Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 19. CENIZAS EN NUR’DAN
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CAPÍTULO 19. CENIZAS EN NUR’DAN

Desde la muralla se podía notar un brillo singular en el Bosque Negro. «Anoche eso no estaba», pensaban muchos guardias. La realidad era que ninguno sabía decir qué ocasionaba aquel brillo. «Parece que el sol ha bajado a la tierra», decían otros. Parecía algo seguro.

Los fyrtanos querían mantener el anonimato, querían tomar Nur’Dan sin prevenir a la capital, pero no querían avanzar de noche.

Era algo contradictorio. Lethira sabía los riesgos que conllevaba avanzar de día con las armaduras blancas y las máquinas de asedio durante el día, la luz rebotaba en el acero fyrtano y los hacía brillar como el sol.

Lo mejor era avanzar de noche y atacar en la oscuridad.

—Regresen al bosque y quítense las armaduras —ordenó—. Avanzaremos en las noches.

Muchos soldados eran de la idea que aquella estrategia era una práctica repugnante, Lethira también lo creía, pero sabía que debía llevar a cabo esa estrategia para poder conseguir la ciudad.

—Mi señora —dijo Rhydan Orlund—. ¿Por qué hemos caído en repugnancias drakarianas?

—Es necesario —respondió Lety—. Ellos ya tienen vigilado este lado del bosque.

—Pero ¿por qué atacaremos en la noche? ¿por qué nos rebajarnos a tanto?

—No atacaremos como ellos, pero la noche es necesaria para avanzar. —terminó la comandante.

En el rostro de su escudero se podían notar rastros de confusión sobre la estrategia, pero no objetó contra su superior. En cambio, siguió la estrategia de Lety con total normalidad. A pesar de sus sospechas.

Cuando cayó la noche, comenzaron el avance. La oxidación de las llantas de las máquinas hacía que su movimiento fuese bastante sonoro y molesto.

Muchos caballos relinchaban a cada paso, y en más de una ocasión, algún animal se separaba para picar cualquier planta.

Pronto, los bullicios entre los soldados se hicieron cada vez más comunes, producto de los nervios.

Era algo que Lety no podía controlar; era algo natural.

Ella también estaba nerviosa, no obstante, conocía mejor que nadie que aquel nervio se disiparía una vez entraran en batalla.

Recordaba cómo Edrion Falek le hablaba —y hasta presumía— sobre un sentimiento relacionado con la guerra.

El capitán lo describía como un estado de tranquilidad rodeado por un mar descontrolado; como estar dormido, pero plenamente consciente de las propias acciones.

«Por favor, que todos salgan vivos de esta», imploraba la comandante. Aun sabiendo que eso no era posible.

Después de trece tensos días, con una constante vigilancia sobre las murallas nur’daneses, los fyrtanos ya estaban en posición, a menos de una milla de distancia, con las piedras de las catapultas cargadas y varios soldados apostados al pie del muro, junto a escaleras listas para tomar la muralla.

Las catapultas y ballestas apuntaban hacia la puerta este, cargadas con varias peñas de explosivos. Solo esperaban el amanecer.

La comandante vestía una esbelta armadura blanca, con el Sol Eterno de los Thyrvalion en el centro de la pechera y el ciervo rojo de su Casa en una hombrera.

Desenvainó una bella espada, inicialmente blanca, que se tornó amarilla al contacto con la luz del sol. En muchas ocasiones parecía destellar fuego, aumentando la temperatura de la hoja. La comandante levantó la espada. Era la señal para iniciar el ataque.

Las catapultas de todos lados comenzaron a lanzar rocas en dirección a los pasillos exteriores y a la puerta.

Los soldados apostados en la muralla subieron las escaleras y ganaron ventaja ante la soledad de aquel rincón del muro.

Pronto, cientos de soldados comenzaron a salir de entre los torreones contiguos, mientras el pequeño contingente que había llegado apenas a la cima de las fortificaciones desenvainaba las espadas y sacaba los escudos.

Una centuria más de soldados colocó explosivos alrededor de la puerta. La arquera Vaelis Morwen prendió la punta de una flecha en fuego y disparó a la mecha. Pasaron apenas unos minutos cuando la puerta estalló en mil pedazos. Muchos de los escombros acabaron muy lejos del lugar original.

Tan pronto como la puerta dejó de existir, los fyrtanos que pudieron se colaron en la ciudad, armando un perímetro seguro, con las catapultas cuidando la retaguardia.

Lety se quedó atrás, controlando todos los movimientos y orientando a su arquera para disparar a distintos objetivos.

Aquello parecía una guardia real: tres personas —la comandante, su escudero y su arquera—, esta última con una sonrisa triunfante mientras acribillaba a todos los drakarianos que se encontraban.

Se podría decir que Nur’Dan no tenía una defensa ejemplar, y la comunicación entre soldados era deficiente.

En cuanto el último fyrtano de infantería entró a la ciudad, los ingenieros de las catapultas comenzaron a disparar piedras del doble de tamaño prendidas en fuego, y en algunas ocasiones aquellos proyectiles iban acompañados por una lluvia de grava.

Las ballestas también comenzaron a disparar hacia las ventanas de los torreones, donde en más de una ocasión se había colocado un arquero escondido que lograba matar a algún ingeniero.

Los pilotos de las ballestas pronto dejaron de usar flechas convencionales y comenzaron a disparar flechas escarlatas, capaces de atravesar cualquier estructura.

Unido a los golpes de las catapultas, varios torreones cayeron rendidos, con soldados fyrtanos y drakarianos por igual muriendo aplastados bajo los escombros.

Dos horas después, los soldados de la muralla mantenían a raya a los drakarianos que llegaban en tropel, decididos a acabar con los fyrtanos que se defendían en una formación cerrada e inexpugnable.

Lety comenzó a subir las escaleras tan rápido como pudo.

Con una elegante maniobra, quedó en el centro de la formación fyrtana, se abrió paso y se batió en combate contra un drakariano robusto, grande y habilidoso.

Portaba un hacha de guerra de doble filo, con una empuñadura larga y un escudo hexagonal de bordes afilados.

Le lanzó varios tajos, subestimando la habilidad de la fyrtana, quien se limitaba a retroceder y bloquear los golpes.

El drakariano le tiró un golpe vertical, directo a la cabeza. Lethira lo esquivó, moviéndose con rapidez hacia su espalda y rajándola. La alta temperatura de la espada derritió la armadura y quemó la carne. Su enemigo murió rostizado.

***

La tarde maduraba, pero en el castillo principal no se percibía la noción del tiempo.

Lord Vaegor Thurnvald no había recibido noticias todavía.

El día anterior, sus guardias personales le habían comentado sobre un posible ataque, sin embargo, lo tomaban más como rumor que como advertencia.

De este modo, cuando los fyrtanos invadieron la ciudad, él se encontraba plácidamente comiendo un banquete con la reina y con los tres príncipes.

Para cuando los fyrtanos se hicieron con la puerta y sus inmediaciones, un soldado de su guardia los increpó en pleno banquete.

—Mi señor, me temo que debe refugiarse junto a su familia —le solicitó.

—¿Por qué?

—Estamos bajo ataque. Los fyrtanos han tomado la puerta oriental y sus cercanías. Miles de habitantes han huido a Kaer’Durnath —le dijo el guardia—. Le recomiendo que vaya a algún lugar oculto.

—Entiendo. —se dirigió a su familia—. Por favor, escóndanse y no salgan bajo ningún concepto —luego volteó hacia su escudero—. Trae mi armadura y espada de inmediato.

Su escudero salió corriendo hasta las habitaciones del castellano, cuando llegó, frente a él se encontraba un perchero con la armadura colgada y la espada colocada en dos soportes arriba de la cama.

Tomó todo, lo puso en un carrito dispuesto para llevar objetos pesados y bajó corriendo nuevamente hasta la Sala del Trono, donde el castellano se levantó, y al recibir su armadura se vistió a toda velocidad, se colgó su espada en el cinturón y salió del castillo, zona donde la guerra no había azotado todavía.

—Junta una cohorte, apoyaremos la muralla —le dijo a su escudero quien salió corriendo a los establos, tomó un caballo y galopó al campo de entrenamiento.

Mientras tanto, Vaegor se encaminó a los mismos establos y montó a su yegua.

Se quedó esperando a sus soldados frente a la puerta de su castillo, un castillo que pronto quedaría arrasado por el fuego fyrtano.

***

El perímetro formado por Lety comenzaba a rendir frutos. Los saqueos continuaban, y el avance se volvía cada vez más rápido. Algunos drakarianos decidieron unirse a las filas enemigas, asesinando a sus oficiales. Otros, en su defecto, escapaban… o se suicidaban.

Caía la noche del segundo día de batalla, y por primera vez, las tropas fyrtanas se acercaban lo suficiente al castillo de Nur’Dan. Los drakarianos eran cada vez menos, y no quedaba resistencia capaz de oponerse a los fyrtanos.

Las catapultas seguían lanzando rocas, y las ballestas disparaban sin cesar, ambas desde fuera de la muralla. Mientras tanto, los fyrtanos que estaban sobre el muro se habían hecho con el control de otro torreón, y habían hecho explotar otros dos.

El repiqueteo constante del galope de caballos se comenzó a escuchar desde el centro, proveniente del castillo.

Se escuchaba muy salvaje, por lo que tomó desprevenidos a los fyrtanos que estaban adentro de la ciudad.

Vaegor Thurnvald no se esperó a una formación eficiente de sus soldados, tan pronto como vio a los fyrtanos, desenvainó la espada y tiró a matar.

Sus lanceros apuntaron sus armas y empalaron a quien pudieron, y los caballos atropellaron a unos cuantos que murieron aplastados por las patas de los animales.

Vaelis Morwen se agachó para recoger las flechas enemigas de un drakariano, pero tuvo que saltar rápidamente hacia un costado para esquivar la espada de Lord Vaegor…

y después las patas de su caballo. Aquella ofensiva desesperada había rendido frutos: los drakarianos fulminaron algunas centurias invasoras.

Lety no pudo consentir aquello, pero tampoco podía abandonar su puesto. Un drakariano fornido, de estatura promedio y con una armadura algo desgastada, abrió la puerta de un torreón detrás de la fyrtana y se abalanzó contra ella.

Lety tardó en reaccionar. Bloqueó el golpe con la espalda e intentó devolverlo, pero el rival era fuerte: agarró la espada con la mano, la tiró al suelo y le soltó una bofetada que le dejó un moretón en el ojo derecho.

La fyrtana reaccionó con un giro excepcional que terminó con su escudo impactando la barbilla desprotegida del drakariano.

Luego, continuó con un golpe de espalda al hombro derecho, el cual comenzó a derretir la armadura.

El soldado se sacó la espada por la fuerza, un chorro de sangre salpicó y cayó en el suelo; curiosamente comenzó a hervir y a evaporarse.

La comandante bloqueó otro golpe con el escudo y repartió estocadas en las piernas y en el pectoral del soldado, causándole múltiples heridas pequeñas, mas no mortales.

El drakariano brincó hacia atrás, creó espacio, tomó el hacha de un soldado caído y se la lanzó a la comandante.

Ella se cubrió con el escudo, pero este salió disparado hacia atrás, dejándola mal posicionada.

El soldado vio una ventana. Se lanzó contra la mujer y le propinó otro golpe, que la dejó en el suelo y con el brazo derecho roto.

La comandante se levantó rápidamente con una voltereta hacia atrás, posicionó su espada y esperó. El soldado se lanzó nuevamente. La fyrtana se deslizó elegantemente por la izquierda de su adversario y encajó su espada en el cuello del drakariano que, en menos de un minuto, dejó de moverse.

***

Una nueva embestida se aproximaba con Lord Vaegor liderándola.

Los caballos drakarianos seguían galopando, las lanzas se posicionaron con las puntas hacia adelante, y el castellano dejó su espada extendida para marcar el paso y ordenar un segundo ataque.

Una flecha voló y se posó en el centro de su casco.

Las ballestas fyrtanas dispararon y mataron a los lanceros.

El caballo del castellano siguió galopando, hasta que, unas yardas adelante, el jinete cayó y rodó sin vida.

El general Kaerion Dalthur, quien comandaba la ofensiva fyrtana, vio una posibilidad y comenzó a avanzar hacia el castillo.

Debían acabar con aquel contingente para poder tomar la ciudad.

Siguieron avanzando hasta las puertas. La caballería que había ido con el castellano se fue reduciendo con el pasar del tiempo.

La mayoría lograba bloquear los golpes, pero las flechas escarlatas y las de Vaelis Morwen eran mortales.

A medida que los fyrtanos avanzaban a paso de tortuga, los drakarianos de aquella defensa morían. Era la última defensa de la ciudad.

Al general Kaerion no le quedó de otra; sobre todo, debía velar por el bienestar de su gente.

Decidió rendir la ciudad: las bajas ya rondaban los miles.

Había cientos de cuerpos tirados por las calles, entre civiles, soldados y animales.

No era necesaria más guerra. Kaerion supo que, cuando los fyrtanos llegaran al castillo, la ciudad ya estaría bajo control enemigo. Lo mejor era la paz que proponía.

Pasaron unas cuantas horas. Lety bajó desde los muros y recorrió la ciudad, desde la puerta este hasta el castillo central.

Muchas casas estaban derrumbadas; el ladrillo con el que habían sido construidas ya estaba roído por el paso del tiempo.

El basalto del castillo se resquebrajaba con cada centenario que pasaba, dándole un aspecto demacrado.

Algunos torreones seguían intactos, recibiendo constante mantenimiento.

Pasaron unas cuantas horas. El sol ya había salido, y los pájaros volvían a cantar.

Lethira Vaelwyn y Kaerion Dalthur firmaron un armisticio que otorgaba a los fyrtanos el control total de la ciudad.

Los blasones con el dragón rúnico de Valdyran se guardaron para nunca más volver a ondear.

En su lugar, las nuevas banderas con el Sol Eterno de Thyrvalion ondeaban nuevamente, marcando una nueva era de gobierno en Nur’Dan.

Pero la comandante sabía que ahí no terminaría su campaña.

«El siguiente objetivo es Kaer’Durnath».