Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 21. EL LÍMITE DE LA LEALTAD
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CAPÍTULO 21. EL LÍMITE DE LA LEALTAD

Un cuervo salió volando de la frontera hacia la capital con un mensaje lúgubre para sus destinatarios.

Tal como Surghen le había dicho a Kaelen: una vez que el general Alvarûn hubiese llegado a sus dominios, le darían un mensaje al Rey.

Pero el Comandante terminó enviando un segundo cuervo para informar a Lord Varoth Enkran quien, según él mismo, también profesaba la lealtad hacia su causa y hacia su nombre.

***

Dos nuevos cuervos habían llegado desde la frontera. Ya se cumplía entonces un mes desde que el general Alvarûn fue enviado para sustituir al Comandante.

Cuando Lord Varoth leyó los hechos, se quedó estupefacto. El propio Surghen lo había puesto en una encrucijada, y por su posición, no podía apoyar aquella decisión del militar. «Mejor no diré nada», pensó.

El segundo cuervo llegó a la Torre de Mensajería del Varkhalion y Eldren recibió el papel. Cuando el sirviente vio de qué se trataba, no tardó en correr al encuentro con el Emperador.

Tyrnium había cometido el error de pensar que Surghen todavía seguiría bajo su mando; que todavía le tenía respeto, aun con todos los actos de insurrección de este.

Eldren entró con paso firme, mas no corriendo; hizo una reverencia ante la Familia Real y le entregó el papel al Rey.

Desde Tharûl-Bel hasta Kaer’Durnath.

Por órdenes de Lord Tharion Mûrvel, castellano de Tharûl-Bel y comandante de la defensa drakariana fronteriza, se le informa al rey Tyrnium Valdyran y al Consejo de Guerra Imperial que el general Alvarûn Khaedor fue arrestado y ejecutado.

El general presentó actitudes en contra de los locales de este castillo, indirectamente incitando a la muerte del Comandante Surghen Dürhavel. Fueron estos hechos lo que lo llevaron a su ejecución.

Firma Surghen Dürhavel. Comandante Supremo de las hostes drakarianas.

«Tal como dijo Varoth: Surghen sospecharía, y mi cólera sería mayor —pensó—.

Pero, para que Surghen se hubiera enterado, alguien debió haber hablado...

Alguien de mi consejo». El Rey no terminó de comer; llamó a otro sirviente para que arreglara su espacio de comida, mientras él se retiraba.

«Me vio la cara de imbécil. ¿Dragón Encadenado?

Ese traidor debe regresar al Kharthûr, junto con quien sea que haya hablado para informarle».

—Eldren, llama al consejo —ordenó.

Estaba más enojado por la traición de uno de ellos que por los actos de Surghen. «Para quitar la maleza, tengo que arrancar su raíz». Aquella audiencia sería exclusivamente para encontrar y encerrar al traidor.

Tardó unos pocos minutos en llegar a la sala de guerra.

El consejo ya lo esperaba, discutiendo entre ellos sobre posibles rutas estratégicas ante la situación de Nur'Dan, pues sus atenciones seguían centradas en aquella amenaza.

Algunos comenzaban a sospechar que, debido a la inacción de las ciudades colindantes, la invasión de la ciudad solo había sido una farsa, sostenida por el hecho de que Tyrnium nunca envió ningún cuervo a Thun'Zakar.

Ningún miembro mencionó a Surghen ni su situación. Suponían que, al no tener noticias, no había nada de qué preocuparse.

—Dürhavel ha asesinado al general Alvarûn —dijo Tyrnium. En ese momento, Tyrnium encontró miradas de asombro; la mayoría eran genuinas, excepto la de Lord Varoth, pues él sabía exactamente qué había hecho Surghen.

—¿Qué sugiere que hagamos? —preguntó Zevron.

—Arrestaremos a Surghen —ordenó—. Y también al traidor que le informó.

Nadie dijo nada. Una centuria entró a la sala de guerra.

—Alguien de este consejo ha transgredido una orden imperial. Buscó el bienestar del traidor Surghen Dürhavel antes que el bienestar de la Madre Patria, y eso es alta traición.

»Cada soldado aquí presente tendrá una escolta. Ninguno de este consejo tiene permitido moverse sin ella. La mensajería queda prohibida. Quien envíe un solo pájaro a cualquier lugar, será arrestado por traición.

»Informa al capitán Tyr —le susurró a Eldren—. Que prepare a sus hombres para arrestar a Surghen.

—Mi señor, me parece que está cometiendo un error. Está siendo muy impulsivo —dijo Ilenya.

—No inicié esta audiencia para pedir su opinión —el Rey le lanzó una mirada acusatoria—. Enviaremos tropas a Tharûl-Bel. Surghen Dürhavel es un traidor, y debe ser tratado como tal.

El consejo estaba profundamente confundido, y Lord Varoth, consternado.

«Idiota, era obvio que fue uno de nosotros», se recriminó.

No protestó. Trató de actuar con normalidad ante la escolta que ahora lo seguía.

Se movió con paso firme hasta su habitación.

No quería levantar más sospechas de las que ya había.

—Quédense vigilando. Estaré dormido —ordenó a los guardias.

Cuando entró, cerró la puerta con llave y la atrancó. Bajó los cortinajes, encendió los candelabros y desplegó un papel vacío sobre el atril. Debía darse prisa: tenía que enviar el pájaro antes de que Tyrnium movilizara a los soldados.

Una vez terminado el mensaje, encendió la chimenea para recibir calor, abrió las ventanas para que el calor no sofocara, y alimentó a sus pájaros. Vertió cera sobre el papel enrollado, colocó el sello, y lo amarró a uno de los pájaros. Esperaba que el cuervo se camuflara bien en la noche.

Después de enviarlo, Varoth recorrió sus habitaciones y retiro la barricada de la puerta. Se acercó a la pila de agua, se mojó el rostro y se fue a dormir, esperando que el emperador no hubiera notado su desobediencia descarada.

***

Surghen se encontraba en su habitación, repasando un papel que había sacado de las ruinas de Vaer-Morrak.

Buscaba sentido en las frases extrañas que contenía, y se había dado cuenta de algo inquietante: su espada llevaba la misma inscripción que esos textos.

Más inquietante aún, su apellido aparecía en dos de ellos, uno escrito —aparentemente— por un tal Dürhavel.

Ninguno decía nada más allá de eso. No había nombres, ni fechas, ni contexto.

Con cada ojeada, los escritos parecían menos documentos antiguos y más leyendas urbanas. Pero algo se había despertado en él. Una fascinación silenciosa, casi obsesiva. Pensaba y soñaba con encontrar la información que le faltaba.

Estaba convencido de que aquella centuria que lo acompañó no había registrado lo suficiente. Ni él tampoco. En ese pequeño lapsus mental, se decidió: volvería a recorrer las ruinas, una vez que la guerra terminara.

Un golpeteo constante en la puerta lo sacó de su trance. Se levantó de la cama, se puso una túnica roja y abrió. Era Torric, con una carta en la mano.

Surghen la recibió en silencio, despidió al sirviente y volvió a encerrarse. Al observar el sello, su pulso se detuvo un instante: el escudo de la Casa Enkran.

Lo rompió con cuidado, desplegó el papel y comenzó a leer. No estaba ilusionado. No esperaba nada. Lo único que esperaba eran órdenes.

Desde Kaer’Durnath hasta Tharûl-Bel.

Su Alteza Real, Tyrnium Valdyran, ha perdido totalmente la razón. Está cegado por la rabia y por el descontrol hacia el Comandante Dürhavel. Está perdiendo la guerra y está tomando decisiones equivocadas.

Los fyrtanos han tomado Nur’Dan. Nadie sabe qué tan cerca se encuentran de la capital, o si directamente se han infiltrado en Kaer’Durnath, pero al emperador no parece importarle.

Sus últimas acciones han sido declarar al Comandante Surghen Dürhavel como traidor a la Madre Patria Drakareth, y establecerlo como enemigo número uno de la Corona.

Ha enviado una docena de pájaros a todas las ciudades del país, haciendo oficial este aviso, además de ordenar un envío masivo de tropas desde la capital hasta Tharûl-Bel.

Los fyrtanos no tardarán en tomar Kaer’Durnath si permanece así de debilitada.

Firma: Lord Varoth Enkran, comandante del Alto Karneth y miembro del consejo de guerra imperial.

Aquello tomó por sorpresa a Surghen. Sus actos ya estaban teniendo consecuencias, pero no eran para él. Tenía poco tiempo para pensar en una estrategia o para esconderse: ahora era un fugitivo total.

Surghen pensó con calma todas las opciones.

Sabía que Tyrnium conocía su ubicación en Tharûl-Bel, y también entendía la desesperación que lo empujaba a tomar decisiones tan arriesgadas.

Estaba claro que el Emperador iniciaría una nueva batalla si alguno de sus aliados presentaba resistencia, y Surghen debía prepararse para desaparecer antes de que eso ocurriera.

Aquella era la mejor opción: que algún ejército presentara resistencia.

Surghen descartó de inmediato moverse a Tharwen; pensaba que los fyrtanos aprovecharían la oportunidad para atacar Kaer’Durnath —siempre y cuando Thun’Zakar no los hubiera atacado primero—, por lo tanto, quería estar cerca de la capital cuando eso ocurriera.

La idea que el general Alvarûn había propuesto sobre traer tropas de Kaelrith a Tharûl-Bel ya no le parecía tan descabellada; incluso consideraba prudente reforzar el castillo.

Las tropas de Tyrnium llegarían en unas semanas e iniciarían una batalla contra la defensa de Tharion, que en ese momento no contaba con fuerzas suficientes para repeler un ataque de gran magnitud.

Además de esto, sabía que Tyrnium mandaría como máximo tres cohortes de soldados, pues él, mejor que nadie, conocía la amenaza que Nur’Dan representaba.

El tiempo que él tardaría en llegar a Dorlak sería la mitad del tiempo que tomaría al ejército de Kaelrith llegar a Tharûl-Bel.

«Perfecto, armé el rompecabezas», pensó.

Lo único que quedaba era enviar el cuervo a Kaelrith, además de una coartada creíble para que la ciudad soltara la mitad de sus soldados.

Surghen se vistió rápidamente con un jubón verde sobre la cota de malla, se puso una pequeña capa y se colgó una capucha sobre la cabeza. Colocó la espada en su espalda y guardó su armadura en una bolsa grande. Debía moverse rápido si quería salir vivo… y obtener el trono.

Una vez que tuvo listas sus cosas, bajó un piso del torreón hasta una habitación donde descansaba Kaelen.