Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 24. EL DÍA DEL DRAGÓN ENCADENADO
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CAPÍTULO 24. EL DÍA DEL DRAGÓN ENCADENADO

Era algo histórico: Kaer’Durnath había caído en dos días, pero la ciudad no era, ni por asomo, propiedad de Lethira Vaelwyn, ni de los fyrtanos, ni de los insurrectos.

No tenían los hombres suficientes para mantenerla segura.

Durante los siguientes diez días, la inseguridad aumentó; la falta de pericia del nuevo gobierno fue el detonante para que los marginados continuaran el saqueo y la violencia.

Los militares, en su afán de controlar la situación, iniciaron un hostigamiento hacia la ciudadanía, lo que empeoró las cosas.

Y nuevamente en el fondo, las personas más conservadoras, ilustradas por la nobleza menor, favorecida por el antiguo régimen, volvieron a urdir un plan por el regreso de la Casa que les había dado todo.

La escuadra de Lety se reunió en la Sala de Guerra del Castillo Magno para discutir.

El millar de soldados que se había infiltrado con la comandante se había separado, y había ido a apoyar a los insurrectos y militares que trataban incansablemente de controlar una situación que era, por todos lados, incontrolable.

Pero Lety ya no se podía detener. Lo que hizo fue un error, pero no podía cambiar las cosas, y sabía que no iban a mejorar.

Lo mejor que podía hacer era imponerse por la fuerza e infundir miedo en Kaer’Durnath; tal vez, de esa manera, la seguridad dejaría de ser un problema que consumiera tantos recursos militares.

Estaba tan escasa de soldados que prescindió de tener tropas resguardando el castillo con tal de mantener presencia en las calles. Pero su mayor problema fue su ignorancia sobre el Camino Real, por el cual venía el hijo pródigo a reclamar lo que era suyo.

Cuando el sol estaba en su apogeo, Lety se volvió a reunir en la Sala de Guerra junto a su escuadra, Aenar y otro insurrecto más, quien también ocupaba un rango superior dentro del grupo.

—Ya hemos quitado las banderas de Valdyran —dijo la fyrtana.

—¿Y entonces? ¿Cómo nos repartiremos la ciudad? —quiso saber Aenar, quien estaba vendado de la cabeza.

—No lo haremos —dijo Lety. Personalmente, le habría querido meter más emoción a su traición, pero el tiempo lo traía encima y no podía darse el lujo de aquello.

Hizo un ademán con la mano. Vaelis Morwen cargó una flecha y mató al acompañante de Aenar, mientras que el resto de sus hombres inmovilizaron violentamente al líder del grupo insurrecto.

—Lo siento... capitán —dijo Lethira—. Pero el Sol Eterno ondeará en Kaer’Durnath.

Aenar Malvak no respondió, pero su rostro lo decía todo.

La traición había sido rápida y dolorosa, y desató un nuevo estado de guerra en el que los fyrtanos dominaban sin oposición.

Los guardias de Lety bajaron a Aenar hasta el Kharthûr y lo encerraron en una celda apartada de las demás.

Aquella celda se sentía distinta: había algo familiar.

En el centro, una estaca de piedra al fondo, un fogón apagado; a un costado, una mesa con herramientas de tortura que aún conservaba su sombra olvidada del antiguo residente.

Lo dejaron ahí, retiraron los instrumentos y cerraron con llave.

Aenar se quedó para siempre en aquella celda, lamentando el día en que aceptó la ayuda de los fyrtanos para entregar la ciudad a al Comandante Dürhavel.

Sin embargo, aún guardaba la esperanza de que el Comandante retomara Kaer’Durnath y lo liberase por lealtad.

La señal que hizo saber a los fyrtanos que debían traicionar a los insurrectos que los acompañaban en el intento de mantener segura la ciudad fue el izamiento masivo de las banderas fyrtanas, tanto en el castillo, como en los centros de culto de la abadía de Thûn-Daeryn, llamados Santas Sedes.

Tanto los habitantes como los insurrectos veían un final amargo y abrumador para la ciudad capital de su país.

Muchos pensaron que la ciudad ya no era la misma, que la habían derrumbado, que se había podrido.

El Sol Eterno de los Thyrvalion ondeaba esbeltamente sobre la mayor asta del Varkhalion, mientras que debajo de esta ondeaba el ciervo rojo de la Casa Vaelwyn.

Pronto la guerra se encrudeció contra los insurrectos, quienes estaban muy dispersos por la ciudad y eran demasiado pocos para resistir la ofensiva fyrtana.

Muchos sabían que morirían ahí, por lo que decidieron armarse de valor y alzar la espada contra los extranjeros.

La ciudadanía que no había abandonado Kaer’Durnath se encerró en sus casas y atrancó las puertas, intentando proteger sus hogares mientras el choque de espadas se volvía cada vez más intenso en las calles.

Un grupo de insurgentes se encaminó por las mismas alcantarillas que habían guiado a Lety hasta el Varkhalion, y salieron por la puerta trasera.

Al entrar, los esperaban las espadas de la escuadra de Lety y las flechas de Vaelis Morwen, que, en una feroz defensa por mantenerse a salvo, acribillaron a los insurgentes.

Los que sobrevivieron a aquella masacre de un día se refugiaron en cuartos escondidos, muy profundos, dentro de la residencia que habían usado como sede del grupo revolucionario.

Los soldados conocían esa casa, por lo que la purgaron y registraron, buscando a los insurgentes.

Las órdenes de Lety eran claras: «no dejar a nadie vivo», pero no los encontraban.

Los que antes fueron revolucionarios ahora eran marginados; no eran aceptados por los fyrtanos ni por los indigentes que se habían apropiado de los callejones. Ya no podían reconocer a sus camaradas.

Por un momento, el símbolo del dragón encadenado no significó nada. La ciudad que los insurrectos habían luchado por conquistar ya no era nada, se había sumido en el desgaste de la guerra y se había podrido entre cadáveres, los cuales también había que limpiar y sepultar.

Lety observaba la ciudad desde su castillo, tratando de sentirse orgullosa de sus actos, pero no podía.

Recordaba que se había hecho militar para mejorar, principalmente, la ciudad de Aelwîn, y comenzó a pensar en lo mucho que se habían torcido las cosas, en cómo sus aspiraciones de seguridad se habían distorsionado hasta convertirla en una homicida potencial.

La escena de la guerra le provocó una lágrima que corrió por su mejilla, pero el trabajo seguía, y ella sólo podía soñar con que Surghen no regresara ni que los refuerzos drakarianos llegaran a la ciudad. En tal caso, sería el fin.

Ese miedo se hizo realidad, y esa realidad le hizo recordar que los guardias de las puertas estaban comprados por los insurgentes, mas no por los fyrtanos. En las puertas oeste, norte y este de la ciudad se conglomeraba una legión drakariana proveniente de Dorlak, Zarn-Korveth y Braveth.

Lety sacó un caballo del castillo y galopó hasta la puerta este de la ciudad. La calzada principal estaba desierta, excepto por una pequeña niña de seis años, huérfana por esa guerra, que esperaba sentada a un costado de la puerta.

—Alégrese, mi señora, porque el Dragón E ncadenado ha llegado —le dijo la niña.

Lety no le hizo caso.

Desde la puerta este, los guardias todavía leales al régimen de la familia Valdyran observaban con atención la columna interminable de soldados, caballería y carromatos pequeños, destinados únicamente a provisiones; sobre todo, veían cómo, en poco más de un año, el blasón del dragón encadenado había ganado tal popularidad que los antiguos días de paz —cuando Tyrnium Valdyran reinaba y la guerra era aún desconocida— comenzaban a recordarse con nostalgia.

Aquella no iba a ser la toma de la ciudad donde los defensores pondrían resistencia.

Lety lo sabía; no podía ignorar lo que tanto temía que sucediera.

Por última vez en su carrera, se arrepintió del lugar donde estaba.

Quería estar en Aelwîn, junto con su esposo y sus hijos, donde la tierra todavía no estaba contaminada por la guerra.

—Maldito seas, Caerlan —dijo al darse cuenta de que las palabras de aquella niña eran ciertas: su mayor miedo de ese momento se había materializado—. No debiste aceptar a ese muchacho en el ejército.

Lo único que los fyrtanos estaban esperando era una masacre. No importaba cuánto lo intentaran, no podrían oponer resistencia. Solo estaban a la espera de una muerte dolorosa e impiadosa.

***

Surghen y su ejército permanecían todavía sobre sus monturas, observando cómo, en la asta más grande del Varkhalion, ondeaba la bandera del Sol Eterno.

Una sonrisa se le dibujó en el rostro. «Ya anhelo ver la cara de Tyrnium cuando yo tenga su corona», pensó.

Pero la ciudad seguía bajo control fyrtano, y los vardianos que quedaban mantenían las puertas cerradas.

El Comandante decidió esperar el tiempo que hiciera falta; tarde o temprano tendrían que abrir la puerta.

«Si no quieren que la gente muera ahí dentro, deberán abrir».

Mientras los cinco mil soldados formaban guardia hacia los muros, la escuadra de Surghen se reunió en la retaguardia.

—¿Qué sugieren para tomar la ciudad?

—Derribar la puerta —dijo Vaelric.

—No —le espetó Surghen—. No quiero tener que repararla después.

Todos estaban callados, con la mente seca. Nadie sabía cómo tomar la ciudad ni cómo cumplir las demandas de su comandante. A Surghen no se le ocurría otra cosa más que esperar, con la esperanza de que, por casualidad, le abrieran la puerta. Aunque sabía que eso era prácticamente imposible.

—Tenemos una escalera en un carromato —dijo Kaelen—. Podemos usarla para que una pequeña escuadra suba, asegure este lado del muro y abra la puerta. Desde ahí podríamos tomar el resto de la muralla y controlar el acceso. De todos modos, no tienen los hombres suficientes.

«En cuanto suba al trono, serás general y Lord», pensó Surghen, enorgulleciéndose de la pericia que su escudero estaba mostrando. En ese momento ya se notaba cómo la madurez del muchacho lo había vuelto inteligente y cuidadoso.

—Bien —aceptó—. Subiremos y abriremos la puerta para el ejército, tal como dijiste. Una vez dentro, exterminaremos a los fyrtanos.