Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 20. CORONAS ROJAS #2
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CAPÍTULO 20. CORONAS ROJAS #2

Surghen caminó hasta la chimenea a medio encender, enrolló la carta, la prendió en fuego y la arrojó entre las maderas. El castellano no sonreía, solo lo observaba con una mirada acusatoria, dudando de la lealtad que aún le profesaba.

«El deber es más grande que la lealtad», pensó Tharion. Torric regresó unos minutos después con media escuadra de soldados, los mismos que resguardaban las habitaciones del castellano. Tharion rodeó su escritorio y se detuvo frente a Surghen.

—Surghen Dürhavel, por orden imperial queda arrestado por actos de alta traición a la Madre Patria. —Los guardias, sin embargo, en lugar de arrestar a Surghen, rodearon al propio Señor del castillo, se abalanzaron sobre él y lo derribaron, obligándolo a arrodillarse.

—Tharion… —dijo Surghen con un cambio de actitud abrupto.

Su mirada ahora reflejaba un destello de satisfacción combinada con la decepción ante la traición descarada—.

Tharion, Tharion—. Se acercó al castellano y le colocó la espada en el ojo, sin llegar a atravesarlo — La próxima vez que pienses en traicionarme, recuerda esto: yo no necesito levantar mi espada para destruirte.

Bastará con una palabra... Y no quedará nadie en esta tierra que recuerde tu nombre ni tu rostro.

Retiró el arma, la guardó, y se marchó sin mirar atrás.

—Cualquier otro mensaje que llegue, me lo das a mí —ordenó a Ederhûn. El mayordomo asintió.

«Maldito seas, maldito sea tu nombre y todo tu linaje —pensó Tharion, observando fijamente cómo los soldados se alejaban siguiendo al Comandante—. Llegará el día en que serás tú quien esté bajo mi voluntad».

Pronto llegó otro mensaje más, el mayordomo de Tharion se lo entregó, y éste se lo entregó a Surghen. El Comandante lo abrió y comenzó a leer.

Desde Kaer’Durnath hasta Tharûl-Bel.

Dado el reciente informe que ha dado el Comandante Dürhavel y sus dificultades en sus campañas fronterizas, el emperador Tyrnium Valdyran y su consejo de guerra imperial han decidido enviar al general Alvarûn Khaedor para apoyar y dar orientación a Surghen Dürhavel en sus campañas futuras.

Por este hecho, queda declarado un permiso de la capital hacia el Comandante para iniciar una campaña militar contra la ciudad de Aelwîn.

Firma el Consejo de Guerra Imperial.

Firma Tyrnium Valdyran, castellano de Kaer’Durnath y rey de Drakareth.

Justamente era aquello lo que Surghen estaba esperando; el consejero le había advertido. Una nueva sonrisa se le dibujó en su rostro. Kaelen se sorprendió al verla cuando llegó a reunirse con él.

—Mi señor, ¿qué sucede? —preguntó el escudero.

—La Corona me quiere muerto —dijo Surghen—. Un general capitalino vendrá a suplantarme. El Rey planea ejecutarme.

—¿Y qué hará entonces? —preguntó Kaelen.

—Esperaré —respondió Surghen—. Supuestamente yo no tengo que saber sobre este ataque. Cuando ese tal Alvarûn Khaedor llegué ante este castillo, le daremos un mensaje a la capital.

»Diles a todos, excepto a Tharion, que la mensajería queda prohibida sin permiso previo. Cualquier cuervo que vean en el cielo, tienes obligación de derribarlo.

Kaelen asintió.

—¿No sería mejor movernos a Dorlak, mi señor? —preguntó antes de retirarse.

—No, aunque Dorlak sea partidario de mi causa, en la ciudad siguen ondeando los estandartes de Valdyran. Me dará menos problemas ejecutarlo aquí, que ejecutarlo en Dorlak.

Kaelen estaba algo confundido, pero no dijo nada. Se retiró con firmeza, decidido a cumplir la orden de Surghen.

El Comandante sabía que contaba con su escudero.

Suponía que, si ese general venía preparado, lo haría con ejército.

Y según los cálculos de Dorlak, tardaría al menos quince días en llegar a la ciudad, y otros trece en alcanzar la puerta norte del castillo.

Era tiempo suficiente para diseñar una trampa.

Surghen recorrió todo el castillo hasta llegar a una habitación de gran tamaño, la cual había destinado como hospitalaria. Allí, Selthar cuidaba de Neryss, quien seguía inconsciente.

—¿Cómo sigue? —preguntó Surghen.

—Grave —dijo el curandero—. Perdió bastante sangre durante la batalla.

—¿Vivirá?

—Es difícil saberlo. Yo espero que sí.

—¿Lograste detener la hemorragia?

—Sí.

El Comandante asintió.

Neryss estaba acostada boca arriba. Llevaba una pequeña chaqueta de cuero negro, cerrada, que le cubría el pecho. En la parte baja del torso tenía un grueso vendaje ya muy manchado. Una cobija de terciopelo le cubría las piernas.

Tenía el cabello marrón oscuro, la piel de tez blanca, estatura ligeramente baja y cejas afiladas. Sus ojos permanecían cerrados, y en la mano sostenía una flecha oscura, similar a las flechas de Lârven-Thal.

Pasó un mes. El sonido de los cuernos de guerra despertó a Surghen, quien se asomó por la ventana y observó la columna de soldados que estaban en las puertas de su castillo.

«Por lo menos serán cinco cohortes». El Comandante se vistió rápidamente con su armadura y salió apresuradamente hasta el patio, donde Kaelen ya lo estaba esperando con las riendas de un caballo.

El crujido de la puerta norte comenzó a resonar.

Los soldados, comandados por Alvarûn Khaedor entraron a Tharûl-Bel.

Por los costados se veían cientos de estandartes de Valdyran y algunos otros menores.

Las armaduras eran de color negro, salvo la del general, que iba vestido con un gris iridiscente.

En el centro de la coraza tenía al dragón rúnico, y en la hombrera, al perro de tres cabezas de su Casa.

Surghen y Kaelen ya estaban sobre sus monturas cuando se les unieron Tharion y Torric. Ambos vestían armaduras negras de bordes afilados, con el dragón encadenado grabado en sus corazas.

Ni el castellano, ni su escudero, dirigieron la mirada a Surghen o a Kaelen.

—Sea bienvenido, general —saludó Surghen—. Quiero presentarnos: yo soy Surghen Dürhavel, Comandante Supremo de las hostes drakarianas. Él es Lord Tharion Mûrvel, castellano de Tharûl-Bel. Este castillo se mantiene bajo su jurisdicción.

—Gracias —dijo Alvarûn Khaedor—. El Emperador me ha comentado que planea seguir la guerra hacia Aelwîn. Me ordenó venir a apoyarlo con la campaña.

—Así es —agradeció Surghen con un entusiasmo falso —pienso marchar pronto—. «Después de tu muerte para ser precisos».

—¿Por qué no partimos hoy, o mañana a más tardar? —preguntó el general, impaciente.

—Estoy esperando noticias del curandero de mi campaña —dijo Surghen—. Estoy esperando a que mi arquera se recupere.

—No tiene de qué preocuparse. Los arqueros que he traído son mejores: están totalmente entrenados y listos para disparar cuando lo ordene. Nomás diga y saldremos de inmediato —dijo Alvarûn.

—Con todo respeto general —intervino Tharion, intentando mantener las apariencias de una alianza ya fracturada—.

Debo reconocer que la experiencia y conocimiento del Comandante son amplios.

En estas tierras, él tiene control total sobre las ofensivas.

Claro, por debajo del consejo —añadió—. Por eso propongo que tenga paciencia y espere a que el Comandante indiqué la salida.

El general asintió de mala gana.

«¿Será que esta prisa se deba a que ya me quiere remplazar? —pensó Surghen—. Si es así, entonces este general es muy estúpido». Las reacciones del general le habían dado las respuestas que necesitaba.

Torric y Kaelen llevaron al general hasta una habitación destinada especialmente para él, mientras que el resto de su ejército plantó un pequeño campamento a las afueras de Tharûl-Bel y en el patio principal.

Esperaban ansiosamente las órdenes de Alvarûn, pero decidieron mantener el perfil bajo y actuar cotidianamente.

Todo ya lo había planeado Surghen y Kaelen. Sabían cuáles iban a ser sus movimientos y conocían todas las posibilidades de su estrategia. Lo que les quedaba por hacer ahora, era actuar como si fueran a emprender contra la Ciudad del Hierro.

Durante los siguientes días, invitaron formalmente al general a formar parte de su consejo de guerra improvisado. Sabían que, de esa forma, se ganarían su confianza. Discutían durante largas horas distintas estrategias para infiltrarse en Aelwîn.

El Comandante envió a Vaelric Durnharn a realizar incursiones de exploración en el lago, con el fin de vigilar la ciudad. Todo con el objetivo de orquestar una trampa singular, ganarse la confianza del general y, sobre todo, no levantar sospechas.

Los días pasaban. Surghen excluyó momentáneamente del consejo a sus compañeros del escuadrón, incluyendo solo al general y a Tharion.

Periódicamente, Vaelric llegaba con informes ocasionales, todos verídicos.

Mientras tanto, Kaelen enviaba pájaros a los soldados del Altheryn, informando falsamente sobre su próxima expedición.

Pasaron algo más de dos semanas. Selthar llegó corriendo con lágrimas en los ojos, abrió la puerta de la sala de guerra con un golpe y calló por un momento a los oficiales.

—¡Mi señor Surghen! —exclamó. Estaba sin aire, extasiado—. Neryss despertó.

Surghen se emocionó. Dejó todo lo que tenía que hacer en ese momento y corrió hasta la hospitalaria.

Ahí encontró a su arquera sentada, con varias almohadas en la espalda y un ligero vendaje que apenas le daba dos vueltas a la cintura.

Tomaba una infusión de bayas y otras plantas locales.

Selthar decía que, tomando un tarro de aquella infusión al día, en una semana estaría completamente revitalizada.

Neryss estaba radiante: tenía el cabello recogido en una cola de caballo y una tela húmeda en la cabeza para controlar el aumento de temperatura. Pero, en general, estaba bien.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó desde la puerta.

—Me siento muy bien, mi señor —dijo una voz alegre—. Gracias por preocuparse.