Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 18. FUEGO SOBRE LA COSTA #3
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CAPÍTULO 18. FUEGO SOBRE LA COSTA #3

Surghen y Taelon se separaron del grupo y subieron las escaleras de un torreón aislado hasta el último piso.

Era una habitación cerrada, resguardada por dos guardias de armadura blanca con el blasón del Sol Eterno de la Casa Thyrvalion en las pecheras.

Ambos llevaban armas híbridas entre hachas y lanzas, y se lanzaron contra los invasores.

No sirvió de nada. Surghen y Taelon los mataron en menos de dos minutos.

Entraron al cuarto. Estaba severamente oscuro y amplio. Tardaron cerca de diez minutos en encontrar a los huéspedes: estaban escondidos debajo de la cama, aguantando la respiración.

Surghen guardó la espada y recorrió el cuarto hasta una ventana.

Corrió los cortinajes. La luz entró de inmediato y desveló una pequeña mano debajo de la cama.

Surghen la agarró con fuerza y tiró, sacando a una niña de apenas cuatro años.

La preocupación de los padres fue inmediata: salieron tan rápido como pudieron.

El castellano tomó una espada y se lanzó contra Surghen.

El Comandante abrazó a la niña y le puso un puñal en la garganta.

Un hilillo de sangre comenzó a correr y la niña empezó a chillar desconsolada.

—¡Otro paso más y una cabeza rodará! —amenazó Surghen alejándose hasta una pared.

El castellano guardó la espada e hizo movimientos lentos.

Taelon arrestó a la madre y a la hermana mayor de la niña: legítima heredera del trono de Tharwen.

Surghen le quitó la espada al castellano y la tiró por la ventana, rompiendo el vidrio.

Luego arrestó al castellano, soltó a la pequeña —que se llevó las manos al cuello junto con las de su padre— y sacó de la habitación a la familia completa.

Bajaron hasta una prisión debajo del castillo y los encerraron en una celda vacía.

—Lo prometido es deuda capitán —dijo Surghen—. Tharwen es suya.

En el resto del día, se dividió a los soldados.

Dos cohortes acompañarían a Surghen de regreso a Tharûl-Bel, y el resto del ejército se quedaría en Tharwen para controlar escaramuzas, protestas y cualquier cabo suelto que pudiera quedar.

Parecía mágico. Cuando Taelon salió del castillo, la paz ya reinaba en la ciudad.

Una bandera con el dragón rúnico de Valdyran ondeaba sobre el castillo.

Debajo de ella, el estandarte del dragón encadenado de Dürhavel se movía junto con el viento. «Tharwen ha caído», pensó el capitán.

***

El río corría caudaloso. El entrar y salir de los remos era constante y relajado.

Las velas estaban levantadas, pues el viento y las corrientes chocaban con los barcos y ralentizaban el avance.

La comandante Lethira Vaelwyn había decidido que desembarcarían en el río Zaldren, en el Bosque Negro.

Quería conquistar Nur’Dan sin tener presión de la capital.

La noche los ocultaba bien. Las naves no tenían farolas, pero era sencillo seguir la corriente del río.

Los murmullos y balbuceos eran constantes, aunque no preocupantes; daban cierta tranquilidad que la mujer agradeció.

La luz de la luna estaba oculta entre nubes pasajeras, pero severamente densas, haciéndolos invisibles.

El paso se redujo aún más, y los remos ralentizaron su ritmo.

El tambor que marcaba la entrada de los remos se silenció, y por un momento el ambiente se tensó.

Algunos soldados apretaban las manos contra las empuñaduras de sus armas y vigilaban constantemente los exteriores.

Por alguna razón, Lethira estaba conteniendo la respiración, como si alguien la vigilara.

«Tranquila, no ha pasado nada. Nadie ha visto nada».

El sonido de las olas comenzó a escucharse. El lago Durnkar estaba cerca, y la corriente era más fuerte que nunca. El tambor reanudó su melodía con un ritmo más acelerado, y los remos aumentaron su velocidad.

Pero la velocidad de las naves se mantuvo hasta que, por un momento, las corrientes marinas y de aire se detuvieron.

Pronto hubo una paz exuberante. La luz de la luna comenzó a iluminar el lago.

El reflejo de la luna y las estrellas se veía sobre el agua, y los pequeños cortes en la superficie provocados por las aletas de los animales eran tranquilos y apaciguados.

—¡No se distraigan! —exclamó—. Aumenten la velocidad y diríjanse al este.

Los tambores aumentaron sus golpes y los remos entraban y salían a toda velocidad. Las naves lentamente comenzaron a girar hacia el este y navegaron por todo el lago hasta el pequeño bosque oriental a la ciudad de Nur’Dan.

Pasaban horas… o eso creían. El tiempo se detenía… o eso creían. Los drakarianos se percataban de ellos… o creían lo contrario.

Los nervios aumentaron. La desesperación por estar tanto tiempo en el agua, y los constantes mareos por corrientes de aire y grandes olas esporádicas, hacían que el ambiente se tensara cada vez más.

Lethira Vaelwyn nunca supo decir cuánto tiempo había pasado desde que salieron de Tharwen hasta que llegaron a aquel bosque. Estaba comenzando a delirar.

Hasta que por fin, al amanecer del segundo día de haber entrado en el lago, el fuerte golpe con la arena les marcó el aviso de llegada. Tan pronto como tocaran tierra las máquinas… comenzaría el final de la guerra.