CAPÍTULO 18. FUEGO SOBRE LA COSTA #2
Los golpes constantes de las piedras contra la puerta la hacían sonar cada vez más resquebrajada, mientras los gritos y choques de espadas retumbaban por el muro. El capitán nunca pudo decir desde cuál flanco estaban atacando.
Aerion desenvainó la espada y salió por la puerta de su derecha, hacia la batalla nocturna. Un drakariano, empujado hacia él, cayó sobre su torso. Sin pensarlo, le partió el cráneo en dos. La pelea no se lograba decantar hacia ningún lado.
El capitán caminaba lentamente, y al drakariano que se encontraba… en menos de diez golpes lo fulminaba. El capitán Aerion tenía un claro objetivo. Una meta final: matar a Dürhavel.
***
Surghen se encontraba estrangulando a un soldado, mientras se batía en combate con otro.
El tercero de aquel grupo que lo había increpado ya había muerto desangrado por una puñalada en el hígado.
El fyrtano que Surghen tenía sujeto al brazo pronto dejó de respirar.
En un desliz rápido, el comandante se escabulló detrás del soldado que aún seguía en pie y le rajó la espalda por completo.
Metió la mano en el visor para limpiarse el sudor de la boca. Entonces giró a la derecha y lo vio.
El capitán Aerion Valdrass caminaba tranquilamente hacia él, matando a todos los drakarianos que pasaban frente a su espada.
Otro fyrtano se abalanzó sobre la espalda de Surghen.
El Comandante tardó en reaccionar, y la espada enemiga se clavó en su hombro izquierdo.
Kaelen, que acababa de matar a otro fyrtano con su escudo, se lanzó contra el atacante de Surghen y lo mató mientras el fyrtano aún trataba de sacar su espada del cuerpo del Comandante.
Surghen guardó la espada y cambió el escudo de mano; el brazo izquierdo le colgaba inerte. No sentía movilidad en él. La presión de la armadura y el corte le habían adormecido el brazo.
Aun así, se bloqueó de los golpes de Aerion.
En unos rápidos movimientos, pasó de defenderse a atacar con una velocidad sobrehumana.
Aerion no podía cubrirse con el escudo y apenas tenía tiempo para interponer la espada entre Surghen y su rostro.
El Comandante golpeaba incansablemente, como si una fuerza renovada lo impulsara.
En un descuido, el capitán fyrtano perdió el casco tras el impacto del filo del escudo de Surghen contra el visor.
El Comandante lanzó el escudo a un soldado que acorralaba a Selthar Marn, y le voló la cabeza.
Inmediatamente desenvainó la espada y golpeó en varios puntos al capitán fyrtano, quien intentaba bloquearse con lo que podía.
Surghen no parecía hacer movimientos complicados. Parecía bailar una danza antigua y hermosa. Se movía con tal naturalidad que era hipnótico verlo combatir. En dos cambios de flanco, terminó con la vida del capitán Aerion: primero con un corte en la pierna, luego encajándole la espada en el pecho.
***
El resto de los soldados que se había quedado con las catapultas comenzó a moverse. Una doble docena llevó un ariete de gran tamaño: pesado, severo, casi imposible de detener.
A pesar de que la puerta estaba en llamas, todavía no cedía. El capitán Taelon ordenó avanzar.
Entre los sonidos crepitantes del fuego y el constante golpeteo de las piedras, varias centurias se congregaron frente a la entrada, listas para contraatacar.
Los fyrtanos, escondidos en los pisos inferiores de los torreones, sacaron grandes ballestas con flechas descomunales. Dispararon contra las catapultas, destruyendo algunas e incluso matando a varios ingenieros.
A los últimos golpeteos de las piedras se sumaron los empujones del ariete.
Para ese momento ya era perceptible el estiramiento y contracción de la puerta.
Las personas que vivían cerca del campo de batalla comenzaron a huir, guardaron lo que consideraban importante y salieron hacia el oeste de la ciudad.
Según algunos soldados, esa zona aún no había sido azotada por la guerra.
Las puertas cayeron y los seis mil drakarianos que estaban fuera entraron; las cohortes fyrtanas que aguardaban en la puerta dispararon flechas y acabaron con los primeros drakarianos que penetraron.
Por otro lado, la centuria de Neryss logró abrir la poterna y entrar por la retaguardia, emboscando a los soldados que defendían la puerta.
Neryss, mientras tanto, seguía mendigando flechas y disparando hacia lo alto de la muralla. Un error. Tomó su última flecha, se levantó de su escondite y apuntó, buscando algún objetivo.
Otro arquero fyrtano, desde un torreón lejano por su izquierda, disparó antes que ella. La flecha le atravesó el torso, a la altura de los riñones. Neryss cayó muy malherida. Estaba muriendo.
Cuando el sol se disponía a salir, la batalla se decantaba en favor de los drakarianos.
Los soldados que habían entrado por la puerta habían matado a todos los defensores de ésta, y comenzaron a saquear las casas cercanas.
Surghen y sus hombres se habían hecho con el control de varios torreones a lo largo de la zona devastada, y comenzaron a explotarlos uno por uno: matando a los fyrtanos que estaban presos ahí dentro, que los defendían… o que simplemente se escondían.
Ya no había fyrtanos en un radio considerable, los defensores que oían cómo la invasión se acercaba, huían junto con los demás ciudadanos de Tharwen.
El avance fue rápido; miles de soldados saqueaban casas y asesinaban a las personas que se quedaban y que trataban de pelear con algún machete, martillo o cualquier otra herramienta.
En cuestión de unas horas, llegaron hasta el castillo principal.
La puerta estaba reforzada, y los golpes del ariete no lograban tumbarla.
Las catapultas entraron a la ciudad, seguidas de grandes ballestas con arpones amarrados a los carros, diseñadas para jalar objetos pesados.
Algunos soldados, que se quedaron en la retaguardia para apoyar a los ingenieros, trajeron escombros de los torreones en ruinas y los dispararon desde las máquinas.
Los impactos se sumaron al ariete y debilitaron cada vez más la puerta.
El toque de gracia lo dio un arpón que atravesó la madera. Al jalar, la puerta cedió, aplastando a varios drakarianos que estaban junto al ariete.
Tan pronto como cayó la última línea de defensa, los drakarianos restantes atravesaron el castillo principal y comenzaron a saquearlo. Acabaron con príncipes, sirvientes, trovadores, bardos, escuderos, guardias… todos los que vivían dentro. A la vez, buscaban por todas partes al castellano.