CAPÍTULO 20. CORONAS ROJAS
Desde Nur’Dan hasta Kaer’Durnath.
El general Kaerion Dalthur ha rendido la ciudad. Los fyrtanos la han invadido y conquistado. El general Kaerion está cooperando con los fyrtanos para que Kaelrith no los ataque. No sé qué planean.
Eldren irrumpió en la Sala del Trono con una nueva carta. El sello aún cálido por la cera presentaba al Dragón Encadenado. Tyrnium se volvió hacia él, estaba apretando la mandíbula por la rabia, y sus ojos se encontraban brillando como carbones encendidos.
Desde Tharûl-Bel hasta Kaer’Durnath.
El Comandante Surghen Dürhavel ha asegurado la frontera y ha conquistado Tharwen, está avanzando en la guerra y le está quitando tierras a los fyrtanos.
Firma Lord Tharion Mûrvel, castellano de Tharûl-Bel.
Tyrnium se hartó. Tiró los dos papeles. Estaba rojo del estrés y del enojo. Se encontraba en una encrucijada y totalmente desesperado. Cada vez era más palpable su vejez y su pérdida de control.
—¡Maldita sea! —exclamó enfurecido—. ¡Ojalá que la ira de Vark termine en el linaje de Dürhavel, hasta el último bastardo de su estirpe! —Por poco le suelta el golpe a Eldren, aunque este no tenía responsabilidad alguna—. ¡Si estamos perdiendo la guerra, es por culpa del imbécil de Surghen!
Salió rápidamente de la sala. Tenía que reunir al consejo con urgencia. La reina Seraphyne llegó a tratar de consolarlo, pues lo veía como todos: inundado por la rabia.
El Rey la apartó bruscamente y continuó su camino hacia la sala de guerra.
—Eldren —llamó—. Junta al Consejo de Guerra, y no te tardes.
El sirviente lo conocía bien. Salió corriendo a reunir a los miembros, que en menos de media hora ya estaba sentado en torno a la mesa del mapa, en la Sala de Guerra. Tyrnium los esperaba en su trono.
—Tal vez no lo han notado —dijo el Rey—, pero se los informo ahora: los fyrtanos han tomado Nur’Dan y se acercan peligrosamente hacia acá. Por otro lado, Surghen ha desobedecido deliberadamente a este consejo.
—¿Qué quiere que hagamos? —preguntó Tharek.
—Mi señor, ¿quiere que enviemos tropas a Nur’Dan? —preguntó Lord Kaerum.
—No tenemos. Las tropas de Velgorad están demasiado lejos —dijo Lord Zevron.
—Podemos enviar tropas desde Kaelrith. Llegarían en menos de una semana —propuso Lady Ilenya.
—Sí, podemos… pero desde Nur’Dan vigilan Kaelrith. A menos que los fyrtanos hayan salido de ahí —dijo Tyrnium.
—¿Por qué saldrían? —preguntó nuevamente Zevron—. Sería demasiado peligroso que intentaran invadirnos.
—Ese es su objetivo —dijo el Rey—. No tenemos tropas suficientes para defendernos.
—Entonces, ¿qué hacemos, señor? —preguntó Ilenya.
El Rey se quedó unos minutos en silencio, mirando fijamente el mapa.
Sus ojos se detenían en la ciudad de Tharwen.
Pensaba, pero la vejez ya le calaba, y lo hacía divagar en demasiadas ocasiones.
Su curandero ya le había proporcionado varias infusiones para mantenerlo lúcido.
Parecían funcionar, y aunque Tyrnium ya no tenía la agilidad mental de su pasado, seguía siendo inteligente.
—Nosotros no haremos nada —dijo el Rey, con una ligera sonrisa de victoria—. Enviaré un cuervo a Thun’Zakar para retomar la ciudad.
»Por otro lado, qué sugieren que hagamos con Dürhavel.
—Yo creo que podemos dejarlo hacer lo que le plazca, mientras gane sus batallas —dijo Ilenya.
—¡¿Cómo puedes decir eso?! —exclamó Tharek—. Desobedeció tajantemente las órdenes de este consejo. No podemos permitir conductas de insurrección.
—Tiene razón —apoyó Kaerum—. Hay que reprenderlo.
—No veo el porqué de estos ataques —dijo Varoth—. Dürhavel es quien nos mantiene a flote en la guerra; es el único que se mueve. Lorem se quedó quieto, con miedo, detrás de los muros de Arvenmar.
—Lorem sigue órdenes. Dürhavel no —replicó Tharek—. Esa es la gran diferencia.
—Surghen ha visto una grieta en este consejo —dijo Zevron—. Por eso actúa por cuenta propia.
—Y eso es lo que nos puede destruir —intervino el Rey—. Si no recuperamos el control sobre él, perderemos el trono antes de que cualquiera toque nuestras murallas.
—Podemos darle una pequeña libertad —propuso Zevron—. Y cuando lo tengamos cerca, lo regresamos a donde pertenece: el Kharthûr.
—Es una jugada inteligente —apoyó Kaerum—, si el idiota es listo, entonces no se acercará a la capital.
—No podemos hacerlo —el Rey despreció la idea—. En las calles suena el apoyo hacia él. Si lo encerramos, habrá una revolución.
—¡Pues que mueran, eso le pasará a la gente por apoyar a un traidor! —condenó Kaerum golpeando la mesa.
Eldren, junto con otros sirvientes, entró con alcohol en una bandeja y varios platos de comida.
—Arrestemos a Dürhavel en la guerra enviando a otro general —dijo Tharek—. Para que no sospeche, mencionaremos que es para reforzar la frontera.
—Ahora es uno de sus hombres quien resguarda la frontera —dijo Tyrnium—. Pero tienes razón, Dürhavel no irá a ningún lado... No tiene a dónde ir.
—Están jugando con fuego —advirtió Varoth—. Si Dürhavel sospecha, él no será quien arda; seremos nosotros. Y la cólera será peor.
—Es por eso por lo que enviaremos el cuervo —dijo Tharek— para evitar que sospeche, y en el mensaje establecemos un permiso para atacar Aelwîn. De todos modos, quería atacar la ciudad.
—No creo que vaya a funcionar —murmuró Varoth.
—¡¿Tienes alguna otra idea?! —gritó Tyrnium por el estrés.
Varoth negó con la cabeza. La lealtad del consejero estaba con Dürhavel, pero no conocía los planes de Surghen; el consejero actuaba conforme presentía que beneficiaría al Comandante.
—Perfecto. Entonces está decidido —anunció Tyrnium—. Envíen un cuervo a cada ciudad: Surghen Dürhavel es un traidor. —Tyrnium se volvió a sentar en el trono, un poco más tranquilo—. Envíen también al general Alvarûn Khaedor a la frontera.
Los soldados asintieron y salieron de la sala con paso firme.
El comandante Lord Varoth se adelantó y corrió hasta sus habitaciones, donde guardaba varias jaulas con cuervos.
Al entrar, arrojó un pequeño leño a la chimenea y encendió el fuego.
Luego tomó una vela del candelabro y la encendió con una chispa.
Abrió los cortinajes para dejar entrar la luz de la tarde y que el aire circulara.
Se sentó en su escritorio. Comenzó a escribir una advertencia para Surghen, informándole lo que el consejo había decidido. Tomó un cuervo, ató el mensaje a su pata, y lo lanzó al viento.
Mientras tanto, Eldren escribió los mensajes que debían recorrer toda Drakareth. Los ató con cuidado a las patas de los pájaros, que alzaron el vuelo y se lanzaron hacia sus destinos con una velocidad que cortaba el viento.
***
Surghen recorría Tharûl-Bel como de costumbre, pero algo en él se sentía extraño.
De nuevo, no pertenecía ahí. Oficialmente había cortado toda relación con Drakareth; ya no se podía decir drakariano.
Desde que nombró a Tharion Mûrvel como castellano del parapeto, se sentía como un extranjero, incluso entre aquellas paredes.
Solo la lealtad del castellano decidía, día tras día, la permanencia del Comandante en el muro.
Durante una semana, Tharion había enviado escuadrones constantemente a monitorear el estado de la frontera.
Además, había iniciado una nueva relación con Tharven Kûrdras, quien instaló varias líneas de suministros entre el Altheryn y Tharûl-Bel, aprovechando tanto las cosechas locales como los envíos de Kaer’Durnath.
Edherûn Valmyr, designado como mayordomo por el propio Tharion, llegó a la Sala de Guerra. Llevaba un papel en la mano. Tharion lo tomó, lo abrió, y al leerlo comprendió de inmediato para quién era el mensaje.
—Llama al Comandante Dürhavel —le pidió a su mayordomo.
Éste asintió y salió hacia los pasillos exteriores, donde Surghen caminaba en círculos, vigilando nada.
—Comandante Dürhavel —llamó. Surghen se giró y se acercó al mayordomo—. Lord Tharion ha solicitado su presencia en la Sala de Guerra.
Surghen asintió y caminó hacia allá con paso lento, sin prisa, como si el aire mismo lo empujara.
Al llegar, estaba su antiguo subordinado sentado en un trono que alguna vez fue suyo —aunque por poco tiempo—; estaba hablando con Torric, que estaba colocando la espada y armadura de Tharion en un perchero.
—Me han dicho que me llamaste, Tharion —dijo Surghen sin levantar la voz.
—Así es —respondió el castellano—. Ha llegado un mensaje. Usted es el destinatario. —El castellano le arrojó el papel, que cayó a sus pies. Tenía el sello de la Casa Enkran. Surghen lo abrió y lo comenzó a leer.
Desde Kaer’Durnath hasta Tharûl-Bel.
Mi nombre es Varoth Enkran, soy comandante capitalino y pertenezco al consejo de guerra imperial. Este mensaje está dirigido al comandante Surghen Dürhavel.
Su Alteza Real, Tyrnium Valdyran ha enloquecido, ha declarado al comandante Dürhavel como traidor a la Madre Patria, y ha hecho movimientos para despojarlo de cualquier poder.
Enviará al general Alvarûn Khaedor para suplantarlo.
Además, ha enviado otros tantos pájaros a todo Drakareth, informando este hecho.
Que quede claro que mi lealtad está con el dragón encadenado y con la familia Dürhavel.
Firma Lord Varoth Enkran. Comandante del Alto Karneth y miembro del consejo de guerra imperial.
El Comandante se mostraba extraño. Cerró la carta y comenzó a reírse descontroladamente.
Estaba logrando lo que se prometió aquel día en el Kharthûr.
Lo que pensaba que sucedería tarde o temprano, ya había sucedido: su influencia había alcanzado a los miembros del consejo, y había ganado la lealtad de uno.
Surghen rebosaba de alegría. Sus acciones estaban justificadas. Ya no era un soldado más: era una rebelión, un tercer poder emergente. Había dejado de escuchar a Tharion. La risa que le provocaba imaginar la reacción de Tyrnium era simplemente genuina.
—Muchacho, trae a los guardias —le susurró Tharion a Torric. El escudero hizo una reverencia y salió de la sala tranquilamente, sin dirigirle la mirada al Comandante.