Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 23. EL FIN DE UNA ERA #2
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CAPÍTULO 23. EL FIN DE UNA ERA #2

Los guardias del muro, comprados por los insurrectos, notificaron que los refuerzos militares milagrosamente aún no habían llegado.

Tal vez fue golpe de suerte, tal vez fue un proceso amañado para retrasar a los refuerzos, o quizá el apoyo a Surghen Dürhavel también se había extendido hacia Braveth y Zarn-Korveth.

Era el momento de actuar. Lety y sus hombres regresaron al carromato y se vistieron con sus armaduras, cubriéndolas con ropajes de cuero.

Al mismo tiempo, los insurrectos reunían bengalas de humo y más espadas.

Para cuando cayó la tercera semana después de su reunión, comenzaron a trabajar con tal de abrir la puerta que los fyrtanos necesitaban.

Corrieron hacia la puerta sur por la avenida principal.

Eran dos escuadras las que se encargarían de abrirla, mientras que los demás rebeldes se mantendrían cercanos a ésta, pero escondidos.

El líder de los insurrectos, Aenar Malvak, abrió una pequeña poterna en un torreón ligeramente alejado de la puerta, donde la vigilancia era menor. Los soldados subieron agachados, con rapidez y sin hacer ruido.

Sabían con precisión qué guardias estaban comprados y cuáles no.

Conocían sus nombres, edades, rangos, linajes y hasta los vínculos familiares que podían comprometerlos.

Los insurrectos se habían encargado de estudiar cada detalle, asegurándose de que no hubiera filtraciones ni errores en el momento decisivo.

Al llegar a la cima, Lety se abalanzó sobre el guardia y le cortó la garganta con precisión.

Vaelis Morwen subió después y abatió a otro con un flechazo certero en la cabeza.

Cuando el camino estuvo despejado, los soldados comenzaron a salir uno tras otro, en fila, hasta llegar a otra torre contigua a la puerta, donde ya los esperaba un guardia aliado.

Este les abrió una escotilla camuflada en el suelo, por la que seis soldados descendieron hacia el interior.

El mismo guardia colgó una cuerda, clavada en un viejo arpón aún firme, que la comandante usó para salir de la ciudad sin arriesgarse a utilizar alguna poterna.

Al bajar, Lethira corrió hasta el campamento fyrtano, escondido a dos millas de distancia, para alertar a sus soldados y comenzar el avance. Luego montó su caballo y lideró el movimiento ágil que su ejército debía ejecutar en cuestión de minutos.

***

Aenar y la escuadra de Lethira corrieron hacia la otra torre. El guardia de ésta les abrió la escotilla, y los insurrectos descendieron hasta el primer piso, donde se encontraban los controles de la puerta este.

Cuando Thyren y Nyrel estuvieron en sus posiciones, avisaron a Aenar, quien estaba en el exterior junto con Vaelis Morwen, quien acababa de abatir a otro guardia que se acercaba a su ubicación.

Pasaron diez minutos. Luego veinte. Aenar estaba nervioso, enfurecido por la tardanza de la comandante.

No fue sino hasta que pasaron casi dos horas que los fyrtanos comenzaron a verse desde el muro.

Cuando esto sucedió, Vaelis dio la señal: sus compañeros comenzaron a abrir la puerta, mientras que los soldados del otro torreón hicieron exactamente lo mismo.

Aenar, por su parte, se tapó los oídos y lanzó una bengala de humo verde, la señal definitiva para todo aquel que la viera: la puerta estaba abierta y la ofensiva había comenzado.

Los vardianos, al ver el humo y escuchar la marcha invasora, corrieron hacia la puerta, mientras otros hacían sonar campanas anunciando una invasión.

Fue ahí donde se hicieron visibles los errores del Emperador.

Lord Varoth Enkran informó a los rebeldes que había un total de cinco mil soldados vardianos en toda la ciudad, pero en tan poco tiempo, menos de la mitad había logrado arremolinarse en la puerta cuando los fyrtanos comenzaron a entrar.

No fueron ellos quienes iniciaron la batalla sino que fueron setecientos insurrectos que marchaban desde las cloacas, descalzos o armados con espadas viejas y robadas.

Por las puertas recién abiertas del muro este, los fyrtanos entraron como un río oscuro: seis mil soldados extranjeros, seguidos por carros de hierro y columnas de humo.

Otros tantos salían entre los callejones cercanos, armados con tenazas, puñales o machetes.

La mayoría eran indigentes, gente sin posibilidades de una mejor vida.

No eran tantos como Lety hubiera querido, pero eran suficientes para derrumbar la ciudad.

La masacre comenzó.

Aenar disparó una nueva bengala de humo rojo, indicando que el escuadrón de exploración debía avanzar hacia el Varkhalion.

Mil soldados fyrtanos e insurrectos, liderados en conjunto por Lethira y la capitana sediciosa Naevra Veldrûn, corrieron entre callejones y sombras hasta el inicio de una alcantarilla.

Naevra la abrió, y el olor a estiércol y putrefacción les inundó las fosas nasales.

No había otra opción: ese era el camino más rápido y seguro hacia el Varkhalion.

Aenar descendió en rapel por una cuerda tendida entre los dos torreones, en una zona poco vigilada y lo suficientemente oscura como para sorprender a los vardianos que comenzaban a retroceder.

Cruzó solo las calles sombrías de aquel sector de la ciudad, donde se reunió con dos mil soldados ocultos entre ruinas y callejones.

Juntos, rodearon a los vardianos y desataron la masacre.

No había pasado ni un minuto cuando un nuevo contingente de dos mil soldados vardianos, con caballería, avanzó desde el Varkhalion.

«¿Cómo llegaron tan rápido?», se preguntó el líder insurrecto.

Las flechas silbaron en ambas direcciones, las ballestas fyrtanas atravesaban escudos y carne, y las catapultas lanzaron proyectiles que aplastaban soldados, pero también derrumbaron casas y refugios con civiles dentro. El caos se volvió absoluto.

***

Ya eran varios litros de vómito los que se unían a la maloliente corriente que corría por las alcantarillas.

La desconfianza comenzaba a florecer en aquel ambiente hostil, y muchos fyrtanos dudaban de la guía de Naevra.

Tras un largo recorrido, los invasores llegaron a una compuerta cerrada con manivela circular.

La capitana la abrió, y los soldados salieron detrás del castillo.

Entraron por una puerta trasera que estaba apenas emparejada, custodiada por un soldado que eligió mal sus lealtades.

Los insurrectos no vacilaron: lo fulminaron ahí mismo.

La entrada daba a una sala trasera; si seguían de frente, llegarían directamente a la Sala de Guerra.

***

Estaba amaneciendo cuando Surghen recibió el cuervo. El pájaro lo despertó con un graznido áspero mientras él se incorporaba, desnudo, desde su cama. Naeryn seguía acostada boca abajo, envuelta en las sábanas. Surghen tomó el mensaje.

Desde Kaer’Durnath hasta Dorlak.

Ha iniciado una invasión fyrtana, la capital está severamente debilitada y el contingente fyrtano no supera los diez mil soldados.

Hay grupos insurrectos que apoyan al Dragón Encadenado y que en este momento engrosan las filas del golpe de estado.

Este aviso está dirigido al comandante Surghen Dürhavel.

Es la única oportunidad que tiene de conseguir el Trono del Colmillo Eterno con el apoyo de la gente.

Firma Varoth Enkran. Comandante del Alto Karneth y miembro del Consejo de Guerra Imperial.

El Comandante no perdió tiempo una vez que hubo leído el mensaje. Se vistió tan rápido como pudo, se puso la armadura recién encerada y colgó la espada en el cinturón. El ruido hizo que Naeryn también se levantara; se enderezó en la cama y se cubrió el pecho con las sábanas.

—¿Qué sucede? —preguntó la mujer.