Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 21. EL LÍMITE DE LA LEALTAD #3
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CAPÍTULO 21. EL LÍMITE DE LA LEALTAD #3

Kaelen notó cómo el rostro de la mujer cambiaba lentamente.

—Estoy seguro de que el Comandante vendrá a visitarla una vez acaben las tensiones.

Aquella respuesta no pareció convencer a Naeryn, pero igualmente se adentró en su casa y dejó que Kaelen entrara también.

El interior estaba ricamente ornamentado, como si perteneciera a la realeza.

Un pasillo central dividía dos salas de estar, con sillones de cuero junto a una mesa tallada en roble barnizado.

Al fondo de la estancia, una escalera doble conducía a las habitaciones, separando también una cocina amplia de una sala de comedor vasto.

Al subir las escaleras, en el centro de la pared, había un retrato de gran tamaño: Surghen y Naeryn vestidos con atuendos drakarianos tradicionales, el trono del Varkhalion detrás, y dos blasones del dragón encadenado flanqueando la imagen.

***

Los soldados capitalinos se habían presentado frente a la puerta este de Dorlak.

Llevaban decenas de blasones del dragón rúnico, como si quisieran dejar claro que aquella ciudad seguía siendo dominio de Valdyran.

Desde las murallas, algunos hombres del Comandante observaban en silencio, preguntándose si ese despliegue era una amenaza o una advertencia.

El general Tyr Vexorûn estaba llamando constantemente a la puerta, urgido por entrar a la ciudad; ya llevaban algunas horas de retraso. El guardián les había cerrado totalmente el acceso y no pensaba abrir la puerta bajo ningún concepto, tal como Tharven Kûrdras se lo había pedido.

Tyr Vexorûn, frustrado por la negativa de los locales, lo interpretó como traición a la Corona. Ordenó a sus catapultas disparar contra la puerta este, tratando de quebrarla, pero no lograban ningún resultado.

Al notar la resistencia, Tyr redirigió el ataque hacia los pasillos exteriores del muro, apuntando directamente a los guardias.

Fue entonces cuando Surghen, montado a caballo, salió por la puerta sur junto a su ejército. El galope marcó la tierra como un tambor de guerra. La carga era tan feroz que bastaba el paso de un solo corcel para aplastar a un hombre.

En unos pocos minutos, comenzaron a ver la columna de cinco mil soldados capitalinos que se aglomeraban en el muro —tontamente—, pues habían perdido la atención del segundo frente.

Cuando los invasores se percataron de Surghen y sus caballos, era demasiado tarde.

Los locales de Dorlak embistieron a los soldados a pie y pasaron por la espada a otros tantos más.

La traición ya estaba consumada, y el plan estaba saliendo a la perfección.

Tan pronto como los soldados pusieron su atención en Surghen y su ejército, el guardián abrió la puerta, y otras tantas cohortes comenzaron a atacar a los capitalinos.

Los soldados que Tyrnium había enviado estaban totalmente rodeados.

Trataban incansablemente de defenderse, pero no era posible: sufrían cada vez más bajas, y no podían frenarlas de ninguna manera.

El general Tyr tuvo la suerte de encajar un machetazo al caballo de Surghen, que se desplomó de inmediato con todo y jinete.

El Comandante Dürhavel no tuvo tiempo de pensar: se levantó rápido y encaró al general, quien le lanzó un primer tajo que Surghen bloqueó con el escudo.

Se deslizó, intentó golpear con la espada, pero Tyr se giró con velocidad, desvió el ataque y lo desacomodó.

Luego le lanzó un golpe directo con el escudo, y Surghen salió disparado hacia el suelo.

En los pocos minutos que llevaba aquella batalla, ya se habían formado cientos de cadáveres que se arremolinaban en colinas.

Surghen cayó sobre una de ellas, se levantó con dificultad, volvió a agacharse, rodó por el suelo y esquivó otro golpe.

Se puso de pie, hizo pequeños brincos para descomprimir las extremidades, tomó aire y se abalanzó contra el general, que cubría los golpes como podía.

Surghen buscaba un punto ciego, algún cambio de postura que lo trabara, pero no lo encontraba.

Entonces se agachó y pateó a Tyr en el casco, sacándolo del trance que le provocaba el fragor de la batalla.

Saltó lateralmente, cayó de cuclillas sobre su espalda, y el general tardó un segundo de más en girar.

Surghen aprovechó ese retraso y rajó su costado.

La pérdida de sangre fue tal que Tyr no sobrevivió un minuto más.

Tan pronto como inició aquella batalla, tan pronto acabó.

Los drakarianos que Tyrnium había mandado eran totalmente inferiores en número frente a los locales de Dorlak, quienes apenas sufrieron bajas gracias a una estrategia casi perfecta.

La guerra terminó con brutal rapidez, y con ella, Kaer’Durnath perdió por completo su poderío militar.

Lord Tharven Kûrdras decidió hacer oficial su afiliación a la causa del Comandante: quemó los blasones del dragón rúnico de Valdyran, y para la noche de ese mismo día, las nuevas banderas del dragón encadenado ondeaban en lo alto de las astas de la ciudad de Dorlak.