Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 26. LA CORONA MUERTA
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CAPÍTULO 26. LA CORONA MUERTA

Las olas chocaban una y otra vez en la playa, hacían un golpeteo rítmico y la brisa del mar alcanzaba a llegar a la ciudad.

Aunque eran tiempos de guerra, la ciudad lucía tranquila; no obstante, era cuestión de tiempo para que Arvenmar cayera y la vida de Lorem Valtrakar se apagase.

No lograba comprender cómo los velmyrianos no lo habían confrontado todavía, pero lo sabía.

Sabía que en alguna ciudad los velmyrianos se estaban reuniendo para lograr tomar la ciudad que Lorem había conseguido.

Por eso los tenían bloqueados. La flota velmyriana ya había llegado al Mar de Elarion, aunque no habían destruido la flota drakariana. Ya no era viable la vuelta a casa.

El general se encontraba en la cima de la torre de su habitación, visualizando el mar.

Era una calma extraña; lograba percibir el aroma de la sal y de la arena de la playa.

Lorem estaba recargado sobre su mandoble Varkhûn , absorto en sus pensamientos, dándole vueltas a la inminente invasión velmyriana que se avecinaba.

Vestía su armadura gris de hierro oscurecido, con bordes cuadrangulares y pequeñas salientes puntiagudas en la coraza y en los pantalones. Llevaba una capa tinta, sujetada al cuello, con bordes de oro y el dragón rúnico en su centro.

Rhaelven Dûrkan llegó con él y le entregó una carta de la capital. El escudero era un joven de dieciséis años, algo tímido, de cabello castaño largo que llegaba hasta las cejas, y con ojos de color gris penetrantes. Era leal a la Corona, pero más que a la Corona, le era leal a Lorem.

—Mi señor —dijo a los oídos del general—. Disculpe, le ha llegado una carta de la capital.

Lorem parpadeó un par de veces antes de dirigirse a su escudero. Le entregó su espada y recibió la carta. El escudero se colgó el arma en la espalda y bajó la escalera de mano que había en ese cuarto. El general volvió a vislumbrar el infinito azul del mar y abrió la carta.

Desde Kaer'Durnath hasta Arvenmar.

Estas últimas semanas hubo una sucesión de monarcas. Tyrnium Valdyran y su familia han sido arrestados por alta traición contra la Madre Patria y su población.

El que antes era Comandante, ahora es Rey. La ciudad ahora vive bajo las alas del dragón encadenado. Se le ordena al General Supremo Lorem Valtrakar mantener el frente de guerra, pero regresar a Kaer'Durnath para la redistribución de tropas.

Firma Lady Neryss Alvareth. Comandante del Juramento Silente.

Lorem no esbozó expresión alguna. No tenía ninguna prisa por aquella audiencia; perfectamente la podría hacer al día siguiente.

«De todos modos, estoy al otro lado del mundo», pensó. Posiblemente se tardaría un mes o más en llegar.

—Rhaelven —llamó. El escudero se asomó desde la habitación de Lorem—. Junta al consejo para mañana a primera hora.

—Claro, mi señor —respondió el chico antes de retirarse de ahí.

Lorem volvió a dirigir la mirada hacia la playa.

Vio cómo un barco velmyriano comenzaba a dar vueltas en círculos, vigilando esa fracción de la costa.

El sol comenzó a ocultarse, y sus rayos de luz dejaron ver las corrientes marinas y sus animales.

El general parpadeó. Podría quedarse una eternidad observando aquello, pero tenía trabajo que hacer.

Enrolló la carta de nuevo, bajó hasta su habitación, se desvistió y se durmió.

Al día siguiente, Lorem se despertó antes del alba.

Se lavó la cara en la pila de agua, se vistió con un jubón ocre liso y bajó hasta la Sala de Guerra.

Conforme fue amaneciendo, fue llegando su consejo, junto con algunos traidores velmyrianos.

Se sentaron alrededor de una mesa central ovalada, mientras que el general ocupó la cabecera.

Cuando Rhaelven entró y cerró la puerta de la sala, Lorem comenzó aquella audiencia leyendo la carta.

—Bien —dijo el general al finalizar—. ¿Qué sugieren que hagamos?

—Hay que obedecer —propuso Tharvek Durnhal, un capitán de amplia experiencia en diversas campañas antiguas sucedidas en el norte de Drakareth—. Si ya hay un nuevo rey, hay que hacer lo que nos diga.

—Alguien se deberá quedar en la ciudad para mantener el frente —dijo Maeryn Vaelroth, la antigua escudera de un lord fallecido, ahora convertida en lancera.

—No es necesario —estableció Tharvek—. Estamos teniendo problemas para mantener el frente; sugiero que rindamos la ciudad y nos retiremos.

—No —le espetó Eleran Vorthrak, quien era un antiguo compañero de Lorem mientras estuvieron en el Bastión, ahora era un general subordinado, sin mucha experiencia real en el frente de guerra.

—¿No? ¿Por qué no? —inquirió Tharvek.

—En este momento, nuestra rendición ya no es opción —respondió Erelan—. Cada vez más fyrtanos y velmyrianos se reúnen en el interior de Vel'Anareth y se preparan para marchar contra estos muros. Además, el Rey nos ordenó EXPLÍCITAMENTE que mantengamos el frente.

—Entonces, hay que enviar un cuervo a la capital, informando que no podemos abandonar el frente, que ya de por sí está muy mermado —sugirió Darak Thûnveil, un arquero de mente excéntrica.

—No podemos hacer eso tampoco —intervino Vaereth Il'Dranor, un antiguo soldado que ya estaba cerca del retiro, pero en aquella campaña Lorem lo había designado como un empresario de funciones internas—. Estamos en una encrucijada. No sabemos qué nos pueda hacer este nuevo rey si lo desobedecemos.

—No es nuevo —aclaró Lorem—. El rey es el Comandante Dürhavel.

—¡¿Qué hizo con Su Alteza Tyrnium?! —gritó Tharvek.

—Está en prisión, pero no me sorprendería que, para este punto, esté muerto —dijo Lorem sin ningún atisbo de emoción—. La carta dice que fue arrestado por alta traición.

—Qué estupidez —susurró Vaereth.

—¿El Comandante Dürhavel lo arrestó? —preguntó Tharvek, todavía molesto por la noticia.

—Quién sabe —respondió el general con frialdad.

—Hace tiempo llegó un cuervo diciendo que hubo una invasión fyrtana en la capital —intervino Maeryn—. Dicen que fue el comandante Dürhavel quien arrestó a los fyrtanos.

—¡Eso no responde mi pregunta! —gritó Tharvek.

—¡Es muy posible que los fyrtanos hayan metido al rey Tyrnium a prisión! —explotó también Maeryn.

—¿Y entonces, por qué no lo libera? —preguntó a gritos Tharvek.

—No lo sé —admitió Maeryn.

—Quien tiene la corona de Drakareth ya no es Tyrnium Valdyran, sino el Comandante Dürhavel —Lorem se entrometió en la discusión para relajar a sus soldados—. Si le interesa, entonces lo liberará.

—No... Oh no... —se rio Tharvek—. Lo que hay que hacer es enviar un cuervo, que liberen a Su Alteza Tyrnium y encierren al comandante Dürhavel en el Kharthûr.

—El Rey nos ordena que regresemos —dijo Lorem con calma—. Al menos nosotros.

—¡EL REY ESTÁ PRESO! —Tharvek se levantó con un golpe en la mesa.

—Bien —estableció Lorem—. Regresemos a la capital, investiguemos el arresto de Tyrnium y luego solicitamos su liberación, ¿te parece?

Tharvek aceptó a regañadientes.

—¿Cómo nos regresaremos? —preguntó Erelan—. La flota velmyriana controla el Mar de Elarion.

—Podemos salir de noche. Preferentemente en luna nueva—propuso Maeryn—. Sin antorchas, sin luz. Partimos de la playa en una sola galera. Con remos llegaríamos en seis días al Karneth; a partir de ahí, estaremos más seguros.

—¿Eres estúpida? —Erelan la insultó—. ¡Hay una puta flota de velmyrianos vigilando nuestras naves!

—Por eso digo de salir en luna nueva —repitió Maeryn irónicamente—. Sin luna, no nos podrán ver, y si navegamos rápido, para cuando amanezca estaremos muchas leguas mar adentro.

—Señores, tranquilícense —ordenó Lorem—. Debemos decidir quién regresará y quién mantendrá el frente. Iremos en dos tandas: primero, se quedará Tharvek cuidando el frente mientras nosotros estemos allá. Para nuestro regreso, Tharvek irá a Drakareth. Le diré especialmente al Rey nuestra estrategia.

Nadie dijo nada. Hubo algunos carraspeos y tosidos por parte de los nobles velmyrianos, pero los drakarianos no dijeron una palabra, con lo que, a percepción del general, dieron la aprobación del plan.

—Entonces, está decidido —Lorem cerró aquella audiencia—. Se pueden retirar.

Uno a uno, todos los ahí presentes se fueron levantando, inexpresivos. Mudos. Poco a poco, la Sala de Guerra se fue diluyendo con la salida del consejo. Tharvek estaba consternado y arrepentido.

«Nunca debí haber venido —pensó—. Pero ya estoy aquí, y si regreso, será muerto, y no para jurarle lealtad a un usurpador». Lo que el general dijo le dio la oportunidad de hacerse pacíficamente con la ciudad, pero debía ser paciente, debía esperar a la partida del Consejo.

Cuando cayó la noche de la luna nueva, tres jornadas después, Lorem y los miembros de su consejo ya se encontraban en el bosque costero, vigilando —detrás de los árboles— el bloqueo velmyriano.

El silencio era absoluto; no había ruido alguno más que el crepitar de las hojas por el viento y el golpeteo constante de las olas con la arena.

Cuando un barco, iluminado por infinidad de farolas, dio vuelta, fue el momento preciso para que el consejo empujara la galera más pequeña y emprendiera su silencioso viaje, acompañado por un grupo de veinte remeros.

Tharvek observaba la escena desde lo alto de su habitación, oculto entre las sombras del tejado. Esbozó una sonrisa malévola y, tras asegurarse de que el consejo no podía verlo, regresó al interior del castillo.

En el patio principal, Tharvek izó las banderas. Primero, la torre pálida sobre el fondo azul grisáceo de su linaje. Después, el dragón rúnico de Valdyran.

Ahora él era el castellano de Arvenmar.