Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 28. EL ECO DE LOS CAÍDOS
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CAPÍTULO 28. EL ECO DE LOS CAÍDOS

Kaelen entró apresuradamente a la Sala del Trono. Estaba cubierto de tierra, sudoroso, y tenía la armadura abollada en diversas partes. El Rey, sentado, repasaba los textos que había recuperado de las ruinas de Vaer-Morrak.

—Su Alteza —lo increpó Kaelen—. Debe ver esto.

Surghen enrolló los papeles y siguió a Kaelen hasta un balcón elevado en la segunda planta del castillo.

Desde ahí, a casi una milla de distancia, se divisaba una plaza blanca, hecha de mármol y adornada con hilos de basalto.

En aquel lugar se estaba librando una trifulca entre una escuadra de la Guardia Capitalina y algunos hombres que seguían profesándole lealtad a la familia Valdyran.

—Esto que ve se está repitiendo en el sector oeste y sur de la ciudad. Los informes de Vaelric hablan de fabricación de armas sin permiso, atribuidas a estos sediciosos —dijo Kaelen. El Rey no dijo palabra; paseó la mirada unas cuantas veces por aquella pelea antes de retirarse.

—Mátenlos entonces —ordenó.

—Mi señor —Kaelen le agarró el brazo para detenerlo—. No podemos matarlos, perderá popularidad.

—¡MÁTALOS! —le ordenó—. Eso le enseñará a esa gente a ser sumisa.

—No lo es todo —dijo Kaelen con voz potente. Ya le había soltado el brazo—. La Guardia Capitalina informa sobre la quema de estandartes del cisne negro. Lo que le mostré es algo menor: en el sector norte reportaron enfrentamientos de centenares.

»En el sector este, más marginados y mugrientos han comenzado a ondear el dragón rúnico nuevamente. Son los mismos que, por un lado, incitan a la violencia, y por otro, muestran desprecio hacia su casa y su nombre.

«Y todo esto, bajo la sombra del asedio bravetiano», pensó el Rey.

—Encárgate, entonces —dijo molesto.

Surghen entró a su habitación y sorprendió a Naeryn, quien dormía. El Rey abrió los cortinajes de la ventana y dejó que el aire circulara. Luego se sentó en la cama y observó el estandarte del dragón encadenado que colgaba frente a él. La chica se recorrió en la cama y abrazó su brazo.

—La ciudad se está descontrolando —dijo Surghen, sin dejar de mirar el estandarte, con tono burlesco—. Cada día, más sediciosos exigen que libere a la familia Valdyran… y que renunciemos al trono.

—¿Qué harás entonces? —preguntó Naeryn con voz suave y tranquila.

—Le ordené a Kaelen que los fulmine. Al fin y al cabo, yo soy el Rey.

—Mi padre decía que una corona sin el apoyo de los plebeyos es una corona de ceniza. Decía que los reyes que alguna vez fueron así, los mató su propia guardia.

—¿Y entonces? ¿Qué sugieres que les haga? —el tono de Surghen se volvió más molesto.

—Háblales. Recupera su confianza. Si no… tarde o temprano te matarán. Tal vez… alguien de confianza.

Surghen guardó silencio. Luego asintió.

—Bien. Les hablaré. Y reformaré la ciudad bajo una ley absoluta.

Surghen se levantó de la cama, se mojó nuevamente la cara en la pila de agua y salió. Frente a la puerta estaba Velrik, cuidando, como siempre, a Naeryn.

—Enséñale el uso de la espada —ordenó, haciendo referencia a la chica—. Lo necesitará.

Cuando Surghen llegó a la Sala del Trono, vio a Nelysia, quien estaba entrando a la biblioteca a dejar algunos papeles e informes que él necesitaba leer. Cuando ya se iba, le retuvo el brazo.

—Envía cuervos a mi consejo de guerra —ordenó—. Que se reúnan conmigo mañana a media tarde.

Nelysia asintió. Surghen siguió su camino hasta el mismo balcón donde Kaelen le había mostrado la pelea de los rebeldes, los cuales, en esta ocasión, los manifestantes ya habían marchado hacia el Varkhalion. Hacia los atrios mismos de la residencia del Rey.

—Habitantes de Kaer'Durnath —inició su discurso con fuerza—.

Les hablo a aquellos que claman por una familia putrefacta.

A aquellos que me desafían mientras aún buscan mi clemencia —se detuvo un momento para observar a la muchedumbre—.

Estoy consciente de sus gritos por ayuda, de sus súplicas, de sus blasfemias contra mi nombre… y de su desprecio por SU REINA.

La gente ahora gritaba más fuerte que nunca.

Algunos llevaban azadones de madera y metal; otros, trinches, espadas o lanzas robadas; y unos últimos preparaban vidriadas, las cuales no eran si no bombas incendiarias caseras.

Algunos indigentes escucharon los bullicios y salieron también a insultar al monarca.

—¡Sal de ahí, estúpido! —se lograba escuchar—. ¡Si eres hombre, háblanos aquí abajo!

Surghen hizo caso omiso.

—Esta ciudad —siguió Surghen—, o este país, ya no tiene lugar para una familia que se encargó de pudrir esta nación y de derrumbar hasta la última de sus rocas.

»Suponía que, al conocer esto, aceptarían con gratitud el cambio de reyes, pero me han demostrado que sus anhelos por el regreso de la ceniza son más fuertes que la emoción por la llama que se ha sentado en el Trono.

»¡Son idiotas! Quien verdaderamente piense así puede irse: tiene el camino libre hacia su tumba. Quizás ahí encuentren a la familia por la que tanto claman.

La gente ya no solo gritaba insultos, sino que también ondeaba, orgullosamente, banderas con el dragón rúnico.

Algunos comenzaron a lanzar las vidriadas; otros dispararon flechas.

El fuego de las vidriadas rápidamente se asentó en el adoquín del piso y en el basalto del Castillo Magno, mientras su humo negro comenzaba a elevarse hasta el balcón, alimentado por la tierra que ahí yacía.

Surghen se internó nuevamente en el castillo, esperando que el humo se disipara. Cuando se disipó, continuó.

—No conquisté esta ciudad para que reclamaran por algo que ya es obsoleto.

La conquisté para liberarlos de las traiciones que Tyrnium Valdyran —se escucharon chiflidos y ovaciones por el nombre— cometió hacia ustedes.

¡Conquisté esta ciudad para que pudiesen vivir lejos de un entorno hostil!

Para que prosperaran con sus familias, bajo la sombra y protección de un nuevo orden. ¡BAJO LAS ALAS DEL DRAGÓN ENCADENADO!

»Yo les ofrecí un nuevo mundo, con el amor de mi apellido, y me han devuelto ingratitud y traición. ¡Hipócritas! Quieren que libere al que no debe ser liberado. ¡YO LOS SALVÉ DE LA PUTREFACCIÓN DE TYRNIUM VALDYRAN! —se detuvo un momento más para observar.

Más gente se había reunido. En los exteriores, algunos hombres de la guardia trataban de retener, con espadas y puños, a los rebeldes.

Cada vez más estandartes del dragón rúnico danzaban en el aire, exigiendo aquello que les pertenecía y, nuevamente, más vidriadas soplaron al son del viento y fueron a parar al balcón donde Surghen se encontraba, mientras el fuego comenzaba a asentarse en el adoquín y el basalto, y el humo negro se elevaba como una ofrenda maldita hacia el trono.

—¡Lo único que hemos recibido es desdén de la Corona! —gritó uno. La multitud lo ovacionó. Algunos seguían atentando contra Surghen; otros construían, a toda prisa, catapultas improvisadas; y unos últimos, menos radicales, trataban de apagar las llamas.

—De igual forma —Surghen no se detuvo—, a pesar de sus insultos, a pesar de sus agresiones, y a pesar de su descontento…

estoy aquí. Estoy aquí, hablándoles. Teniendo paciencia ante su ignorancia.

Porque créanme: ¡tengo espadas suficientes para callarlos!

Para cerrar su puta boca… y que no la vuelvan a abrir.

El sonido de un nuevo proyectil lo interrumpió. Surghen se cubrió. Una flecha voló desde algún lugar desconocido y se clavó en su hombro. El Rey soltó un grito.

Cuando se levantó, y los sediciosos observaron la madera de la flecha, explotaron de alegría. Celebraban la puntería del francotirador escondido. La mayoría comenzó a gritar nuevamente:

—¡Valdyran, Valdyran, Valdyran!

A Surghen le empezaba a parecer repugnante aquel apellido. No creía posible cómo la gente lloraba por su regreso… aún con sus crímenes hacia el pueblo.

La flecha fue la gota que colmó su paciencia. Elevó el puño en señal de poder.

—¡Escúchenme bien, pueblo de Kaer'Durnath! —exclamó enfurecido—. ¡Mi voz es su última advertencia! Si desean vivir en un mundo claramente mejorado, rechacen el culto al apellido Valdyran. Rechacen su nombre. Rechacen su estandarte.

—¡¿Por qué rechazaríamos algo que nos mantuvo vivos durante cuarenta años?! —exclamó uno.

La gente aumentó el volumen de los gritos y dispararon más vidriadas desde las pequeñas catapultas. Otra flecha voló desde un ángulo que Surghen no logró identificar. El Rey se lanzó hacia el interior del castillo, esquivando el proyectil. Nelysia llegó con él.

—¡Tráeme mi espada y mi escudo, ahora! —ordenó. La niña salió corriendo.

Cuando recogió la flecha, la reconoció. Era uno de los proyectiles de Neryss Alvareth: una flecha de obsidiana, con punta afilada y serrada, cuerpo de madera oscura, y plumaje de águila. Eso fue lo que desató la ira del Rey.

Nelysia llegó en ese momento. Corría con constantes tropiezos entre las armas. Alcanzó el balcón y se las entregó al Rey. Surghen las recibió y salió nuevamente al exterior.

—¡Oigan mi voz, pueblo de Drakareth! —exclamó, inundado por la rabia—. ¡Quien, a partir de ahora, ose ondear el estandarte de Valdyran, conspirar por su retorno o pronunciar su nombre, ese mismo será arrancado de este reino, así como la maleza es arrancada del pasto bueno!

»¡Ustedes ya me han presentado sus demandas!

—se acercó más al borde—. Ahora yo les presento las mías.

¡No les estoy suplicando por su lealtad, eso ya lo tengo!

¡LES ESTOY EXIGIENDO OBEDIENCIA Y SUMISIÓN!

—desenvainó la espada y la elevó—. ¡Quien no me la entregue, será traidor, y, por lo tanto, será torturado y ejecutado!

Surghen se volvió al castillo y entró. A sus espaldas, la gente lo seguía insultando y disparando todo lo que encontraban. La amenaza del Rey no pareció importarles en lo más absoluto.