Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 23. EL FIN DE UNA ERA
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CAPÍTULO 23. EL FIN DE UNA ERA

Era de noche, la hora que aquel hombre les había indicado para presentarse. No estaban seguros; posiblemente fuese una trampa. No tenían forma de saberlo.

En el exterior los insurrectos eran muy disimulados. Aunque la cantidad de vardianos, habían aumentado el paso de las patrullas.

Los fyrtanos habían notado que, además de los afiches en contra de Surghen Dürhavel, circulaban otros tantos papeles donde se buscaba a esa gente: los mismos que habían obligado a Elarion a presentarse en una dirección que, él pensaba, debía ser secreta.

Ni Lethira ni nadie confiaba en esa gente; las amenazas y las acciones contra Elarion les daban razones suficientes para desconfiar, pero ciertamente compartían el mismo objetivo: hacer caer a Kaer’Durnath.

Los fyrtanos que habían entrado a la capital se vistieron con las ropas de cuero que venían en el carromato.

Se colgaron las espadas —algunos en la espalda, otros en el cinturón— y enfundaron puñales que mantuvieron ocultos.

Con todo listo, caminaron hacia la dirección que le habían proporcionado a Elarion.

Por fuera parecía la casa de algún soldado importante o de algún miembro de la Corona.

Estaba construida con basalto, con decoraciones de roca en muchos lados, sobre todo en los umbrales de las ventanas.

La puerta era bastante gruesa, hecha de madera oscura reforzada con acero, barnizada con un líquido extraño que la endurecía.

Elarion llamó a la puerta.

—Quien quiera pasar deberá estar dispuesto a presenciar el reinado del Dragón Encadenado —respondió una voz desde adentro, mas no abrió; parecía esperar alguna respuesta de regreso.

Pasaron unos minutos y la puerta seguía cerrada. Elarion llamó de nuevo.

—Quien quiera pasar deberá estar dispuesto a presenciar el reinado del Dragón Encadenado —respondieron nuevamente, sin abrir. La situación fue la misma: esperaban una respuesta. Elarion vio el blasón del dragón encadenado pintado en la puerta, y entonces lo recordó.

—De las ruinas se alzará el fuego eterno —respondió con una voz fuerte.

En esta ocasión, todo lo que debía suceder ocurrió en menos tiempo del que habrían imaginado. Tan pronto como Elarion respondió, la puerta se abrió, pero, curiosamente, no había nadie cerca. La última en entrar de los fyrtanos fue Siraë, quien cerró la puerta de forma silenciosa.

Por dentro, la casa era más prestigiosa de lo que aparentaba: salas, bibliotecas, comedores, armerías, cocinas. Había demasiado espacio, tanto que les parecía excesivo. Pero no dijeron nada. No debían decir nada.

Al fondo de la estancia, había una luz turbulenta, cortada violentamente por una gran cantidad de sombras. Lety y sus hombres caminaron con sutileza por el pasillo oscuro que conducía a la habitación.

Era una antesala repleta de papeles y documentos de biblioteca; en el centro, una gran mesa mostraba un mapa de toda la capital, con marcas que señalaban algunos puntos débiles de la guardia.

Cuando la comandante llegó, no pudo entrar debido a la cantidad de gente.

Los insurgentes y sediciosos que estaban reunidos bloqueaban por completo la puerta y cualquier forma de pasar a través de ella.

—Cada vez hay más guardias rondando esta zona de la ciudad —dijo uno con voz ronca—. Cada vez es más complicado escondernos.

—Es tu percepción. No tenemos por qué escondernos —dijo otro.

—Nuevamente, los estandartes de Valdyran dan más miedo que respeto —dijo un tercero—. Con cada semana que él se tarde, más aliados estarán desapareciendo en la ciudad.

—¿Cuánto más nos quedaremos así? —preguntó una chica que apoyaba aquella idea—. No debemos quedarnos de brazos cruzados.

—Podemos atacar desde ya —propuso uno.

—No podemos —respondió el de voz ronca—. No somos suficientes para enfrentar al ejército. Moriremos demasiado rápido si nos precipitamos.

—Cada vez es más peligroso quedarnos en un solo lugar —exclamó otro—. Cuanto menos, hay que estarnos moviendo.

—Esta ciudad se sumerge en la putrefacción de la Casa Valdyran. ¿Cómo permitimos que estuviera cuarenta años en el trono? —dijo una mujer encapuchada.

—Las ciudades se conquistan con espadas. ¿Cómo es posible que no quieran levantar la espada contra esta ciudad? —cuestionó otro.

—Esta ciudad no vale la pena tomarla por las armas. Él lo sabe. La va a mandar a arder —dijo otro más—, y erigirá su trono sobre las cenizas del Emperador.

—Tenemos que dejarle espacio libre para que tome el trono sin mucha dificultad —ordenó uno.

—Perfecto, gracias por decir lo obvio —lo calló otro.

—Con cada día que pasemos aquí sin tener idea de cómo proceder, en más problemas nos meteremos —dijo uno—. He escuchado que los fyrtanos se acercan cada vez más a la ciudad. Hablan de cientos de miles.

«Puedo usar a ese chico a mi favor», pensó Lety al escuchar aquello.

—Hay que tomar la ciudad antes de que los fyrtanos lo hagan —dijo el mismo muchacho.

—En el castillo hablan sobre la venida de tropas leales a Valdyran desde Braveth y Zarn-Korveth —dijo uno de los sirvientes más cercanos a Lord Varoth Enkran—. Si esos soldados llegan a la ciudad, será imposible retomarla.

—¿Y si Él ya no viene? —cuestionó uno—. ¿Y si realmente quiere quemar esta ciudad hasta convertirla en un mar de cenizas?

—Él quiere el trono —respondió el líder de aquel grupo—. Él sabe algo que nosotros no.

—Sí, él sabe que los fyrtanos le están ganando la carrera —dijo alguien que Lety no pudo ubicar.

—¿Siquiera sabemos si el Comandante ya abandonó Dorlak? —preguntó uno, sin recibir respuesta—. ¿No creen que debemos iniciar por ahí?

—Tiene razón —apoyó otro—. Mientras el Comandante sigue escondido en Dorlak, los fyrtanos están cada vez más cerca.

—En el muro mencionan que ya han llegado a los vados del Zaldren —dijo otro.

—Opino que debemos atacar por cuenta propia —susurró uno—. Somos suficientes para mantener el trono todo lo que podamos.

—No tenemos nada que hacer con la ciudad si el Comandante no regresa —dijo otro más.

—Dürhavel regresará a reclamar lo que por derecho es suyo —afirmó el líder.

Nadie sabía exactamente cómo debían proceder. Estaban actuando con muy poca información. Lety contaba al menos veinticinco rostros distintos en esa sala, todos tensos, todos esperando una señal. Tenían poco tiempo: tanto vardianos como fyrtanos los atacaban por dos frentes distintos.

—Los fyrtanos los ayudarán a tomar la ciudad para su Comandante—intervino Lety con voz potente desde afuera. En poco tiempo, los insurgentes la dejaron pasar al cuarto.

Hubo un silencio sepulcral. Todos se quedaron mirando fijamente a Lety. La comandante sentía cómo el estómago se le revolvía por la presión.

—¿De cuántos fyrtanos estamos hablando? —preguntó uno, soltando una risita.

Lety no contestó. Su silencio fue el impulso que los insurrectos necesitaban para comenzar a reír.

—Solo necesitamos que abran alguna puerta, alguna poterna o algún acceso, y más de cinco mil fyrtanos se unirán a su causa —dijo Elarion, tratando de ayudar a su superior.

—¿Cómo nos aseguran que lo que nos dicen es cierto? —preguntó el mismo—. Estaríamos arriesgando demasiado por una información que no es fidedigna.

—Lo que dicen sobre los fyrtanos es cierto —dijo Lety—. Hay un ejército fyrtano que ya cruzó el río y está a pocas leguas de la ciudad.

—Ellos están dispuestos a cumplir sus objetivos —añadió Elarion.

—¿Y cuáles son sus objetivos, si se puede saber? —preguntó el de la voz ronca.

—La caída de la Casa Valdyran —respondió Elarion.

Los fyrtanos alcanzaban a notar cómo algunos rostros de la reunión empezaban a cambiar. Muchos comenzaban a plantearse si lo que la mujer decía era verdadero… e incluso útil.

—Esperen, hay mucho que no sabemos —intervino alguien escondido entre la gente—. ¿De verdad confiaremos en desconocidos que dicen conocer fyrtanos?

Aquel hombre plantó la semilla de la discordia. Tantos como pudieron desconfiaron inmediatamente de las palabras de Lety, y comenzaron a debatir nuevamente sobre qué estrategia seguir, al punto de descartar por completo al ejército fyrtano.

—Conozco a aquel del que tanto hablan —dijo Lety, tratando de llamar su atención—. Él sabe sobre este ejército fyrtano, y estará muy agradecido de que ustedes tengan nuestro apoyo.

Aquello pareció aliviar la tensión. Mucha más gente escuchó a Lety, que más que hablar, quería oír alguna estrategia que le ayudara a conquistar la ciudad. De todos modos, si destapaban la mentira que había orquestado, terminaría muerta.

—¿Cómo lo conoces? —preguntó el líder.

—Eso no importa —dijo Lety, desviando la pregunta—. Lo que importa es que tenemos contacto con Él. Él sabe más información de la que ustedes manejan. Vendrá. Está esperando el momento indicado para entrar a la ciudad y arrebatársela al Emperador.

—¡Nos está mintiendo! —exclamó otro—. ¡No podemos confiar en ella!

—Mátenme si les miento —dijo Lety. Esa sociedad ya no era una opción: era la solución a sus problemas de estrategia.

El permiso que les dio Lety fue todo lo que necesitaban para confiar en ella. Con eso que les dijo, Lethira pasó a formar parte del equipo que estuvo planeando toda la estrategia.

—Los fyrtanos vienen por el este, entonces hay que hacer que los soldados se vayan de ahí —dijo Lety—. Si abrimos alguna puerta, aunque sea pequeña, los fyrtanos podrán pasar.

Los insurrectos asintieron y comenzaron a moverse.

Ya no era solo Elarion quien buscaba contactos, también los hombres adoradores al Comandante se movilizaban.

Lety resultó impresionada con la cantidad de gente que estaba dispuesta a derribar el régimen actual con tal de ver al Comandante sentado en el trono.

Durante dos semanas, convencieron aliados, reunieron armas, trajeron más soldados y extendieron su influencia por la Zona Menor.

Fue entonces que Lord Varoth Enkran se unió a ellos en secreto, proporcionándoles información confidencial.