Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 24. EL DÍA DEL DRAGÓN ENCADENADO #2
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CAPÍTULO 24. EL DÍA DEL DRAGÓN ENCADENADO #2

Esas palabras comenzaron a mermar la lealtad de Kaelen, pero el escudero reprimió aquellos sentimientos muy profundo en su corazón.

Con aquel plan acordado, toda la escuadra subió a su montura y se quedó ahí, aparentando estar a la espera de alguna señal. Surghen caminó hasta el general Éxor Varnok, local de Dorlak, quien estaba al frente de la retaguardia del ejército.

—Mi escuadra y yo subiremos el muro y abriremos la puerta. Quédate a cargo de la entrada del ejército.

El general asintió.

Surghen y compañía se separaron del grupo central, dejando a Neryss en otro carromato y bajo la protección de una escuadra distinta.

La escuadra de Surghen se movió ágilmente hasta la muralla y levantó la escalera.

Uno por uno, los soldados comenzaron a subir.

Surghen fue el primero en llegar a la cima y mató al guardia que intentaba tirar la estructura.

Pronto llegaron los demás, y en pocos minutos tomaron el control de los dos torreones de la puerta.

Kaelen, Raghor y Selthar descendieron por ellos y comenzaron a abrir la entrada, mientras Surghen y Vaelric hacían guardia para evitar cualquier interrupción.

Las pesadas maderas comenzaron a abrirse, y el ejército de Dorlak entró a la ciudad.

La escuadra de Surghen volvió a subir hasta la cima de la muralla y la recorrió de izquierda a derecha.

Al Comandante le parecía impresionante cómo, en tan poco tiempo que llevaba la guerra, la Legión de Kaer'Durnath se había debilitado por completo, algo evidente por los pocos guardias que quedaban para resguardar la muralla.

Al llegar a la puerta norte, notaron una cantidad descomunal de soldados provenientes de Zarn-Korveth. Un sentimiento de tranquilidad entró en Surghen al ver que aquellos soldados ondeaban el blasón del dragón encadenado, junto con algunos estandartes menores.

Rápida y coordinadamente, se lograron hacer con el control de las torres de la puerta norte, las abrieron y el contingente de Zarn- Korveth inició lentamente su entrada.

Los fyrtanos que quedaban en los exteriores de la ciudad, buscando a los insurrectos restantes, se replegaron bajo la sombra del Varkhalion o le dieron fin a su vida.

Para el momento en que la escuadra de Surghen llegó a la puerta este, la escena se repitió: una columna infinita de soldados provenientes de Braveth, pero en esta ocasión, el estandarte del dragón rúnico ondeaba con dignidad en los costados de aquel ejército.

«Que ellos se queden ahí esperando», pensó Surghen.

Lo que menos quería era tener problemas con gente leal al antiguo régimen.

***

El miedo le corroía los huesos a los fyrtanos que quedaban dentro del castillo capitalino.

No eran, ni por asomo, suficientes hombres para defender una ciudad que, inicialmente, les había costado trabajo conquistar.

Lety observaba todo desde el balcón de los reyes.

Una lágrima corrió por su mejilla. «Por favor...

basta de la guerra», pensó. Recordó a su familia.

Apresuradamente bajó hasta la calle y tomó un caballo, solamente para galopar hasta el oscuro callejón donde habían llegado hacía doce días.

Al llegar, un insurrecto la sorprendió saliendo de la oscuridad con una espada fyrtana.

Se abalanzó contra ella y lanzó un golpe horizontal dirigido a la cabeza.

Lety lo esquivó con dificultad, pero cayó del caballo.

La comandante se levantó y desenvainó su espada, la cual, con la luz del sol, se calentó y brilló como un farol.

—Maldita fyrtana —dijo el hombre—. No debimos confiar en ti.

Lety no le contestó. Estaba muy cansada.

Solamente quería dormir. Dormir para ya nunca despertar.

El insurrecto la empujó contra la pared del carromato y lanzó una estocada con gran potencia.

Lety agarró su espada con ambas manos, bloqueó el ataque y, en un elegante giro, atravesó al insurrecto por el abdomen, el cual comenzó a hervir.

Retiró la espada y la envainó. Abrió el carromato y tomó un vestido blanco, manchado de tierra y polvo.

Lo rasgó, lo amarró a una estaca de madera y regresó al Varkhalion, donde ya se libraba la batalla entre drakarianos y fyrtanos.

La comandante borró cualquier expresión de su rostro, atravesó el campo de batalla ondeando la bandera blanca y ordenó a sus hombres detener la pelea. Se detuvo al final de la aglomeración fyrtana y encaró al general Éxor.

—Quiero ver al general Surghen Dürhavel —solicitó.

—Es comandante, estúpida —le espetó el general Éxor.

Surghen salió de atrás, montado en un caballo marrón más grande que el promedio.

—¿Ahora eres comandante? —preguntó irónicamente la comandante.

—Por el momento, sí —respondió Surghen, muy calmado—. ¿Qué es lo que quiere, comandante?

Lety encajó la bandera blanca frente a ella y se la mostró a Surghen.

—La ciudad es tuya. Déjanos salir y quedaremos en paz —pidió la comandante—. Los fyrtanos se rinden ante la toma de Kaer’Durnath.

Surghen asintió. Dos hombres llegaron y apresaron a Lety, a quien separaron para llevársela al Kharthûr. Sin embargo, a medio camino la detuvieron y la voltearon para que mirara hacia el Comandante; este hizo un ademán, y sus soldados acribillaron a todos los fyrtanos que quedaban.

—Llévense a Lethira. Que se quede en prisión —ordenó Surghen, mirándola fijamente.

Lety se quedó perpleja ante la brutalidad que se anidaba en el Comandante. Esa escena fue la que la hizo arrepentirse de su opinión. «De haber sabido, habríamos metido a ese muchacho a prisión —pensó con tristeza—. Maldito seas, Caerlan… ese muchacho ha sido tu más grande error».

Los soldados arrastraron a Lety hasta una celda apartada en el Kharthûr. La última que quedaba. Cerraron la puerta tras de ellos para que aquella fuera la última residencia de la comandante.

Y ahí fue donde Lethira Vaelwyn murió, con su corazón todavía latiendo.

Cuando el trabajo estuvo terminado, Surghen se dirigió al Varkhalion, seguido por su ejército. En la escalera lo esperaba la niña huérfana que Lety había visto hace pocos momentos, vestida con harapos rojos.

—Qué afortunada soy —dijo—. Pues estoy ante el dragón libertador.

Surghen se compadeció de ella y se detuvo un momento frente a la puerta.

—¿Cuál es tu nombre, pequeña?

—Nelysia Dhin.

El Comandante la tomó de la mano, la levantó y la llevó consigo al interior del castillo. Registró el lugar a fondo, buscando cualquier arma o artefacto. Cuando ya no quedó nada, se dirigió a la Sala del Trono, que estaba completamente vacía.

El Trono del Colmillo Eterno permanecía sin rey, flanqueado por dos sillas de honor a cada costado.

—Kaelen —llamó—. Dile al general Éxor que recorra la ciudad y la haga segura. Y anuncien que el final de la guerra ha llegado a Kaer’Durnath.

El escudero asintió y salió del castillo con paso firme, la mano en la empuñadura de la espada. Surghen se volvió hacia el trono, sentó a Nelysia en una silla de honor y llamó al resto de la escuadra.

—¿Sabes escribir? —le preguntó a la niña.

—Sí —respondió Nelysia con voz tímida.

—Escribe lo que te diré —Surghen le extendió un papel y una pluma—. Lo enviarás a Dorlak.

La escuadra se presentó en la Sala del Trono.

—Lleven las banderas y cuélguenlas. Una nueva era ha comenzado en esta ciudad… y en este país.

La escuadra ejecutó la orden mientras Surghen y Nelysia salían del castillo y se dirigían a las escaleras que conducían al Kharthûr. Mientras caminaban, el regocijo en las calles aumentó ligeramente, acompañado por los alegres campanazos que emitía el mismo castillo… como si anhelara un nuevo rey.

—¡La guerra ha terminado! ¡El Emperador Surghen Dürhavel ha llegado a las salas del Varkhalion! —anunciaban algunas personas en las pequeñas calles y las grandes calzadas de la ciudad.

Cuando Nelysia terminó de escribir el mensaje, se retiró del lugar, justo cuando Surghen comenzaba a descender hacia la oscuridad de la prisión de la que alguna vez salió.

Surghen se detuvo frente a la celda donde la familia Valdyran, que ya no poseía título alguno, permanecía en cautiverio.

—Gracias a ti tuve la determinación de convertirme en emperador —dijo Surghen con voz potente—. Si no me hubieras salvado aquel día, nada habría pasado.

—¿Emperador? —preguntó irónicamente Tyrnium—. Lo único que haces es sentir que tienes poder.

—Puedes pensar lo que quieras —respondió el muchacho—. De todos modos, lo que pienses o digas ya no tiene ninguna importancia para la ciudad ni para el país.

—Entonces, ¿qué? —preguntó Argon con veneno en esas palabras—. ¿Así es como los nuevos reyes entierran a sus predecesores?

—No vine a enterrarlos Argon —se rio ligeramente Surghen—. No tengo el más mínimo interés. Es más, ni siquiera fui yo quien los encerró aquí.

—Entonces, ¿nos liberarás? —quiso saber Seraphyne hablando con la voz cortada.

—No, tampoco haré eso —dijo secamente Surghen—. Ustedes ya me causaron suficientes problemas.

—¿Qué planeas hacer con nosotros? —dijo el anciano.

—Nada —respondió el nuevo rey con una sonrisa en la cara— Ya han tenido su castigo, y aquí deberán cumplir su penitencia. —Entró ligeramente a la celda—. Verás que al hijo al que decidiste desterrar de tu familia ahora toma tu trono, sin que puedas hacer nada.

—¿Así qué todo esto es por venganza? —preguntó Seraphyne.

—Puedes tomarlo así si quieres —dijo Surghen con desdén—. Repito, no me interesa en lo más mínimo.

—Surghen —dijo Argon—. Hermano, eres un monstruo.

—Nunca fuimos hermanos, querido Argon. —respondió el Comandante.

—Tu reinado se cimentará sobre cadáveres y sobre el miedo de la gente —chilló Seraphyne.

—Es posible —admitió—. Su reinado quedó en ruinas Seraphyne. Y de sus ruinas se alzará mi fuego eterno.

»¿Sabes cuál fue tu error? —se dirigió a Tyrnium—. Creer que me podías controlar aún después de haberme expulsado.

Surghen salió de la sala después de decir aquello. Se alejó de la celda de Tyrnium y su familia, para nunca más volver a ver sus rostros.