CAPÍTULO 25. EL FUEGO DE LA AURORA
Naeryn bajó las escaleras de su casa hasta encontrarse con su sirvienta. Velrik Anhal, como siempre, se encontraba afuera, vigilando la calle. La chica nunca supo por qué; «quizá fueron órdenes de Surghen», pensó.
Al sentarse a la mesa, su sirvienta le sirvió pastel de carne, sopa de ajo con ajonjolí y pan tostado. Mientras comía, el guardia entró.
—Mi señora —dijo con alegría—, le ha llegado un nuevo mensaje. —El muchacho le entregó un papel, hizo una leve reverencia y salió nuevamente de la casa.
—Velrik —dijo la mujer sin despegar los ojos del sello de cera de la carta—. Acompáñame a comer. —Hizo un ademán a la sirvienta, la cual sirvió un segundo plato con comida.
—Gracias, mi señora.
El guardia se despojó de su escudo y de su lanza, las cuales dejó en una canasta cerca de la puerta. Se quitó los guantes metálicos y se sentó a la mesa, frente a la mujer.
Naeryn tomó un nuevo bocado, aun sin despegar los ojos de la carta. Tomó un cuchillo delgado y rajó por la mitad el sello de cera. Lo extendió y comenzó a leerlo.
Desde Kaer'Durnath hasta Dorlak
¿Recuerdas lo que te dije en la prisión? «El que te torturaba ya no está. No volverá...». Bien. Aquellas palabras ya no son una simple promesa, sino que ahora, los hechos me respaldan.
Drakareth ya no le pertenece a la familia Valdyran, y el Varkhalion ya no es su fuerte. Su apellido ha muerto junto con el apoyo de su gente; su bandera ya no ondea, y su reino se desmorona. Esta ciudad ahora nos pertenece. Este país ahora nos pertenece.
Lo que te sucedió fue parte de una guerra interna en este país, misma que acabo de concluir.
Tu lugar, ahora, es en la capital, sentada ante el Trono del Colmillo Eterno. Le diré a Lord Tharven que te proporcione una guardia para que vengas.
Firma Surghen Dürhavel. Castellano de Kaer’Durnath y Rey de Drakareth.
«Así que después de todo ya es monarca», pensó la chica.
Aquella noticia le provocó un profundo éxtasis, al mismo tiempo que el miedo que sentía en la prisión regresaba como un ligero remanente del pasado.
Se quedó unos minutos con la mirada fija en su comida y la mente perdida en sus recuerdos, hasta que Velrik la devolvió al presente con una suave sacudida en el hombro.
—Nira —llamó—. Te agradezco por tus servicios. Desde ahora, ya no serás mi sirvienta.
—¿Mi señora? ¿Qué está diciendo? —preguntó la sirvienta, incrédula.
—Saldré hoy a la capital —dijo con una ligera sonrisa en el rostro—. El Comandante me ha pedido que me mude allá.
—Mi señora —Nira se rio entre dientes—. Entonces yo debo ir con usted.
—No, Nira —respondió la chica con suavidad—. Como dije, ya no eres mi sirvienta. Ya no tienes ninguna responsabilidad hacia conmigo.
—Entonces, ¿qué quiere que le haga a esta casa? —preguntó, confundida.
—Lo que quieras —Naeryn se sentó nuevamente y terminó de comer—. Ahora tú eres la propietaria.
Nira solamente hizo una ligera reverencia por respeto y agradecimiento a Naeryn.
Cuando la chica terminó de comer, subió por última vez a su habitación, escoltada por Velrik.
Se vistió con un vestido celeste decorado con flores amarillas, se colocó un pequeño chaleco de cuero sobre éste, y se puso un delgado cinturón que tenía un pequeño puñal de obsidiana.
Velrik, por su parte, guardó las cosas de Naeryn y algunas de Surghen en varios cofres y unas alforjas de cuero, las cuales bajó hasta la calle y las subió a un pequeño carro que aguardaba por la chica.
—Velrik —dijo con dulzura—. Desde ahora, ya no serás mi guardia personal.
—De verdad le agradezco mucho, mi señora —Velrik tenía una sonrisa genuina en el rostro—. Pero también soy sirviente del Comandante, y como tal, debo regresar a la capital.
Naeryn aceptó aquella respuesta, un poco sorprendida, antes de subir al carro. Velrik subió después de ella, golpeó al caballo, y este comenzó a moverse.
El día era claro; el sol no era muy fuerte, pero tampoco había una sola nube. Una brisa de aire un poco frío comenzó a soplar desde el norte, anunciando el otoño próximo.
Al llegar al castillo principal, ya la estaban esperando Lord Tharven, junto con media centuria de soldados, mismos que Surghen había ordenado usar para escoltar a Naeryn.
Además, también había dos carromatos: uno donde guardaban la comida para los tres días, y otro donde Naeryn pasaría las noches del viaje.
En cuanto Velrik detuvo a su animal, los soldados tomaron las cosas y las trasladaron a uno de los carros. Naeryn se bajó y caminó hasta la presencia de Tharven.
—Dígale al Rey que Dorlak está muy necesitada de soldados.
Naeryn asintió con amabilidad, aunque, en el fondo, seguía sintiendo un profundo odio por lo que Tharven le había hecho en la prisión.
Teniendo aquello listo, su pequeña caravana partió ese mismo día hacia una capital que ahora le pertenecía a ella.
***
Surghen entró a la habitación de Tyrnium, cambió las sábanas y las mandó a quemar, borró los murales de las paredes, barnizó la madera de la base de la cama y cambió las telas de seda de ésta, reemplazó los cortinajes de las ventanas y modificó la distribución de los muebles.
Retiró el tapete de la familia Valdyran y lo quemó, y colocó en su lugar uno nuevo con su propio blasón, tal como dictaba la tradición.
Cuando las sirvientas terminaron de hacer el trabajo y salieron de la habitación, Surghen cerró la puerta, se quitó la armadura y se sumergió en una bañera de agua humeante.
Allí se quedó durante horas, con la rica sensación del agua enrojeciendo su piel y limpiando su cuerpo.
Cuando la luna se postró sobre su ventana, se levantó de la tina, se vistió con un jubón verde de mangas largas y un chaleco de cuero, colgó su espada en la cintura y salió hacia la Sala del Trono.
El dragón encadenado ya estaba ondeando en la ciudad, pero ese cambio aún no se reflejaba en las calles. Las noticias sobre el asedio que el ejército de Braveth mantenía sobre la ciudad comenzaban a dispersarse entre la población capitalina.
La guerra no había terminado. Surghen le dio más libertad a Kaelen, nombrándolo general de la Guardia Capitalina y Guardia Fronteriza, mientras acogía a Nelysia como su nueva escudera. Para cuando el Comandante se sentó en el trono, Nelysia lo alcanzó y le entregó una carta proveniente de Arvenmar.
Desde Arvenmar hasta Kaer'Durnath
Surghen, me sorprende que, después de tus OSADAS campañas en Fyrtim, sigas vivo.
Sé que quieres que esté en la capital; yo también me quiero regresar, pero no puedo.
La guerra en Velmyria se ha intensificado: no hemos podido salir de los muros de Arvenmar, y los velmyrianos tienen la ayuda de algunos fyrtanos sureños.
Espero terminar esta guerra en menos de un año y poder regresar vivo, pero por lo pronto no puedo. No puedo, siquiera, gastar recursos en enviar alguna escuadra de soldados. Estoy muy limitado de tropas, y el ejército de Ciryandor me vigila por mar y tierra.
Firma Lord Lorem Valtrakar, General Supremo de las hostes drakarianas y Castellano de Arvenmar.
Surghen no mostró alguna expresión, no tenía que mostrar nada ante aquella carta, pero de todos modos se alegró de que Lorem siguiera vivo y que mantuviera a raya a los velmyrianos.
«Qué pensará cuando regrese y sepa que soy rey», pensó Surghen.
No importaba, se vistió con una camisa de lana y pantalones de cuero, por encima se colocó su cota de malla y además terminó con su armadura negra.
En esta ocasión se colocó también una capa roja, con decoraciones de amatista en los bordes y su blasón bordado en sangrezafiro; se colgó su espada en el cinturón y salió de su habitación hasta la Sala del Trono, donde todavía tenía cosas que hacer.
Cuando llegó, las sirvientas seguían quitando los estandartes de Valdyran. Surghen se sentó en la silla de honor contigua a su futuro trono. Justamente llegó Kaelen en ese momento.
Surghen era cauteloso y no mostró ninguna expresión ante la carta. Cuando la terminó de leer, la enrolló de nuevo y se la entregó a su escudera. Kaelen saludó a Surghen con una reverencia.
—Dame buenas noticias —dijo el Rey con voz potente.
—Los crímenes se han reducido en el sector norte y oeste de la ciudad —informó Kaelen—. Vaelric envió más soldados al sector sur para controlar a algunos mugrientos que pululan por las calzadas, y Selthar y Raghor vigilan tanto la puerta este como sus alrededores.
»Cada vez más ciudadanos se retiran de la puerta este con sus pertenencias, y algunos se quedan en sus viviendas sin salir para nada. El terrateniente de Raghor informa que el índice de muertes por inanición está aumentando.
«Puta gente miedosa», pensó Surghen.
—¿Cuántos soldados tiene Raghor en ese sector?
—No más de tres centurias.
—Retira soldados del sector norte y envíalos al este. Arresten o fulminen a los rapaces y asesinos. Enviaré a los hombres de Neryss con comida para quienes se quedaron en sus casas.
Kaelen asintió y salió del castillo.
—A propósito, mi señor —dijo desde la puerta—. ¿Qué haremos con los fyrtanos y traidores de Nur'Dan?
—Le diré a Nelysia que envíe los pájaros necesarios a Thun'Zakar. Que ellos se encarguen.
Kaelen salió del castillo.
Surghen se levantó y se dirigió hasta la abadía de Thûn-Daeryn. Estaba pensando en nombrar un nuevo novicio tras la muerte del anterior patriarca. «Estas decisiones son del cónclave, pero ésta la haré yo».
Al llegar, vio un pasillo central que separaba dos edificios de gran tamaño, rebosantes de cuartos, salones, bibliotecas y salas. Al fondo del pasillo, una plaza circular escoltada por grandes pilares corintios sostenía la sombra, y al fondo, tres asientos de piedra presidían aquel recinto.