está haciendo?

—Vaelric ha enviado escuadra tras escuadra en cada sector de la ciudad, pero ya no tiene más soldados. El bastión está lleno de herreros y plebeyos que no conocen el uso de la espada. Selthar y Neryss le están ayudando con sus hombres.

—Esto es lo que ocasiona estar en una ciudad sin ley. ¿Y tus hombres qué?

—Solo tengo una centuria a mi disposición. Están resguardando, en segunda línea, el Varkhalion.

—¡Nelysia! —llamó. La escudera llegó corriendo con él, con una pequeña armadura a medio poner—. ¿Llamaste al consejo?

—Sí, mi señor.

—Kaelen —se dirigió el Rey al general—. Debemos hacer nuevas leyes. Con eso, y con la espada, podremos controlar a la población.

—De acuerdo —Kaelen seguía nervioso, un poco desesperado—. ¿Qué haremos con los bravetianos?

—Necesitamos controlar a la población primero —le espetó—. Después de eso, los regresaremos. Me parece que fue suficiente de su revolución.

Kaelen no se tranquilizó, pero tampoco objetó. Hizo una rápida reverencia y salió del castillo con la espada desenfundada.

Naeryn llegó más tarde. En ese momento, tomaba una infusión de manzanilla y menta. Le entregó la bebida a Nelysia y se sentó a un costado del trono.

—¿Y? ¿Cuál fue la reacción de la gente? —preguntó.

—La violencia —respondió enfadado—. Así es como esta gente habla… y así será nuestra respuesta.

»Te asignaré una guardia personal, pero por ningún motivo salgas del castillo.

Naeryn asintió sin decir nada. Una sirvienta los interrumpió, y la chica se retiró una vez más a sus habitaciones.

Surghen se retiró la espada del cinturón y observó con atención los detalles de la vaina.

Mientras la sostenía, comenzó a sumergirse en sus pensamientos: recordó la ejecución de los fyrtanos en Tharûl-Bel, el rostro de Nírmen en el bosque, y luego, el pasillo lleno de cadáveres que había recorrido solo.

La memoria de su tortura volvió con fuerza, y con ella, el rostro dracónico que lo había marcado.

«Ayúdame, Dürhavel —recordó—. Bienvenido a casa, Surghen».

Colgó nuevamente la espada en el cinturón y subió hasta su habitación a vestirse con su armadura. Era su momento de salir y reprimir, él mismo, a los rebeldes.

***

El guardia le había entregado al príncipe una pequeña bola de caucho.

Según decía, era para que sus días en prisión se hicieran más amenos.

Con cada día que su familia pasaba ahí dentro, perdían más la cabeza, sobre todo, Tyrnium.

«Quizá sea mejor que ya no salga», había pensado en alguna ocasión al ver su estado.

Se había sumido en la locura, aunque ni él ni su madre quisieran creerlo.

«Ya es muy viejo. Tal vez… lo mejor sea dejarlo morir en paz».

—El Rey acaba de dar un discurso ante los sediciosos —le informó el guardia.

Argon se mantenía sentado junto a la pared cercana a la puerta, rebotando aquella bola con monotonía—.

Los revuelos se han intensificado. Ya se ubican en toda la ciudad.

La corona no tiene los soldados necesarios para contener las revueltas.

Argon siguió rebotando la bola sin cambiar su ritmo. No dijo nada. Solo sonrió, orgulloso de lo que estaba ocurriendo. La imagen de Surghen encadenado le llenaba la cabeza y le provocaba emoción.

«Ahora sí hará honor a su blasón».

—El ejército de Braveth está a las puertas —añadió el guardia—. Con cada jornada que pasa, aumenta el balbuceo sobre su ataque. Lo más probable es que tenga la suficiente ayuda para retomar la ciudad.

—¿Los leales a mí ya se han reunido? —Argon detuvo su acción con la pregunta.

—No lo sé. El Rey prohibió cualquier mención, reunión o estandarte que glorifique a los Valdyran. Nombrarlos es traición.

—Eso no me interesa —le espetó el príncipe—. En este momento, las revueltas son desordenadas y predecibles. Te lo repito: que los leales a mí se reúnan. Cuando los nuevos “sediciosos” sean una fuerza militar, el dragón, ahora sí, estará encadenado —Argon rio.

El guardia asintió y cerró la pequeña puerta corrediza. Otro soldado llegó y les dejó la comida del día.

—Argon —llamó Seraphyne con un susurro, despertándose del incómodo sueño—. Argon…

El muchacho la volteó a ver.

—Sácanos de aquí —la voz de su madre sonaba suplicante.

El príncipe se acercó a la cama de paja y le dio un beso en la mejilla.

—Cuando recupere el trono y cuando Surghen haya pagado por sus crímenes. Para ese entonces, vendré por ustedes... Pronto —Seraphyne cayó rendida por el sueño.

***

Las represiones eran cada vez más violentas.

Lo había dicho el Rey: no había cabida para los traidores.

La gran calzada, que conducía desde la puerta este hasta el Varkhalion, estaba atiborrada de soldados.

Todo el ejército de la capital no llegaba ni a la decena de cohortes.

Además de los soldados, los acompañaban cinco catapultas y escorpiones, empujados por sus respectivos ingenieros.

En los costados, cientos de sediciosos se congregaban, paradójicamente en paz.

Solo ondeaban las banderas del dragón rúnico.

Neryss llegó a la Sala del Trono. Vestía una armadura separada, que la hacía ágil; la aljaba le colgaba de la cintura y su arco reposaba sobre su espalda. La comandante se hincó ante el Rey, pero él ya no tenía paciencia para aquello.

—¡Comandante! —dijo—. Dime qué es esto —le extendió la flecha que lo había intentado matar hace dos días.

Neryss la tomó y sacó otra de sus flechas para compararlas.

—Esta no es una de mis flechas, si es lo que piensa —respondió con soberbia—. Es muy ligera.

—¿Quién la disparó? ¿Y de dónde la consiguió?

—No lo sé. Pero si lo desea, pondré hombres a cargo de la investigación.

Surghen asintió con rudeza y la despachó.

El Rey salió del castillo y caminó hasta las cuadras, donde Nelysia ya lo esperaba con un caballo ensillado.

El Rey montó y galopó hasta la puerta este.

Al subir el muro, vio cómo los bravetianos se habían concentrado en grupos compactos, rodeando máquinas de asedio.

Calculó que estarían a menos de cincuenta yardas.

Tenían las espadas desenfundadas, las lanzas afiladas y las máquinas cargadas. Solo estaban esperando.

Kaelen llegó más tarde y se posicionó ante la puerta.

Neryss y Raghor subieron al muro, ocultos, junto con dos centurias de arqueros y ballesteros.

En el interior de la puerta, los soldados cargaban piedras de gran tamaño, humedecidas con aceite y completadas con grava.

Por último, Vaelric dividió a su guardia y vigiló las poternas cercanas.

El chiflido del vuelo de una piedra inundó el ambiente e invadió los oídos de los capitalinos. La primera piedra de Braveth impactó contra la puerta este de Kaer'Durnath.