Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 22. LA CIUDAD DE PIEDRA Y
48%

CAPÍTULO 22. LA CIUDAD DE PIEDRA Y

SILENCIO

Surghen estaba sudoroso. Aunque la batalla había sido rápida —de menos de un día— y ejecutada con una estrategia perfecta, su realización fue agotadora.

Regresó a Dorlak por la puerta este, con un paso muy lento; quería dormir durante días y no despertar hasta la siguiente semana.

Al entrar en la ciudad, aún quedaban algunos cadáveres que se habían colado durante la defensa, pero no fue complicado limpiarlos y enterrarlos.

Sin detenerse, caminó hasta la casa grande de la zona oeste.

Evitaría, por el momento, el contacto con la realeza.

Además, había pasado demasiado tiempo en Tharûl- Bel, durmiendo en una cama un poco rígida.

Cuando llegó a aquella casa, llamó a la puerta. Fue Kaelen quien abrió. Al verlo, no hizo ningún gesto, pues comprendía lo que había sucedido y en qué había concluido. Al fin y al cabo, él siempre acompañó a Surghen.

Naeryn bajó después. Vestía una túnica verde, amarrada a lo largo de la cintura con terciopelo; llevaba sandalias de lana y el cabello recogido con un broche. Caminó hasta Surghen, que dormía profundamente en uno de los sillones de aquella casa.

—Se acabó, mi señora —dijo Kaelen mientras le quitaba la armadura a Surghen.

—¿Qué cosa se acabó? —preguntó Naeryn.

—La guerra.

Naeryn no pareció inmutarse con ese hecho; Kaelen no sabía si lo que le dijo realmente era cierto o si solo era una conjetura basada en el estado de calma en el que se encontraba la ciudad.

Naeryn llegó con Surghen, lo levantó y se lo llevó poco a poco a las habitaciones.

El escudero se quedó en el piso inferior: Naeryn le había dicho explícitamente que tenía totalmente prohibido subir.

El repiqueteo de los cascos de los caballos comenzó a sonar cada vez más cerca, dando indicios de que se aproximaban a la casa.

Velrik Anhal se levantó y empuñó su lanza con fuerza.

Kaelen dejó de respirar y apretó la mano sobre la empuñadura de su espada, esperando que no fuese nada.

Dos soldados a caballo llegaron a la casa.

—Lord Tharven Kûrdras solicita la presencia del Comandante Dürhavel en el castillo —informó el primero.

Ambos soldados vestían armaduras oscuras, sin blasón alguno. No llevaban cascos. Las espadas colgaban de sus cinturones, y los escudos descansaban en sus espaldas. Los caballos eran marrones lisos, con crines negras y ojos blancos.

Desde arriba, Naeryn observaba la escena.

La ventana estaba abierta, pero los cortinajes apenas entreabiertos, lo suficiente para que pudiera escuchar todo.

Surghen yacía profundamente dormido en la cama, vestía únicamente un jubón de cuero sobre una túnica verde, y pantalones de cuero del mismo tono.

—Surghen —llamó la mujer—. Te están buscando en el castillo —Surghen no respondió, estaba bien agotado. Naeryn lo movió un poco y Surghen despertó—. Te buscan en el castillo —dijo nuevamente.

—Que vaya Kaelen —balbuceó Surghen.

Naeryn asintió con un leve ademán al ver el estado de Surghen.

No dijo nada: bastaba con mirarlo para entender que su cuerpo había llegado al límite.

Cerró completamente los cortinajes, guardó la armadura en una caja grande y bajó las escaleras hasta donde estaba Kaelen, que escuchaba el anuncio detrás de un pilar, con total atención.

—Ve en lugar de Surghen —ordenó Naeryn—. Y restaura su armadura, ¿quieres?

Kaelen asintió y salió de la casa.

***

Una nueva caravana de comerciantes se divisaba desde la colina donde Lethira Vaelwyn estaba con su ejército, y era posible predecir su trayectoria.

Aquella era la oportunidad perfecta para que Lety y un pequeño grupo de infiltrados lograran entrar en la ciudad.

El plan era bastante simple: se disfrazarían de comerciantes de licores y cruzarían junto con un carromato, donde estarían escondidos varios soldados.

Pero debían salir ya; si querían alcanzar a la caravana, debían partir en ese mismo momento.

La comandante se vistió con un ropaje de cuero improvisado y rápido, con una pequeña pechera sin blasón para no levantar sospechas.

Sus hombres se vistieron igual, y unos cinco soldados se ocultaron dentro del carromato.

Los cuatro soldados que acompañarían a Lethira desde fuera se vistieron igual que la comandante.

Les quitaron las armaduras y los ropajes distintivos a los caballos, y emprendieron la marcha.

Pese al sonido de los cascos, el camino era bastante silencioso; la luz de la luna los iluminaba bien, y la ropa oscura los escondía lo suficiente.

Los primeros carromatos de comerciantes comenzaron a entrar en la ciudad cuando Lety y sus hombres alcanzaron la caravana. A partir de ahí, era solo cuestión de suerte para que los dejaran pasar. La comandante ya no sabía cómo argumentar que transportaban vinos, en caso de que llegaran a preguntar.

Tardaron un rato en llegar a la puerta. Los guardias investigaban a los migrantes: llevaban una farola, algunos portaban palos, y otros, directamente espadas.

—¿De dónde vienen y qué transportan? —preguntó el guardia del retén.

—Venimos de Kaelrith —respondió Lety con suma tranquilidad—. Transportamos licores y ropa para el centro de la ciudad.

—Abran el carromato —ordenó el guardia.

Vaelis Morwen, la arquera de aquel grupo, abrió la puerta del carromato.

Los soldados que estaban dentro se escondieron como pudieron entre la ropa que habían metido y las armaduras que se habían quitado.

Los cinco aguantaban la respiración; los nervios eran casi palpables.

Más de algún fyrtano rezaba en silencio, esperando no levantar sospechas.

El guardia rodeó el carromato y lo investigó a fondo. Miró por debajo de las llantas, golpeó varias veces la madera, revisó nuevamente el interior, iluminó el rostro de los comerciantes, observó los asientos y los demás caballos. No encontró nada fuera de lo común.

—Adelante —dijo el guardia, dejándolos pasar.

Los soldados que estaban dentro del carromato seguían conteniendo la respiración todo lo posible. Necesitaban una señal para saber que estaban fuera de peligro. No se movían, no hablaban. Lety se obligó a reducir el paso y a caminar únicamente, hasta que pudieran detenerse a descansar.

Pasaron la milla de distancia, giraron en un callejón oscuro y se detuvieron ahí. Lety bajó del carromato. Elarion dio unos golpes a la parte trasera, anunciando a los soldados escondidos que ya estaban en zona segura.

—Haremos guardias —ordenó la comandante—. Descansemos, empezaremos a trabajar en la mañana.

Los soldados se encerraron en el carromato, mientras ella hacía guardia. Eran dos horas de vigilancia por turno. El día siguiente sería otra historia.

***

Había un silencio sepulcral en la sala. Ya habían pasado dos semanas y todos esperaban algún anuncio del general Tyr.

El Rey creía ciegamente que el general habría cumplido su cometido, pero algo no cuadraba.

Era extraño: no había dado ningún informe.

Tyrnium recordaba que él mismo le había dado órdenes directas de informarlo en cuanto arrestara a Dürhavel.

El general llevaba algo más de una semana de retraso, y esos días eran jornadas de desinformación que la capital sufría.

Pasó una hora. Una larga hora de silencio en el consejo imperial.

Eldren entró por una puerta trasera y oculta, justo detrás del trono de Tyrnium.

Llevaba un papel y traía el rostro totalmente demacrado.

Llegó hasta el Rey en silencio y le entregó la carta que tenía en la mano.

Tyrnium la abrió y la leyó en voz alta, para que todo el Consejo Imperial supiera lo que estaba pasando.

Desde Dorlak hasta Kaer’Durnath.

Lamentamos informar sobre la muerte del general Tyr Vexorûn. El general falleció en batalla, tratando de tomar el control de la ciudad de Dorlak.

Ha aparecido un nuevo orden nacional en la guerra, dirigido por quien es inteligente y por quien conoce a su gente. Por mi palabra, yo, Tharven Kûrdras, castellano de Dorlak, declaro la lealtad de la ciudad fronteriza al comandante Surghen Dürhavel.

Firma Lord Tharven Kûrdras, castellano de Dorlak.

Firma Surghen Dürhavel. Comandante Supremo de las hostes drakarianas.

La sorpresa era mucha, la reacción llegó tarde, y las medidas necesarias también.

No fue hasta ese momento en que el Rey se dio cuenta de que la insurrección de Surghen debía tratarse como un tema de máxima prioridad.

Fue hasta ese momento en que Tyrnium Valdyran reconoció el desenlace de sus propias decisiones.

Por primera vez en más de cuatro décadas, la lealtad hacia su apellido y corona volvía a estar en juego. Ya no podía confiar en nadie: ni en sus generales, ni en su propio consejo de guerra. Esa fue la principal razón por la que volvió a actuar por cuenta propia.

—Cierren la ciudad —ordenó—. Las puertas y el espacio aéreo. Nadie saldrá ni entrará a la capital sin permisos especiales.

Los generales no dijeron una sola palabra, ni soltaron ningún ruido; no obstante, hicieron lo que el Rey les había pedido.

Una vez más, Lord Varoth debía enviar un mensaje a Surghen, y esta vez, de la manera más discreta posible.

Ya no podía salir de la ciudad, ni enviar el cuervo, así como tal.

En ese momento, tanto su reputación como su vida estaban en riesgo.

—Envíen cartas a Zarn-Korveth y a Braveth. Soliciten tropas y refuercen la ciudad. Estamos en estado de alerta —añadió el Emperador. Acto seguido, salió de la Sala de Guerra.

«¿Cuánto se tardarán las tropas en llegar?», se preguntó Varoth. No tenía caso gastar tiempo en pensar en aquello. El comandante disimuló la carta que le estaba escribiendo a Surghen; incluso podría confundirse con una carta dirigida a algún ser querido.