CAPÍTULO 25. EL FUEGO DE LA AURORA #2
El guardia del lugar hizo sonar el cuerno y anunció la llegada del incipiente monarca y senescal.
Al instante, cientos de novicios —vestidos con túnicas de lana áspera, de tono ceniza claro, sin blasones ni bordados, con la cabeza cubierta por una capucha puntiaguda y un pequeño listón rojo sujeto a la cintura — se reunieron en la plaza y aguardaron mientras Surghen se sentaba en el asiento central.
—Mi señor —lo increpó uno de los tutores—, los nombramientos son en el alba del año, no a mediados.
Surghen no contestó. Llevó su dedo a la boca, ordenando silencio, y luego su mano a la empuñadura de la espada.
El Rey se recargó sobre el asiento y paseó la mirada varias veces —con desdén— por los rostros de los estudiantes, los cuales, tétricamente, lo miraban sin despegar la vista. No hablaban ni articulaban gesto alguno. Surghen se levantó y se paró a una yarda de los novicios.
—La Kaer'Durnath que conocían, gobernada por la familia Valdyran, ya no existe —dijo con solemnidad, incluso orgulloso—. Su reino fue débil, al igual que su clero y su administración.
—Señor, las elecciones del patriarca las decide el cónclave —lo interrumpió el tutor.
Surghen se acercó lentamente a él, lo agarró por el cuello y acercó su rostro a su boca.
—La próxima vez que me vuelvas a interrumpir, estarás mutilado afuera del Kharthûr —esbozó una sonrisa y le dio unos ligeros golpes en el cuello antes de regresar con los novicios.
—Un nuevo país se ha alzado bajo el ala del dragón encadenado, y a quien hoy nombre, vivirá como patriarca también bajo su sombra —concluyó Surghen.
Ninguno de los novicios hizo gesto alguno. Muchos eran conservadores y mantenían secretamente su lealtad a los antiguos Reyes, sin embargo, otros profesaban una devoción singular por Surghen y su estandarte.
El Rey se volvió a sentar, apoyó su cabeza sobre el puño y observó fijamente a cada uno de los presentes, buscando algo, escudriñando sus lealtades, indagando fisuras en sus voluntades.
Pasaron unos minutos. Se levantó, desenvainó la espada y señaló a un joven escondido entre los grupos.
—¡Tú! ¿Cuál es tu nombre? —preguntó al joven.
—Vekhar Sul'Zareth —tartamudeó el joven de temor. Era alguien de educación avanzada, alcanzando los veinticinco años, alguien genuinamente leal a Surghen.
Surghen no dijo nada más. Solo hizo un ademán con la mano y se volvió a sentar.
Sul'Zareth se acercó lentamente, atravesando a sus compañeros. Poco a poco, su expresión fue cambiando. Aunque seguía teniendo miedo, ya no lo demostraba. El corazón le comenzó a palpitar cada vez más rápido por la emoción de ser nombrado patriarca.
Al llegar al encuentro del Rey, éste lo miró con una mirada venenosa. Al mismo tiempo, el tutor se acercaba con una túnica tinta doblada sobre un perchero hecho con madera de cerezo. Tenía un único blasón: un fuego cuyas llamas apuntaban hacia el suelo, bordado en sangrezafiro.
—Júrame lealtad —ordenó Surghen, a punto de gritar.
Sul'Zareth se postró a sus pies, sobre sus rodillas y con el rostro en el áspero adoquín que ahí había.
—Mi más completa lealtad —comenzó a decir—, al Monarca Surghen Dürhavel, castellano de Kaer'Durnath y Rey de Drakareth. Que las brasas de su fuego eterno me abracen en caso de romper este juramento.
Cuando el novicio terminó, tenía lágrimas en los ojos.
Surghen envainó nuevamente la espada, se agachó con él y lo agarró por los dos hombros.
—Levántate entonces, patriarca.
No hubo un solo aplauso. El ahora patriarca no volvió la mirada hacia quienes fueron sus compañeros, solamente volteó hacia su tutor, tomó sus nuevas vestiduras y se envolvió en la roja túnica. Surghen no esperó mucho más: salió de la abadía, escoltado por su patriarca.
Al regresar al Castillo Magno, Surghen se acercó a una sirvienta y le ordenó limpiar y vestir a Nelysia para la llegada de Naeryn, mientras la escudera guiaba a Sul'Zareth a su nueva residencia.
***
Hacía solamente un día que Surghen le había asignado una pequeña habitación a su escudera.
Cuando Nelysia regresó a la Sala del Trono, no vio a Surghen, y Kaelen, quien estaba ahí esperando, no le supo dar una respuesta.
«Tiempo libre, supongo», pensó la niña con una sonrisa en el rostro.
Cuando subió a su habitación, se sorprendió de ver a tres sirvientas de Surghen en su cuarto. La estaban esperando.
En cuanto la escudera entró a su habitación, las sirvientas llenaron una bañera con agua prácticamente hirviendo y se llevaron a Nelysia.
La desvistieron y la sumergieron en el agua.
La niña intentó entrar al agua de una manera tranquila, tratándose de acostumbrar al calor, pero las sirvientas la metieron bruscamente, ocasionando que la chica se quemara ligeramente el torso y los muslos.
Una de las sirvientas abrió el armario de la niña y sacó un vestido de seda azul con bordes rojos, mientras que las otras dos sirvientas tallaban fuertemente el pecho y el cabello de la niña, el cual estaba muy deshecho por su tiempo como indigente.
—Ay, mi niña —dijo una de las sirvientas mientras tomaba un poco de jabón y se lo vertía en el rostro—. Durarás bastante tiempo en el agua.
—¡Déjenme! —chilló Nelysia—. ¡¿Quién les dijo que hicieran esto?!
—Órdenes de Su Alteza —respondió la otra—. Nos ordenó que estuvieses lista para el banquete de esta noche.
«¡De todos modos, déjenme sola! ¡ME PUEDO ASEAR YO SOLA!».
La escudera ya no se atrevió a reclamar ante aquellas señoras. No le quedó de otra más que cerrar los ojos, y, a la espera de que las señoras terminasen, se quedó dormida, sintiendo plácidamente, ahora sí, el calor del agua.
Soñó con ella misma. Estaba vestida con un vestido de seda verde, sentada en una cama y acompañada por otra mujer que desconocía, pero cuyo rostro se sentía especialmente familiar y amoroso.
Hacia enfrente, en dirección a la ventana, un animal de cuello largo, hocico puntiagudo, alas grandes, patas fuertes y una gran cola sobrevolaba la habitación.
Ante su regazo, había un bebé arropado en pañales que golpeaba eufóricamente las piernas de la chica mientras reía.
«Mi niña, este vestido te quedará hermoso», escuchó a la extraña mujer decir. ¿O fue a las sirvientas?
Nelysia se despertó. Seguía en la bañera y el pelo ondulado le caía hasta los hombros. Sacó una mano del agua y la observó mientras la flexionaba. La chica seguía absorta en sus pensamientos.
—Este vestido le quedará precioso. —Las risas de las sirvientas, tras la puerta, la despertaron de su trance—. Cada noble querrá que sea doncella de sus señoras.
No pasó ni un minuto cuando una sirvienta se acercó con una toalla y la extendió.
Nelysia se levantó, entumecida, y se cobijó en esta.
Caminó con paso firme hasta su habitación, donde una segunda sirvienta le perfumó todo el cuerpo y le colocó el vestido.
Lo extendieron bien por sus piernas, torso y brazos.
Amarraron su cabello con una cuerda de lino y le espolvorearon un poco de polvo de amapola para resaltarle los pómulos.
—Ay, mi niña —dijo una sirvienta—. Pareces toda una princesa.
Terminaron por colgarle un cinturón de cuero negro, adornado con diamantes y un puñal colgado en la cintura.
La escudera bajó las escaleras hasta la Sala del Trono, donde se encontraban ya el Rey y Kaelen, hablando de algo que Nelysia no alcanzó a escuchar.
Cuando Surghen la miró, quedó satisfecho con el trabajo de sus criadas.
Agarró a su pequeña escudera por un hombro y salieron, junto a Kaelen, a la puerta oeste del Varkhalion.
***