Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 27. EL TRONO QUE SE ALZA SOBRE CADENAS
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CAPÍTULO 27. EL TRONO QUE SE ALZA SOBRE CADENAS

El ejército de Braveth se estaba formando a una legua de la puerta este de la capital. Cargaron piedras sobre las catapultas, insertaron flechas en las ballestas, afilaron sus espadas y lubricaron sus lanzas. Pero no atacaban.

Surghen observaba aquel ejército a través de un catalejo, desde lo alto de la puerta de la muralla, acompañado por Nelysia y Vaelric.

Al Rey le parecía curiosa la calma que reinaba en ese momento, tanto que podía dirigir sus preocupaciones hacia un ejército vardiano antes que a las naciones que anhelaban su extinción.

Había mandado infinidad de cuervos a todas las ciudades del país, ordenando cualquier información sobre nuevos reclutas que se hubiesen unido al ejército recientemente.

Su plan era simple: hacer un reparto equitativo de soldados a lo largo y ancho de Drakareth, incluyendo Tharwen, Arvenmar y la frontera.

Mucha gente transmitía constantemente el rumor sobre el fin de la guerra y la derrota para Drakareth.

Surghen no escuchaba a su población. Sus ambiciones rebasaban el hecho de haber tomado el Trono del Colmillo Eterno.

Quería más poder. Quería tener a Fyrtim y a Velmyria para sí, aunque conllevara una década en guerra. Él quería ser el Señor de Durhen.

Surghen seguía observando al ejército que los asediaba; notaba constante movimiento.

«Si me quisieran muerto, habrían atacado ya —pensó—.

Su espera les costará: tanto su vida, como la vida del rey al que fingen servir».

Surghen tenía la preocupación de que, en cualquier momento, aquel ejército comenzaría a atacar.

Por eso mismo, mandó evacuar el sector este de la ciudad y fortificar su puerta.

Pero él lo sabía: Kaer'Durnath no estaba preparada para otra batalla.

Había recibido los cuervos de Zarn-Korveth, Velgorad, Thun'Zakar, Dorlak y Kaelrith, y deducía que esas ciudades lo reconocían como rey de Drakareth.

Su estrategia se simplificaría al descartar Ilvakar y Morthal-Dûn, pues la guerra aún no había contaminado aquellas tierras.

Todo este proceso vendría acompañado por los juramentos de lealtad de los generales y superiores militares que marchaban desde muchas regiones, incluyendo Arvenmar.

Especialmente esperaba a Taelon Dûrnthal desde Tharwen, a Tharion Mûrvel desde Tharûl-Bel y a Lorem Valtrakar desde Velmyria; esos tres eran los que más le preocupaban, pues controlaban el frente.

Le parecía inquietante que las ciudades hubiesen tardado dos semanas en responder.

Cuando se realizó el censo, notó la baja producción de tropas: el margen para enviar y recibir soldados era mínimo.

Los cuernos de guerra de la puerta sur y los campanarios del Varkhalion comenzaron a sonar, anunciando la llegada del general Lorem.

Surghen y Nelysia bajaron rápidamente del muro y recorrieron toda la ciudad hasta la puerta del Varkhalion, donde Kaelen ya los esperaba.

La puerta comenzó a crujir y dejaron pasar a los visitantes.

Lorem y compañía cruzaron con paso firme hasta llegar al castillo, donde el Rey ya los esperaba.

Cuando sus miradas se encontraron, una sonrisa se dibujó en ambos rostros: los viejos aliados se reencontraban tras su intrusión en Vaer-Morrak.

—¿Cómo está el frente de guerra? —Surghen fue directo al grano.

—Muy mermado. Durante las últimas semanas recibí reportes sobre Vel'Anareth —los hombres comenzaron a caminar hacia el interior del Castillo Magno—. Cada vez más velmyrianos se conglomeran en esa ciudad y se preparan para marchar contra nosotros.

—¿Cuántos soldados tienes a tu disposición? —preguntó Surghen. Nelysia abrió la Sala del Trono y los visitantes pasaron por detrás del Rey.

—Entre mis hombres y algunos otros traidores velmyrianos, no somos más de cinco mil. Necesito un refuerzo de tropas —exigió el general.

—Y lo tendrás —aseguró el Rey—. Mi plan es redistribuir todos los soldados que tenga a mi disposición. Enviarlos a cada ciudad del país que lo requiera, incluyendo la frontera y las provincias.

»El verdadero problema es que Tyrnium nos dejó en una muy mala posición en esta guerra, y si seguimos así, estaremos próximos a perderla. Con esta redistribución planeo poder defender el frente fyrtano mientras atacamos El Puerto.

—Tu problema es el río Varkhûn. Los fyrtanos no han entrado por el Altheryn, lo han hecho por el río.

—Tienes razón, y ya me encargué de eso —Surghen se sentó en el trono, mientras los miembros del consejo de Lorem se acomodaban en las sillas dispuestas para los juramentos—. Actualmente, es el capitán Taelon quien tiene a Tharwen bajo su mando. Los fyrtanos ya no pueden usar ese puerto.

»Antes de continuar con la guerra, debo asegurarme de que mis aliados mantengan firme su lealtad.

—¿No cree que debe ser Tyrnium Valdyran quien haga esto, Comandante? —intervino Vaereth.

—Lorem, pasa al frente —Surghen no le hizo el más mínimo caso al hombre—. Júrame lealtad.

Lorem se hincó, apoyó un brazo en su rodilla, agachó la cabeza y pronunció sus palabras.

—Desde ahora, Lord Lorem Valtrakar, Comandante Supremo de las hostes drakarianas y Señor de Arvenmar.

El Rey retiró la espada de los hombros de Lorem. El ahora comandante se levantó y se volvió a sentar.

—Qué estupidez —dijo Vaereth de manera altanera—. Solo el Rey Tyrnium puede nombrar a alguien Lord. ¡¿Dónde está Su Alteza Tyrnium?!

—Encerrado en el Kharthûr —dijo Surghen con desdén—. Es un traidor miserable.

—¡¿Traición?! ¡Es el maldito Rey!

—Ya no —Surghen soltó una risita.

—¡No tienes derecho! —Vaereth se levantó de la silla—. ¡¿Con qué derecho te proclamas rey?! Si no es Tyrnium Valdyran, entonces será el príncipe Argon.

Surghen caminó tranquilamente hasta donde se encontraba Vaereth y le soltó una bofetada con la empuñadura de la espada. Unos cuantos dientes cayeron y la nariz se rompió. Vaereth cayó al suelo.

Surghen apuntó el filo de su espada hacia el cuello de Vaereth.

—Otro insulto más… y ya no te podrás levantar.

»¡QUIÉN VUELVA A HABLAR DE TYRNIUM COMO REY VIGENTE —se dirigió a todos— SERÁ TORTURADO Y EJECUTADO POR TRAICIÓN. Y QUIÉN NO ME JURE LEALTAD… TAMBIÉN LO SERÁ!

Surghen se volvió a sentar en el trono. Respiró profundo y siguió con los nombramientos. El ambiente se tensó. No había un solo ruido dentro o fuera del castillo.

Cuando todo terminó, Surghen mandó a su escudera a buscar a Selthar. Al llegar al castillo, el capitán atendió las heridas de Vaereth, quien se resistió con furia y se retiró a la habitación que le habían asignado, con una mano en la nariz deteniendo la hemorragia. «Son simples palabras», pensó.

En los siguientes días, el Consejo de Guerra comenzó a trabajar en la redistribución militar, a la vez que aumentaban la comunicación con los guardias de la puerta este, con el objetivo de vigilar al ejército bravetiano.

Mientras tanto, Vaelric estableció guardias y escoltas para vigilar a cada uno de los miembros del consejo de Lorem.

Eran guardias sutiles, de apenas dos soldados, pero suficientes para mantenerlo informado a él y a Surghen.

Al mismo tiempo, el Rey les prohibió a todos ingresar al Kharthûr y mantuvo una guardia leal ante sus puertas.

Enviaron pájaros a todas las ciudades y provincias de Drakareth. Todos llevaban el mismo mensaje. Surghen ordenó reabrir el espacio de mensajería y no detener el envío de aves ni de tropas.

Se completó la legión de la frontera, comandada por el capitán Varnek Dürhaleth.

Otro ejército fue enviado a Dorlak bajo el mando de Saerun Malkhâr para completar su legión.

Odran Velkhûr lideró el contingente que marchó hacia Kaelrith.

Las tropas que habían apoyado desde Zarn-Korveth fueron reingresadas a su ciudad de origen.

Se reforzó Velgorad con nuevos soldados bajo el mando de Vaerdrek Kulnarth. Los soldados fueron devueltos a Thun’Zakar, mientras que otra legión recobraba el control de Nur’Dan, liderada por el capitán Harthûn Drevak.

Además, los cadetes recién graduados fueron asignados con urgencia al ejército capitalino.

***

El que hasta hace un mes era príncipe y heredero al Trono del Colmillo Eterno se encontraba ahora en prisión, junto con los antiguos reyes.

El olor de los excrementos por la letrina —en una esquina de la celda y sin separación— se fusionaba con la precariedad del lugar y la humedad que conllevaba, haciéndose más denso con el pasar de las horas.

El general Kaelen Virelth les había ordenado que limpiaran y vaciaran la letrina una vez cada semana, o por lo menos cada quince días.

Aquella orden se quedó grabada en la mente de los reyes que, aunque durante los primeros días hicieron reclamos, obedecieron obligados por los olores y las enfermedades a tal punto que, en ese momento, ya se había hecho un acto rutinario.

En la prisión no había un solo ruido, y tampoco podían observar que algo cambiase.

Los días se habían vuelto monótonos, oscuros y asquerosos.

El único cambio que Argon había logrado percibir era el de los guardias, aproximadamente cada doce horas…

o cada dieciocho. Estaba totalmente insonorizado.

El Kharthûr era famoso entre las prisiones por sumir en la locura hasta al más recto de los prisioneros.

Para Argon, fue una suerte que lo encerraran acompañado.

Desde una ventana, a un costado de la puerta, alcanzaba a ver la celda de enfrente, donde estaba metida la comandante Lethira Vaelwyn.

«A ella sí le tocó la peor de las suertes —se compadeció—.

Hubiera sido más humano que la hubieran matado».

La mujer no despegaba su rostro de la ventana, y observaba fijamente al príncipe con una gran y perturbadora sonrisa.

Los ojos los tenía desorientados, y el pelo sucio y enmarañado.

El príncipe se mantenía cuerdo únicamente por hablar con sus padres; aunque no le respondían, le bastaba con eso, a diferencia de los reyes que, con cada día que pasaba, mostraban cada vez más rasgos de demencia y locura.

La puerta era bastante gruesa, hecha de acero y reforzada con basalto. Tenía una pequeña compuerta de unas pocas pulgadas, la cual solamente se abría desde el exterior, y otra más grande por donde alimentaban a los reos.

El interior de la celda era simple y hostil. Las paredes eran de basalto, totalmente alisadas, sin ningún tipo de iluminación, a excepción de los pequeños haces de luz de las antorchas que entraban por las gruesas ventanas.

El grosor de la prisión y la falta de ruido —tanto físico como auditivo— hacían que la permanencia de Argon en La Prisión fuese un total suplicio, presidido por el constante pitido de aturdimiento.

Argon soñaba constantemente con lo que pudo haber sido su vida estando fuera de aquellas paredes.

En sus sueños, se veía a sí mismo vestido con ropajes de rey, acompañado por una mujer y tres niños que…

no se les alcanzaba a ver el rostro. Se veía entrando al interior del Castillo Magno, sentado en el Trono del Colmillo Eterno y disfrutando de un gran banquete, donde también lo acompañaban sus padres ya retirados.

Se veía entrando a la oscuridad del Kharthûr, caminando hasta la celda más apartada, y observando, gozoso, el sufrimiento de un Surghen encadenado.

También se veía cuando era niño, jugando con su hermano adoptado, mientras su madre los observaba desde la sombra del Castillo.

Cuando Argon abrió los ojos, se encontró nuevamente dentro de las paredes del Kharthûr.

Su decepción fue tal, que las lágrimas corrieron por sus mejillas y comenzó a llorar silenciosamente.

«Ese trono le pertenece a mi familia, y debo ser yo quien esté sentado en él», pensó, una vez que la tristeza hubo pasado.

Uno de los guardias que cuidaban su celda abrió la pequeña puerta corrediza y le informó de todo lo que estaba sucediendo en la ciudad.

La mayoría eran rumores. Le dijo que se habían comenzado a formar grupos rebeldes contra el Rey y su «amante».

Que, al enterarse de que Argon estaba vivo, exigían violentamente su liberación y la dimisión de Surghen a la Corona.

Protestaban día y noche, anhelando el regreso de la familia Valdyran al trono de Drakareth.

Se decía que Surghen no los atendía ni les daba la más mínima importancia.

Muchos afirmaban que se había encerrado en el Castillo Magno, olvidándose de la gente «verdaderamente honrada».

Corrían rumores sobre enfrentamientos armados entre la Guardia Capitalina y los marginados.

Se hablaba de la quema de estandartes del dragón encadenado y del cisne negro de la amante del Rey.

Algunos balbuceaban sobre el trabajo constante en forjas clandestinas y la vandalización de recintos y comercios importantes para el Rey y su casa.

Otros —menos creíbles— hablaban sobre la supuesta muerte de Surghen y de una batalla intestina entre Lorem y Kaelen por la sucesión del trono.

Pero el rumor que más sonaba era que mucha gente, leal al apellido Valdyran, se había comenzado a reunir en distintos puntos de la ciudad para tomar, de una vez por todas, el trono del Varkhalion.

—Todo lo que le he dicho son simples rumores, y las personas han comenzado a olvidar —dijo su carcelero—. En los barrios marginales hay confrontaciones entre personas, pero ni el Rey o su guardia hacen algo por tratar de controlarlas.

—No falta mucho para que haya una revolución —dijo Argon, orgulloso—. ¿Los leales a mí, ya se han reunido?

—No lo sé. Nadie los ha visto. Con cada noche que pasa, cada vez más gente muere por abusos de los soldados, y estos "insurgentes" no han aparecido —su carcelero se separó un momento y golpeó varias veces la celda de Lety, la cual, estaba rascando el metal—.

Sin embargo, los trabajos en forjas y la fabricación de armas continúan sin descanso.

Tal como dicen los rumores, el gobierno no está interesado, sino, ya hubiera cortado el suministro.

—Encuentra a los insurgentes y dales este mensaje —Argon se levantó y se pegó a la puerta—: que planeen una revolución, que planeen la caída y muerte de Dürhavel.

Cuando sea el momento, el Rey, Argon Valdyran, se reunirá con ellos —el guardia asintió y cerró la pequeña compuerta antes de retirarse por el cambio de guardia.