Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 25. EL FUEGO DE LA AURORA #3
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CAPÍTULO 25. EL FUEGO DE LA AURORA #3

La caravana de Naeryn apenas había llegado a Kaer'Durnath aquella mañana, y se mantenía a la espera de que los guardias abrieran la puerta oeste.

El muro se veía imponente con sus veinte yardas de altura, mientras que los torreones alcanzaban las veintidós.

La puerta estaba hecha de madera oscura, recién barnizada y restaurada.

Al otro lado, se podía escuchar ruido. Naeryn pensó que se trataría de la cantidad de gente que había en la ciudad.

Los soldados de la caravana esperaban alguna pregunta o señal, pero no hubo nada.

Pasaron unos minutos hasta que abrieron las puertas y dejaron deslumbrar la magnífica ciudad capital.

Los soldados golpearon a los caballos, que reanudaron su marcha hacia el centro, hacia el corazón de la ciudad: el Varkhalion.

Los adoquines de la calzada estaban limpios, los comercios rebosaban de gente, y más personas cruzaban rápidamente de un lado a otro, dejando el espacio suficiente para que pasaran los cuarenta soldados que acompañaban a la chica.

El Varkhalion era todavía más impresionante que la muralla exterior.

El Castillo Magno se alcanzaba a ver desde una milla atrás, erigido sobre un volcán extinto que, según decían las leyendas, era el nido de los antiguos dragones.

Cuando abrieron la puerta, el Rey, su escudera y un soldado los estaban esperando quietos.

La caravana de Naeryn se detuvo ante el encuentro del Rey. Velrik abrió la puerta del carromato de Naeryn, quien bajó cuidadosamente y caminó lentamente hacia Surghen. «Es la mujer de mi sueño», pensó Nelysia.

Surghen abrazó a la mujer y le dio un beso.

—Bienvenida a casa, Naeryn —dijo el monarca—. He preparado un banquete por tu llegada. Que tu guardia se quede también. Ha llegado una fracción de la corte de Kaelrith para celebrar.

Naeryn asintió ligeramente y le dirigió una rápida mirada a Nelysia, acompañada por una sonrisa.

—¡Mi señor! —gritó Velrik, todavía sobre su montura—. Tengo un aviso importante de Lord Tharven.

Surghen hizo un ademán con la mano, y Velrik los alcanzó a caballo.

—Lord Tharven solicita tropas para Dorlak —prosiguió Velrik—. Menciona que tiene menos de cuatro cohortes.

Surghen asintió.

—Nelysia, envía un cuervo a Dorlak —ordenó—. Esta misma semana le entregaremos tropas.

La chica asintió y se adelantó.

Cuando entraron al Castillo Magno, los sirvientes corrían a toda prisa entre distintos salones, mientras seguían preparando la fiesta de aquella noche.

Llevaban bandejas de plata rebosantes de comida y pequeños carros con distintas selecciones de vino; algunos escoltaban al trovador, y muchos otros escoltaban a los recién llegados de Kaelrith y a la guardia de Dorlak.

Un sirviente llegó con una bandera roja enrollada sobre dos palos de madera, y se la mostró a Surghen. Este asintió con la cabeza.

El banquete de aquella noche se hizo en la Sala Mayor. En los tres asientos principales se sentaron Surghen, Naeryn y Nelysia; mientras que en los contiguos estuvo la escuadra del Rey. A partir de ahí se fueron colocando los visitantes de Kaelrith y, al final, los visitantes de Dorlak.

Otro sirviente llegó con Surghen con un plato que contenía un fragmento de pavo real y aceitunas por un lado, y pan tostado y un plato con lentejas por el otro. Mientras tanto, otro llegó con una botella de vino dulce añejado y rellenó la copa de él y de Naeryn.

La fiesta se extendió bien entrada la noche. Al finalizar, Naeryn se retiró de la mesa junto con Nelysia hacia un jardín detrás del Castillo, mientras que Surghen se levantó y se fue directamente a dormir, agotado por el cansancio y borracho por el alcohol.

Al día siguiente, cuando Surghen se levantó, se vistió de jubón dorado y capa púrpura.

Le había pedido a Nelysia que mandara a llamar a su escuadra.

Surghen se sentó en el Trono del Colmillo Eterno y esperó pacientemente hasta que, uno a uno, su escuadrón llegó y se presentó ante él.

Más tarde, Naeryn lo alcanzó con las ropas reales que le pertenecían a la reina, se sentó en la silla de honor y se dispuso a escuchar los nombramientos.

—Los he mandado a llamar tan temprano para reconocerlos —dijo Surghen—. Para reconocer sus actos como mi escuadra en la frontera y más allá. —Se levantó—. Ustedes, ahora, conformarán el nuevo Consejo de Guerra Imperial.

Ninguno de la escuadra se levantó, pero sus rostros habían cambiado notablemente por la noticia.

—Kaelen, levántate —prosiguió el Rey.

Kaelen caminó hasta él y se hincó sobre la rodilla derecha.

—Desde ahora, Lord Kaelen Virelth, General Supremo de las hostes drakarianas.

Le colocó el filo de la espada en cada hombro antes de que Kaelen se levantase.

Llamó a Neryss, quien también se hincó y sintió el frío metal sobre sus hombros.

—Desde ahora, Lady Neryss Alvareth, Comandante del Juramento Silente.

Fue repitiendo la misma frase conforme llamaba a uno nuevo.

Naeryn lo alcanzó casi al final de aquella pequeña ceremonia.

Estaba vestida con un leotardo verde oliva y llevaba un recubrimiento de piel de oso colgado en los hombros.

Surghen estaba nombrando a Vaelric cuando Naeryn se sentó a la derecha del Rey.

—Desde ahora, Lord Vaelric Durnharn, Comandante de la Guardia Capitalina.

»En la guerra —se dirigió a todos—, ustedes ya no están bajo mi mando, sino que son mis iguales. A partir de ahora, tendrán la independencia necesaria para llevar a cabo la labor que les he encomendado.