Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 18. FUEGO SOBRE LA COSTA
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CAPÍTULO 18. FUEGO SOBRE LA COSTA

Poco más de una semana había pasado desde que salieron del castillo. El capitán Raeghar estaba asustado cuando Surghen recibió el aviso de su escudero. El Comandante mostró una sonrisa malévola al leer aquellas palabras, lo que levantó sospechas entre varios soldados.

Entre los locales de Tharûl-Bel y el contingente de Dorlak se notaba una clara distinción en los estandartes que ondeaban: algunos eran más conservadores y todavía leales a la familia Valdyran, mientras que otros depositaban su confianza en el Comandante.

Al amanecer, tres semanas después de la partida del castillo, los drakarianos divisaron los muros de Tharwen, imponentes, gigantescos, e irónicamente mal defendidos. Tharwen no esperaba un ataque de esa magnitud y sus hombres los tenía repartidos en una gran ciudad que sería difícil de conquistar.

No había suficientes soldados en la muralla, lo cual resultaba ventajoso para los invasores. Los drakarianos se detuvieron a una milla de distancia: lo suficiente para ver la muralla, pero no para que los defensores distinguieran sus estandartes.

De todos modos, no serviría de mucho. Los grandes carromatos y las máquinas de asedio eran demasiado visibles, demasiado colosales. Por obviedad, se verían incluso desde allí.

Surghen detuvo la marcha a unas cuantas leguas del muro, quería dictaminar la mejor manera de entrar para evitar retrasos en la ofensiva.

—¿Cómo sugieren que podamos entrar? —preguntó Taelon, mirando el mapa con inquietud.

—A la fuerza, ¿no? Por los muros, y luego derrumbamos la puerta —propuso Raghor, con tono impaciente.

—No, eso no funcionará —declaró Surghen, sin levantar la vista.

—A mi parecer, la idea no es mala —admitió Neryss—. Ya nos funcionó antes con Tharûl-Bel.

—Sí, pero no funcionará esta vez —dijo Kaelen. El escudero los había alcanzado al quinto día de marcha, después de enviar el mensaje, regresar al fuerte y galopar hacia el sur hasta encontrarlos—. Esas veces atacamos de noche.

—¿Y por qué no nos esperamos hasta la noche? —preguntó Neryss.

—Las máquinas de asedio se ven desde aquí. Si queremos mantener el factor sorpresa, debemos atacar ya —respondió Surghen con tono seco.

«¿Atacaron en la noche? Qué cerdos», pensó Taelon Dûrnthal, conteniendo el asco.

—Esta es la cosa —dijo Surghen cruzando los brazos frente al mapa—. No tenemos información suficiente para ejecutar este ataque… pero podemos conseguirla de una manera relativamente fácil.

—¿Cómo? —preguntó Taelon, sin ocultar su escepticismo.

—Necesitamos algo sorpresivo si queremos tomar los muros. El simple hecho de subir escaleras ya es algo que ellos esperan —respondió el Comandante, señalando los puntos vulnerables del bastión.

—Y entonces, ¿qué? —insistió Taelon.

—Atacar desde dentro —respondió Surghen sin titubear.

—¿Cómo atacaremos desde dentro, si se puede saber? —Taelon elevó una ceja. No sabía si lo que decía el joven era un disparate o una idea meditada.

—Seguramente hay alguna poterna por la que podamos pasar —dijo Surghen—. De ese modo, podemos infiltrar unos cuantos soldados.

—¿Y luego qué? —el capitán estaba desconcertado.

—Luego que ellos se encarguen —respondió Surghen, con una sonrisa apenas visible—. Ya tengo la estrategia: avanzamos lentamente, pero no atacamos. Nuestra señal será la petición de auxilio que ellos envíen, si es que logran mandarla.

»Una vez que comience el ataque, Neryss buscará una poterna por la cual colarse. Ella y una centuria. Mientras nos cubrimos con las catapultas, cuatro cohortes subirán por la muralla y tomarán control de ella.

»Al mismo tiempo, mientras los distraemos en el muro... derrumbando la puerta.

—¿Cómo? —preguntó Vaelric, frunciendo el ceño.

—Como sea. Con un ariete, con piedras… lo que sea más rápido —respondió Surghen sin rodeos—. Una vez que la puerta esté abierta, los soldados que no estén manejando las catapultas entran sin pensarlo, con los escudos al frente para evitar cualquier flecha.

Cuando tomemos los primeros metros de la ciudad, metemos las máquinas de asedio. ¿Entendido?

—No del todo —interrumpió el capitán, cruzando los brazos—. ¿Qué sucederá si no hay poterna alguna por la que se puedan meter?

—En ese caso, quedaremos separados y, por lo tanto, la vida de la centuria que haya salido con ese objetivo quedará en manos de quien dirija la operación —Surghen volteó a ver a Neryss.

La muchacha sintió el peso de la responsabilidad caer sobre ella como una piedra ritual.

—¿Entendieron la estrategia?

Todos asintieron. Todos estaban seguros de la estrategia…

excepto el capitán Taelon Dûrnthal. No sabía exactamente qué hacer; se sentía perdido.

Nunca había escuchado las estrategias de invasión de Surghen, y muchas de ellas le parecían repugnantes.

Neryss, por su parte, comenzaba a respirar con dificultad, imaginando el final desastroso que Surghen había planteado.

«Entonces, si no hay poterna, no podemos regresar de la muralla», concluyó la arquera, sintiendo el peso de la misión sobre sus hombros.

***

El capitán Aerion Valdrass, capitán de la guarnición de la muralla de Tharwen, patrullaba la muralla junto a sus hombres, aunque sin prestar verdadera atención.

Por eso mismo, tardó más de lo debido en notar a los drakarianos que los asediaban.

Cuando se percató de ellos, los invasores ya estaban formados: máquinas de asedio en el centro de sus líneas, lanceros y escudos en la vanguardia, caballería en una segunda fila, infantería detrás de estos, y, al final, los carromatos de posiciones.

Estaban quietos, como si esperaran algo.

El capitán fyrtano llamó al teniente Calren Mörvel.

—Nos están invadiendo —dijo Aerion. El teniente volteó a ver la ola de soldados drakarianos.

—¿Qué esperan para atacarnos? —preguntó Calren Mörvel dirigiendo su mirada hacia los drakarianos.

—Una señal. Están esperando que les demos una señal para que ataquen.

—¿Hago sonar las campanas?

—No imbécil, eso es lo que esperan ellos, que sonemos las campanas —respondió tajantemente—. Comienza a llamar soldados en silencio, que suban al muro agachados. No quiero llamar su atención.

El teniente asintió y comenzó a bajar las escaleras de la muralla con calma, pero con agilidad.

Una vez en el suelo, empezó a reunir a todos los soldados que pudo, sin excepción.

No descansó durante dos horas. Al final de ese tiempo, una cohorte aseguraba la puerta, y otra más había subido por los muros.

El teniente Calren cometió un error: subió por el muro en lugar de por los torreones, y, peor aún, lo hizo junto con la cohorte que él mismo había convocado.

***

El atardecer caía.

«¿Me creen estúpido?», pensó Surghen observando la escena a través del catalejo.

Por lo menos dos centenares de soldados habían subido a la muralla.

Los fyrtanos se habían percatado de su presencia y habían reforzado las defensas.

Surghen no sabía cuántos hombres habían ido a apoyar, pero sospechaba que serían cerca de un millar.

Levantó la mano. Las catapultas comenzaron a cargar las piedras.

—A mí señal —anunció—. Derriben la puerta.

Neryss subió a su caballo junto a su centuria. Los lanceros perfilaron las lanzas y bloquearon los escudos; los caballos relinchaban y la infantería desenvainó las espadas. Frente a todos los soldados se posicionaron Surghen y Taelon.

—Neryss, vete —ordenó el Comandante. La mujer comenzó a caminar sutilmente hacia la izquierda, rumbo a las lejanas montañas portuarias. No quería levantar sospechas sobre su estrategia, pero era obvio lo que pretendía.

Poco menos de cinco mil soldados acompañaban al Comandante, quien llevaba consigo las escaleras suficientes para subir por el muro.

El capitán Taelon se quedaría atrás, comandando las tropas que entrasen por la puerta.

Surghen tomó su escudo, desenvainó la espada…

y golpeó el metal. El caballo se encabritó, y las cuatro cohortes salieron al galope.

—¡Tiren las piedras! —ordenó Taelon. Los ingenieros jalaron las pesadas palancas de las catapultas, y los proyectiles salieron volando.

Algunos de aquellos pedazos de roca iban incandescentes.

El plan era sencillo: tirar la puerta lo más rápido posible.

Las catapultas no paraban. Lanzaban rocas sin descanso, mientras los soldados de Surghen subían por las escaleras a toda velocidad…

y los hombres de Neryss se acercaban peligrosamente a la muralla.

La arquera se había quedado atrás, en la retaguardia de su pequeño ejército, acabando con todos los soldados que apuntaban sus flechas hacia la base de la muralla, hacia la poterna que Surghen quería asegurar.

Prontamente, los fyrtanos desistieron de disparar a aquellos drakarianos: primero, porque los escudos repelían por completo las flechas; segundo, porque la arquera tenía una puntería ancestral… y estaban sufriendo demasiadas bajas.

En su defecto, la centuria de arqueros comenzó a dispararle directamente a Neryss. Una flecha atravesó el cuello de su caballo, y otra rebotó en su hombrera. La muchacha no tuvo más remedio que buscar refugio en una pequeña cueva cercana, desde donde podría seguir disparando.

Quería llamar su atención, provocar que disparasen todo lo que quisieran. Mientras ella estuviera escondida, podría recuperar las flechas enemigas y devolverlas.

Surghen fue el primero en subir por la muralla. Dio una elegante voltereta mientras le clavaba el filo de la espada en el cuello del fyrtano que intentaba cortar la escalera.

Apenas tocó tierra firme, tres soldados lo rodearon. Le lanzaban tajos coordinados, y Surghen apenas lograba defenderse.

***

Aerion Valdrass estaba en un torreón cuando los drakarianos comenzaron a subir por el muro. Estaba severamente desorientado. Quienquiera que fuese el comandante de aquel ataque, estaba loco, pero a su vez, era extremamente inteligente.