CAPÍTULO 22. LA CIUDAD DE PIEDRA Y #2
Cayó la noche. El comandante entró en su habitación, cerró la puerta y la atrancó con una mesa. Caminó hasta las jaulas, alimentó a un cuervo y amarró la carta en su pata. Solo faltaba el cambio de guardia para mandar a volar al pájaro. Escondió la jaula, caminó hasta la puerta y la abrió.
—Traigan a mi escudero —ordenó a los guardias.
—Señor, aquí estamos para servirle.
—¿Quieres servirme? ¡Entonces trae a mi escudero!
Cerró la puerta nuevamente y escuchó las pisadas del guardia que bajaba lentamente del torreón.
Unos momentos más tarde, el escudero y el guardia ya estaban en la puerta del comandante, golpeando con fuerza. Varoth la abrió.
—¿Qué sucede mi señor? —preguntó el escudero.
—Nada —trató de calmarse—. No sucede nada.
El comandante pasó al chico, cerró la puerta tras de él y la volvió a atrancar con la mesa.
—Cuando te diga, abres la ventana y dejas volar al pájaro, ¿entendido?
El escudero asintió.
El comandante subió al tejado de su habitación por una escotilla pegada al techo, junto a una escalera clavada en la pared.
Llevaba un catalejo consigo y comenzó a observar el muro.
Necesitaba un solo indicio que le mostrara una distracción; de lo contrario, matarían al pájaro y descubrirían su secreto.
No sucedía nada. Varoth no comprendía por qué; él tenía bien estudiados los cambios de guardia.
«¿Habrán cambiado el turno?», se preguntaba, desconcertado por la tardanza.
Pero sus preocupaciones volaron más rápido de lo que pensaba. Ciertamente, sí hubo cambio de guardia, y Varoth Enkran no perdió tiempo. Dio la orden, y su escudero mandó a volar al cuervo, que elevó su vuelo muchas yardas más allá de lo que el muro podía divisar.
—Gracias —le dijo el comandante, un poco más tranquilo, en el momento en que bajó del tejado.
El escudero no hizo más que asentir.
***
Durante la mañana siguiente, los soldados que se habían infiltrado con Lethira comenzaron a moverse. Su objetivo era encontrar contactos que estuvieran en contra del régimen actual y dispuestos a colaborar en su derrocamiento.
En muchos callejones —incluido aquel donde se refugiaban los fyrtanos— se hablaba de un nuevo orden mundial, supuestamente liderado por un tal Dürhavel.
Los fyrtanos, sin embargo, lo consideraban una mentira. Lety creía fervientemente que Drakareth no tenía los recursos para enfrentar una guerra abierta contra ellos.
En el año que llevaba ya el conflicto, los drakarianos solo habían logrado tomar el bosque y Tharûl-Bel. Esa situación le daba cierta tranquilidad a la comandante fyrtana y renovaba su esperanza en la campaña.
Los rumores seguían creciendo, pero ella no les prestaba demasiada atención.
Elarion no paraba de hablar con distintas personas. Recorría aquel lado de la ciudad, conversando con quien se encontrara, tratando de obtener algún contacto que le soltara información.
Se podía sentir cómo el ambiente cambiaba cada vez más: los crímenes aumentaban —robos, secuestros, enfrentamientos con el gobierno— y la tensión se volvía palpable.
Cayó la noche y todo el grupo estaba desgastado. Elarion llegó más tarde: había hablado con un tabernero cercano, quien le contó los rumores sobre un tal Surghen Dürhavel.
—Ese tabernero te vio la cara de estúpido —dijo Vaelis Morwen.
—No tanto —la corrigió Lety—. Ese tal Surghen Dürhavel, ¿no te dijo quién era?
—Me dijo que es un general reconocido —respondió Elarion—, aunque ciertamente solo una minoría de esta gente apoya su causa.
—Sí, y no entiendo por qué —comentó irónicamente Lety. La fama de aquel general rebasaba las fronteras. —Ese general fue el último error de Caerlan. ¿Encontraste algo que nos ayude a asaltar la ciudad?
—Es complicado acercarse a los guardias —dijo Elarion—. No dudo que haya alguien que apoye a ese general, pero es difícil saber quién está de nuestro lado.
—¡Nadie está de nuestro lado! —espetó Siraë Velnar, la curandera del grupo—. Ese es justamente el problema. ¡¿En serio crees que querrán cooperar si les decimos nuestra causa?! Debes estar idiota para pensar eso.
—No es necesario que simpaticen con nuestra causa —intervino Thyren Halveran, un lancero experimentado, que escuchaba atentamente desde las escalerillas del carromato—. Solamente hay que cambiarla.
—Otro idiota que cree saber lo que dice —exclamó Siraë.
—Lo que queremos es, en parte, lo que ellos quieren —dijo Thyren—. Solo debemos darles la narrativa que buscan.
—¿Cómo harás eso? —preguntó Siraë.
—Primero hay que conocer exactamente qué ha hecho para ser reconocido —explicó Thyren—. Una vez que sepamos eso, nos será más fácil contactar simpatizantes.
—Es que debes ser ciego, tal vez —lo insultó Siraë—. ¿No has visto los afiches? Ese general es alguien perseguido. Si te encuentran hablando de él, te matarán.
—Siraë —la reprendió Lety—, no te precipites. No ha pasado nada de eso.
—Hay gente que lo apoya, y no hay soldados que los detengan —continuó Thyren—. Tenemos que conocer estos hechos; de ese modo, podremos crear una rebelión más severa.
La comandante y algunos soldados pensaban seriamente en lo que esa estrategia podría significar. Creían que aquella opción le daría una solución poderosa a su cometido.
—Elarion —añadió—, debes volver y preguntar por los actos que haya hecho ese general. Además, pregúntale cuántos más conoce que lo apoyen.
El muchacho asintió. Comenzarían nuevamente en la mañana; sería menos sospechoso.
—Si logramos tener esa información, estaremos más cerca de tomar esta ciudad.
Cuando las palabras de Thyren terminaron de resonar, descansaron aquella noche. Quizá era un sueño de infantes, una ilusión imposible, pero aquel día se sintió como una oportunidad de conseguir aquello tan anhelado.
A la mañana siguiente, tan pronto como Elarion se despertó, se dirigió nuevamente a la taberna donde había estado la noche anterior. Ahí estaba el tabernero sirviendo bebidas a dos señores vestidos de traje, con una imagen de un dragón encadenado en el hombro.
—Buenos días, ¿qué te ofrezco? —habló el tabernero. Elarion pidió una bebida casual, carente de alcohol para llevar a cabo sus tareas sin caer en la provocación.
—Dígame, ¿qué ha hecho este tal Surghen Dürhavel para que se hayan ganado su respeto? —preguntó Elarion mientras el tabernero le preparaba el coctel.
—Surghen Dürhavel conquistó Tharûl-Bel y el Altheryn con menos hombres de los que habría podido pensar el Emperador. —dijo el tabernero con orgullo.
—¿Eso no lo convierte en traidor? —preguntó genuinamente Elarion.
—En teoría, pero va más allá —dijo el tabernero. —Surghen Dürhavel no tiene miedo de los fyrtanos como lo tiene el emperador Tyrnium. Los ha combatido en donde se los ha cruzado y los ha derrotado.
—Y sus acciones, ¿se han quedado solo en eso, en acciones bélicas? —preguntó Elarion. Los dos hombres que estaban a su lado le pusieron suma atención y lo comenzaron a ver disimuladamente.
—Dicen que en Dorlak los niños caminan con monedas en los bolsillos.
Sin miedo. Aquí, y sobre todo en estos tiempos, eso es sentencia de muerte.
—El tabernero volvió a llenar una ronda de cervezas que le pidió otro cliente—.
Dicen que, mientras el Dragón Encadenado ondeé en Dorlak, la prosperidad reinará en la ciudad.
—¿Y usted qué espera de ese régimen de Dürhavel? —preguntó Elarion mientras le daba un trago a su bebida.
—Espero que Dürhavel venga a reformar esta ciudad que se está muriendo en la putrefacción de la familia Valdyran. —dijo ferozmente el tabernero.
—Entiendo —se despidió Elarion mientras pagaba—. Gracias por lo que me dijo.
Mientras salía de la cantina, los dos hombres que estaban a sus costados lo detuvieron y lo guiaron a una sala secreta, detrás del mostrador. Estaba iluminada por unas pocas velas colgadas de un candelabro de cobre oxidado.
—Mostraste un interés algo distinto a lo que acostumbramos —dijo uno de ellos—. ¿Simpatizas con Surghen Dürhavel?
El hombre se sirvió un licor robado.
—No puedo decir que simpatizo totalmente con Dürhavel —respondió Elarion—, pero sé que ambos queremos el mismo objetivo.
—¿Cuál es ese objetivo que tanto anhelas, y que te tiene buscando las acciones de Surghen Dürhavel? —preguntó el secuestrador.
—La caída de Kaer’Durnath —respondió rápidamente Elarion—. La caída de la Casa Valdyran.
—¿Y qué buscas conseguir con su caída? —insistió el hombre. Elarion se quedó en blanco. No supuso que le preguntarían eso. Debía responder algo, aunque fuera básico.
—Un mejor futuro para mi familia —dijo con voz segura, aunque algo dubitativa.
—¿Es una ternura, no? —le dijo el hombre a su compañero, riéndose—. Ve mañana en la noche a esta dirección —añadió, entregándole un papel a Elarion—. Si le dices a alguna autoridad, lo sabremos… y te mataremos.
Lo jalonearon hasta la salida de la taberna y lo dirigieron a un callejón apartado del resto, donde le encajaron un puñal en el brazo con gesto de determinación. Acto seguido, lo dejaron ir.
—De las ruinas se alzará su fuego eterno —dijo uno de ellos, mientras Elarion se alejaba, sujetando el brazo para contener la hemorragia.
Esa noche Siraë trató la herida de Elarion de manera improvisada: lo vendó con una tira de lino que traía consigo y le dio a beber una infusión de laurel. Unos minutos más tarde llegó la comandante, dejó sus armas dentro del carromato, y Elarion le entregó el papel.
—Quienes me entregaron ese papel apoyan a Surghen Dürhavel —dijo Elarion—. Es una dirección donde esta gente debe reunirse.
—¿Es alguna especie de sociedad? —preguntó Lety.
—Creo que sí —respondió el muchacho—. Tal vez puedan darnos algún apoyo para el asalto.
—Tal vez —respondió Lety mientras se guardaba el papel y se metía al carromato a dormir.