CAPÍTULO 20. CORONAS ROJAS #3
—¿Cuánto tiempo estará inmóvil? —preguntó a Selthar.
—Espero que dentro de una semana ya se encuentre perfectamente —dijo Selthar—. Le puedo estar suministrando algunas infusiones más para que acelere la recuperación, pero el tiempo que recomiendo es de una semana.
—¿Qué tanto lo puedes acelerar? —insistió Surghen.
—Tal vez unas horas. Le pido que tenga paciencia, Neryss debe recuperar la sensación y movilidad en las piernas y en el brazo izquierdo.
—Entiendo —dijo Surghen, antes de salir de la enfermería y regresar a la sala de guerra.
Cuando llegó, los dos superiores estaban expectantes. Tharion aguardaba ansiosamente la opinión de Surghen respecto a Neryss, mientras que Alvarûn pensaba estrategias sin despegar la mirada del mapa.
—Neryss se encuentra bien —dijo Surghen—. Selthar recomienda una semana de reposo.
—Excelente —dijo Tharion.
—¿Cómo puede decir eso? —preguntó el general—. Nuevamente le pido que tome mi consejo: tome a mis arqueros e iniciemos el asedio. A cada paso que nos retrasamos, los fyrtanos se acercan más a nosotros.
—Está exagerando general —respondió Surghen—. Los reportes que nos ha dado el escuadrón de exploración de Vaelric indican que no ha habido movimiento alguno por parte de Aelwîn.
—Yo no estaría tan seguro. De nuevo propongo que ataquemos ya —dijo Alvarûn—. ¡Necesitamos quitarnos este problema de una vez!
—No —descartó Tharion—. No debemos precipitarnos de este modo. No tenemos hombres suficientes para tomar Aelwîn.
—Enviaré entonces un cuervo a Dorlak, solicitando soldados. —dijo Alvarûn.
—Tampoco puede hacer eso —replicó Surghen—. Dorlak ya no nos puede prestar apoyo militar; ya cedió la mitad de su ejército, que en este momento se encuentra defendiendo Tharwen.
—Entonces será con Kaelrith —se resignó el general capitalino—. Ellos tienen el ejército que necesitamos.
—De todos modos, el que Kaelrith pudiera prestarnos los soldados que requerimos, eso no satisfaría su prisa por el ataque —dijo Tharion—. Necesitamos carros y máquinas de asedio, lo que retrasará mucho su marcha. Tardarían por lo menos veinte días en llegar.
La sesión terminó mal. No se había podido llegar a un acuerdo, pero los objetivos de Surghen ya estaban trazados.
Cuando estuvieron a solas, en mitad de la noche, él y Tharion decidieron que matarían al general invasor esa misma noche...
junto con su ejército. Alvarûn Khaedor estaba desvistiéndose en su habitación cuando Torric llamó a la puerta.
El general se vistió con una túnica y recibió
al joven.
—¿Quién eres tú? —preguntó.
—Mi nombre es Torric Halwen —respondió el muchacho—. Mi señor Tharion me ha pedido que sea su mayordomo esta semana hasta que partan.
—De acuerdo, si te necesito te llamaré —El general cerró la puerta con fuerza.
Durante las siguientes horas, llevaron a cabo la embestida.
Dos centurias de soldados leales a Surghen salieron al patio principal y les cortaron la garganta o las venas a varios soldados recién llegados; amordazaron a otros, o directamente los durmieron colocando un paño bañado en orina de caballo.
Los que lograron despertar fueron inmovilizados rápidamente y llevados a la edificación usada como prisión local, metiendo a una decena de soldados por celda.
Cuando la operación se dio por concluida, Surghen, junto con otra centuria, avanzó hasta la habitación de Alvarûn, moviéndose sigilosamente. Al llegar a la puerta, Kaelen despertó a Torric y se lo llevó de ahí.
Entre una decena de soldados tiraron la puerta por la fuerza y se abalanzaron sobre el general, que había intentado agarrar la espada.
Le inmovilizaron los brazos y se los estiraron; otros dos soldados lo sentaron y le aseguraron las piernas; una tercera pareja mató a los pájaros que el general había traído para informar a la capital, aunque nunca los envió, al no sospechar de sus intenciones.
—¿Qué significa esto? —preguntó el general, incrédulo.
—General Alvarûn Khaedor —dijo Surghen—. Queda arrestado por actos de traición contra Tharûl-Bel.
—Está mintiendo. Tharion sabrá de esto y lo mandará a matar. —amenazó Alvarûn.
—Me parece que no comprende lo que está sucediendo —dijo Surghen—. Tharion fue quien ordenó este arresto. El castellano lo ha condenado a muerte —mintió. Tharion nunca hizo nada para ese atentado.
—Este frente responde ante Tyrnium Valdyran —dijo el general mientras se trataba de zafar de los soldados de Surghen.
—Este frente responde ante el Dragón Encadenado —dijo Surghen—.
Y yo soy el Dragón Encadenado. La ley de Tyrnium Valdyran ya no es válida en este castillo—.
Sacaron por la fuerza al general y lo encarcelaron en la misma edificación, en una celda apartada y considerablemente más pequeña que las demás.
A la mañana siguiente, el cuerpo del general yacía con los ojos fuera de las órbitas y con un hilillo de sangre seca brotando por la nariz. Fuera de eso, no presentaba ninguna marca de tortura, pero Surghen ya lo sabía. Tharion lo sabía. El general Alvarûn Khaedor murió en el anonimato.