Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 21. EL LÍMITE DE LA LEALTAD #2
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CAPÍTULO 21. EL LÍMITE DE LA LEALTAD #2

—Kaelen —llamó—. Kaelen —el escudero despertó poco a poco. No se levantó, miró a Surghen y notó que llevaba una bolsa de cuero grande.

—¿Qué sucede, mi señor? —preguntó.

—Nos vamos a Dorlak. Envía un cuervo a Kaelrith, que traigan refuerzos a este castillo.

Kaelen ya no dijo nada. Parpadeó un momento, se estiró y se levantó. Encendió una lámpara de aceite del atril y comenzó a escribir el mensaje, plasmándole un particular signo de urgencia.

Después de aquello, el escudero se vistió con una camisa negra y una túnica del mismo color, se puso las botas y corrió hasta la hospitalaria. Al llegar, vio que Neryss, poco a poco, estaba recuperando la movilidad en las piernas.

—Órdenes del Comandante —dijo Kaelen—. Nos iremos a Dorlak. Selthar, guarda todo lo necesario. Saldremos de inmediato.

—¿Qué pasará conmigo? —preguntó Neryss.

—Te irás conmigo —le dijo Selthar mientras corría por algunos cofres y cajas para guardar todo su equipo.

El curandero no tuvo tiempo de preguntar por las razones de esta marcha para cuando Kaelen ya había salido de la sala.

En el momento en que el escudero llegó al patio central, vio que Surghen ya había mandado llamar a una centuria que también los acompañaría.

—Mi señor —dijo Kaelen, acercándose a Surghen—. Alguien debe ir por Neryss, no puede caminar.

—¡¿Y qué estás esperando?! —lo reprendió el Comandante.

Kaelen regresó a la hospitalaria y cargó a la arquera sobre su espalda. Volvió al patio corriendo y depositó a la muchacha sobre un carro pequeño, donde todavía había suficiente espacio, y le cubrió las piernas con una sábana de lino.

Unos momentos más tarde, llegó Selthar; dejó las cajas que llevaba en el mismo carro y subió a su caballo.

Una hora después de recibir el mensaje desde la capital, Surghen y su centuria ya estaban formados, listos para partir.

Torric abrió la puerta oeste de Tharûl-Bel, y el pequeño ejército se lanzó al galope encabezado por Surghen y Kaelen.

Si todo salía como estaba planeado, llegarían a Dorlak dentro de una semana.

***

Lethira Vaelwyn salió de su tienda a primera hora de la mañana.

Sentía el cuerpo más ligero, la mente más clara, como si el descanso hubiera devuelto algo que creía perdido.

El calor suave del amanecer le reconfortaba, y la actitud serena de sus hombres parecía confirmar lo que ella intuía: ese día podía ser distinto.

Los fyrtanos habían abandonado Nur’Dan diez días atrás. Dejaron el cuidado de la ciudad a Kaerion Dalthur, junto con los soldados drakarianos que se habían rendido y los que se habían unido a sus filas.

Lety partió con cinco cohortes de soldados; le parecía fuerza suficiente para intentar tomar la capital.

El capitán Edrion Falek le había comentado que poco más de cinco mil hombres habían salido de Kaer’Durnath, lo que dejaba a la ciudad severamente debilitada.

Las tropas de Lety ya habían cruzado el río, recorriendo con baja velocidad los campos y colinas cercanas a la capital drakariana.

Tuvieron suerte: el caudal no venía desbordado. En esos días, el agua que bajaba desde las montañas escaseaba.

Aumentaron la velocidad de sus pasos, tratando de evitar el campo de visión de Kaelrith; no querían enfrentarse a sus soldados.

La comandante eligió una pequeña pendiente al norte, lo bastante alta para observar la capital sin comprometer su posición, y lo bastante baja para mantenerse oculta de la ciudad que quedaba al sur.

Elarion Kaeveth, uno de sus hombres, calculó que estaban a dos millas de la ciudad.

Aun así, los muros de Kaer’Durnath se alzaban con tal fuerza que era difícil estimar su altura.

Le parecían superiores a treinta yardas, y más que eso: parecían hechos para resistir siglos.

Los fyrtanos formaron el campamento ahí mismo y acordaron posponer el ataque a la capital, entre dos días y una semana como máximo.

Mientras tanto, se limitarían a vigilar desde lejos, enviar escuadrones cercanos para evaluar el estado de la muralla y, solo entonces, intentar infiltrar agentes.

Planeaban una ofensiva de dos frentes y buscaban contactar con algún renegado del régimen.

***

Surghen y su ejército estaban llegando a Dorlak. La encontraron con las puertas abiertas de par en par: los estaban esperando. No había ningún cambio significativo. Era la misma ciudad triste que alguna vez se ganó fama por ello, pero esta vez, era distinta.

Ahora representaba un punto estratégico. La ruta entre Kaer’Durnath y Tharûl-Bel exigía una escala en Dorlak y atravesarla.

Aquellos días eran los más tensos. Reinaba una extraña paz, como si nadie presintiera que el golpe devastador de la guerra estaba por caer sobre su ciudad.

Tal vez era mejor así. Mejor que nadie supiera que, en unas pocas horas, la espada pasaría sobre ellos y el escudo los aplastaría.

No había tiempo que perder. Surghen y Kaelen se separaron del grupo y galoparon hasta el castillo, donde el consejo de guerra de Dorlak ya los esperaba, avisados por un cuervo que Surghen les había enviado pocos días después de haber salido del castillo fronterizo.

Habían trazado una estrategia para mantener la guerra lejos de sus muros y, al mismo tiempo, defenderse de una invasión. Algunos miembros del consejo aún consideraban inverosímil aquella situación.

«Nunca pensé que llegaríamos a defendernos de nuestros propios aliados», pensó uno de los miembros del consejo.

Una vez acordado el plan de combate, decidieron no apartarse de las tácticas tradicionales. Tharven Kûrdras le pidió a Surghen que se ocultara, pero el comandante se negó rotundamente. Estaba decidido: quería liderar el grupo de soldados que atacaría por la puerta este.

—¿Está clara la estrategia entonces? —preguntó nuevamente Lord Tharven.

Todos asintieron con la cabeza. Concentrarían la mitad del ejército de la ciudad en la puerta norte o en la puerta este, dependiendo de por dónde llegaran los capitalinos. Obligarían a éstos a iniciar la confrontación.

Una vez que los soldados estuvieran totalmente ocupados con la defensa de la ciudad, Surghen y la otra mitad del ejército saldrían por la puerta contigua a la que estuviera recibiendo el ataque. De esta forma, lograrían abrir dos frentes y dificultar el avance enemigo.

Acorralarían a los capitalinos, obligándolos a distraer su atención de alguno de los frentes, soñando que fuera la puerta. Así podrían abrirla y atacar desde la retaguardia y la vanguardia de los soldados invasores.

Surghen salió de la sala con paso firme. Se detuvo junto a una columna de piedra y comenzó a colocarse la armadura. El metal mostraba signos de desgaste: raspaduras, bordes sin pulir... Pero aún se ceñía con fuerza, y servía para lo que realmente importaba.

—Te tendrás que quedar dentro de la ciudad —le ordenó a Kaelen.

—Señor, soy su escudero. Debo estar junto a usted en la batalla —replicó el muchacho.

—Hoy no —respondió Surghen. Era bastante directo con aquellas decisiones; difícilmente cambiaba de parecer—. Eres un gran soldado. Necesito que te quedes aquí y protejas a una persona en específico.

—¿A quién? —quiso saber el escudero. Era la primera vez que le ofrecían algo así.

—Al final de esta calle, hacia el oeste de la ciudad, en una casa grande, está un soldado llamado Velrik Anhal. En la casa donde esté él, llamas a la puerta y preguntas por Naeryn Elvaris —dijo Surghen.

—¿Cómo sabré qué casa es? —preguntó Kaelen.

—La reconocerás. Es más grande que el promedio —le dijo Surghen—. Te advierto, Kaelen: si algo le pasa a esa mujer, puedes considerarte hombre muerto.

—Entendido, señor —se despidió Kaelen, un poco asustado. Se subió a su caballo y galopó hacia donde su maestro le había indicado.

La casa estaba bastante lejos, casi pegada a la puerta oeste. Era imponente: construida en basalto, con decoraciones robadas de piedra de Thyr, vitrales en las ventanas y puertas de madera oscura. En el pórtico, apoyado en un arma híbrida entre lanza y hacha,

Velrik Anhal dormitaba. Había sido sirviente de Surghen durante su estancia en el Bastión de Varkhadrûn.

Kaelen llamó a la puerta. La abrió una mujer de belleza serena, vestida con lino rojo de bordes dorados, zapatos de plataforma del mismo tono, el cabello suelto y ondulado, y el rostro maquillado con delicadeza. No dijo nada. Solo lo miró.

—Diga —pidió Naeryn.

—Mi nombre es Kaelen Virelth. Estoy buscando a Naeryn Elvaris —tartamudeó Kaelen, nervioso y deslumbrado ante la belleza de aquella mujer.

—Soy yo —respondió Naeryn—. ¿Qué necesitas? —Su voz era particularmente dulce e hipnótica.

—Me envía el Comandante Surghen Dürhavel —dijo Kaelen—. Me ha ordenado brindarle seguridad personal mientras se desenvuelve y se controla la guerra.

—¿Surghen está en la ciudad? —preguntó Naeryn.

—Sí.

—Tráelo —ordenó la mujer—. Quiero verlo.

—No creo que sea oportuna su petición, mi señora —dijo Kaelen—. Los tiempos que corren no ameritan este tipo de reuniones.