CAPÍTULO 23. EL FIN DE UNA ERA #3
—Lo que tanto hemos anhelado está por suceder —dijo Surghen mientras se ponía las botas—. El régimen de Tyrnium Valdyran está por caer. Saldré a Kaer’Durnath.
No se alcanzó a despedir. Salió totalmente apurado, y tras unas horas de pláticas con Tharven Kûrdras, el Comandante partió por la puerta norte de Dorlak, acompañado por media cohorte de soldados y carromatos ligeros, galopando a toda velocidad hacia la capital.
El trono estaba por caer, y Surghen debía estar ahí cuando sucediera.
***
La batalla seguía rugiendo en la puerta: fyrtanos e insurrectos se desgarraban contra los últimos defensores.
Los vardianos se replegaron por toda la ciudad, reduciendo el radio de seguridad hasta tres millas.
Las catapultas fyrtanas dejaron de disparar contra los soldados y comenzaron a lanzar proyectiles hacia el Varkhalion.
El basalto de la fortaleza comenzó a resquebrajarse con cada golpe de piedra, como si la estructura misma fuera el último vestigio del derrumbamiento de la Casa regente.
Aenar se separó de la invasión con quinientos soldados fyrtanos e insurrectos, con el único propósito de perseguir a los vardianos que se replegaban hacia los costados de la ciudad.
Los suburbios eran oscuros, infestados de violencia y desesperación.
A los indigentes no les importaba quién fuera el bueno o el malo: secuestraban, asaltaban o asesinaban a cualquiera que se cruzara en su camino.
El grupo de Aenar se debilitó ligeramente al llegar al muro, donde comenzaron a rodearlo.
El líder de los insurrectos había perdido toda paciencia: no toleraba que algún indigente le ofreciera resistencia, así que pasó la espada por aquellos vagabundos que se interponían en su camino.
Tras recorrer casi una milla del muro, los encontraron: una centuria de vardianos, encajonada entre una casa y la piedra.
A lo lejos, seguían retumbando los golpes de los proyectiles y los derrumbes del Varkhalion.
Aenar se abalanzó junto a sus hombres y comenzó otra lucha más.
Las espadas cruzaban el aire como relámpagos; él bloqueaba, esquivaba, y tan pronto como distinguía a su contrincante, lanzaba un golpe certero.
Se movía con precisión, girando entre los cuerpos, buscando aperturas entre la furia y el acero.
Cuando encontraba una, la estocada era inmediata.
Una flecha silbó cerca de la cabeza del líder de la rebelión y se clavó en el cuello de un fyrtano.
Un golpe con el pomo de una espada desorientó severamente a Aenar, que cayó al suelo y se desmayó.
Por un momento hubo silencio. Hubo calma.
Hubo paz. Momentos más tarde, el combate seguía resonando, pero era un sonido opaco, como si la lucha ocurriera en otro lugar, lejos del cuerpo caído del líder.
***
La fila de soldados que se adentró en el castillo se movilizó sigilosamente hasta una puerta que conducía a un espacio oculto, justo detrás de la Sala de Guerra.
Ahí se encontraba todo el consejo: esperando que el saqueo terminara, deseando salir con vida.
Tyrnium estaba sentado en el trono, prácticamente dormido, mientras los estrategas murmuraban entre sí para calmar los nervios.
El grupo se dividió con precisión: varios soldados se posicionaron detrás de cada general, mientras cuatro más subían a toda prisa una escalera en busca de la reina Seraphyne y del príncipe Argon.
En un solo movimiento, los rebeldes saltaron sobre los generales, de dos en dos, mientras tres soldados inmovilizaban a Tyrnium, le colocaban una mordaza y le presionaban un puñal contra el cuello.
Los demás se encargaron de los guardias, que no tuvieron tiempo de reaccionar ni de proteger al consejo de guerra.
—Kaer’Durnath ha caído —celebró Lethira Vaelwyn—. Llévense al Consejo de Guerra a prisión, y déjenlos ahí por el resto de la eternidad.
Los miembros de aquel grupo se llevaron a los prisioneros, y se les unieron los soldados que traían consigo a la reina y al príncipe, también con una mordaza y las manos atadas.
—Suenen la campana —ordenó la comandante—. Un nuevo orden reinará sobre esta ciudad.
Una escuadra subió por la torre más alta del Varkhalion hasta el campanario, mientras el resto registraba por completo el gran castillo, buscando a todas las personas para llevarlas presas.
Las campanas comenzaron a sonar, anunciando el arrebatamiento de Tyrnium Valdyran del trono de Drakareth. Los insurgentes y fyrtanos celebraron incansablemente su logro, mientras los últimos soldados vardianos que quedaban deponían las armas y se rendían.
***
En el Kharthûr, los soldados mantenían el puñal en los cuellos de los antiguos poderosos, ataban las manos con tal fuerza que casi cortaban la circulación, y dirigían al Rey y sus allegados hacia dos celdas donde permanecerían por toda su vida.
Ese fue el final del Consejo de Guerra Imperial.
No cayó entre espadas ni gritos: cayó con la puerta de La Prisión cerrándose tras ellos.