CAPÍTULO 17. LA VOZ DEL COMANDANTE #2
El Comandante hizo un ademán y sus escoltas rodearon al capitán.
Taelon tensó los puños, pero no habló, notó totalmente a los hombres de Surghen.
—No vine a quitarle sus hombres ni su honor —añadió Surghen esbozando una sonrisa—. Si luchamos juntos y tomamos Tharwen, la ciudad será suya. Yo seguiré avanzando, usted la gobernará. ¿Es un trato justo?
Hubo un silencio tenso. Taelon Dûrnthal respiraba entrecortadamente y mantenía su mano en la empuñadura de la espada. Finalmente se relajó y accedió.
—Solo espero que su causa esté a la altura de su ambición —dijo Taelon con frialdad, resignado a las condiciones de Surghen.
—Lo estará —aseguró el Comandante.
«Siempre lo ha estado».
El capitán se soltó con brusquedad, suponiendo que había quedado en ridículo. Era joven, formado en los métodos más rígidos del régimen, y creía que el poderío militar era la única garantía de seguridad nacional, incluso si el gobierno flaqueaba.
Esa visión chocaba con la de Surghen, quien prefería concentrar el poder y blindar la nación desde adentro, sin importar el costo.
El ejército comenzó a cruzar el bosque, dejando los carromatos en posición para partir en cuanto la luna apareciera. Durante la tarde, Surghen recorrió las instalaciones. No tenía nada urgente que hacer. Ya había pasado medio día cuando decidió visitar a quienes fueron sus compañeros en Fyrtim.
Caminó por los patios hasta una estructura aislada.
A primera vista, no parecía una prisión.
No había sido construida para ello, pero Surghen había dictaminado que serviría como tal.
La piedra de Thyr con la que estaba hecha mostraba grietas y falta de mantenimiento, aunque seguía siendo lo bastante sólida para mantener a los sobrevivientes fyrtanos en cautiverio.
Al entrar, lo recibió un pasillo iluminado, con habitaciones a ambos lados.
Surghen las había dividido para reducir su tamaño, aumentar la capacidad y convertirlas en celdas.
Torric, Miraen y Kael compartían una al fondo.
Tenían algunas comodidades, pero también carencias: un montón de paja como cama y una fosa séptica a medio llenar que ya impregnaba el aire con su hedor.
Cada quincena debían vaciarla si no querían enfermar.
Los jóvenes fyrtanos estaban platicando sentados en la cama de paja cuando Surghen los increpó.
Los tres chicos se callaron y miraron a su antiguo compañero con miedo.
Miraen fue la única que tuvo el valor suficiente para hablar, mientras que los dos muchachos la trataban de calmar y de hacer que bajara la voz.
—Entonces, siempre fuiste un bastardo —condenó la chica.
—La vida que tengo como drakariano era mejor que la vida que tenía como fyrtano —admitió Surghen.
—¿Y a qué has venido si se puede saber? Oh gran comandante —preguntó Miraen con ironía.
—Les quería hacer una propuesta —dijo el Comandante—. Aquí mando yo, por lo tanto, les puedo otorgar su libertad. —Los rostros de los tres muchachos cambiaron de repente. Se mostraron más interesados.
—Como dices idioteces. ¿Como crees que te vamos a creer?
—Si tú quieres no me creas —dijo Surghen—. Tengo el poder e influencia necesarios para sacarlos de aquí, pero les aclaro, si aceptan, no regresaran a Fyrtim.
—Y entonces ¿por qué querríamos salir? —Los otros dos chicos estaban estupefactos con la actitud de su amiga.
—Porque son inteligentes —respondió Surghen con un tono burlesco—. ¿De verdad prefieres quedarte aquí y vivir entre miados, a vivir tranquilamente en este territorio?
—Sí —respondió la chica rápidamente. No era cierto, ella quería escuchar la propuesta de Surghen, quizá le interesaría, no obstante, estaba enfurecida con su antiguo compañero.
—Perfecto —dijo Surghen. Se dirigió a los otros dos—. Esta es mi propuesta, si ustedes aceptan la nacionalidad drakariana y me juran lealtad, tendrán privilegios y pronto serán llamados nobles.
—Poca cosa —se rio Miraen.
—¡SILENCIO FYRTANA! —exclamó el Comandante. La sobrerreacción de Surghen hizo que la chica se sobresaltara—. ¡La próxima vez que me interrumpas te clavaré completa sobre una pica! —Se volvió hacia los otros dos fyrtanos, y con su sola mirada apresuró la respuesta que esperaba.
Torric se lo pensaba, la propuesta de Surghen era bastante tentadora, pero el orgullo le carcomía. No quería aceptarlo, no quería ser drakariano.
—Claro está que, si se les llega a ocurrir la estupidez de traicionarme una vez que salgan, sus cabezas acabarán en una pica —aclaró Surghen. Era la propuesta completa. Si los fyrtanos aceptaban, no habría marcha atrás.
»Déjenme decirles que ahora no son nadie. No tienen nacionalidad. Ya no son fyrtanos. Edruval y Aerymar ya los toman por muertos. Ya no se interesan en ustedes.
Aquello presionó a Torric. Meditaba sus opciones: no eran muchas.
Era en contra de su voluntad, pero sabía que, si no aceptaba pronto, moriría.
Aun así, algo dentro de su cabeza le decía que se arrepentiría si tomaba esa decisión.
Ya no vería a su familia nunca más. «Qué más da.
De todos modos estoy muerto», pensó Torric.
—Acepto… Comandante —dijo finalmente, con la voz quebrada, pero firme. Había tomado una de las decisiones más importantes de su vida.
Miraen y Kael se quedaron en silencio, incrédulos.
Sentían que Torric los había traicionado, no por miedo, sino por las palabras de Surghen.
Lo que más les dolía no era verlo marchar, sino que lo hiciera con convicción.
Más que encontrar a Surghen en las filas drakarianas, les dolía perder a Torric por voluntad propia.
Surghen sonrió, había ganado.
—Si alguno de ustedes sale corriendo cuando abra la puerta a Torric, morirán —advirtió Surghen, mientras giraba la llave y dejaba que Torric saliera—.
No tienen tiempo para pensar. Yo me iré para nunca volver y me olvidaré de ustedes.
Pero la oferta sigue abierta. Alguien vendrá más tarde por su respuesta.
Torric y el Comandante salieron de la construcción. Aunque sus pasos eran firmes, la mirada del fyrtano vagaba, atrapada en recuerdos. Ya no estaba preso. Ya no era fugitivo. Cuando llegaron a los patios centrales, la luna estaba por salir. Tharion Mûrvel se acercó a ellos, en silencio.
—Comandante, las tropas del capitán y las suyas ya se congregan en la puerta sur —dijo el castellano—. ¿Quién es él?
—Es un nuevo drakariano —dijo Surghen.
Tharion asintió, aunque miraba despectivamente a Torric.
—Torric, recuerda y tu vida estará segura. Tu lealtad ahora está con el Dragón Encadenado.
El fyrtano asintió.
—Llévalo a alguna habitación que esté libre —le dijo a Tharion Mûrvel—. Él será tu escudero.
Tharion asintió. Posterior a eso, Surghen se alejó junto con los demás soldados de Dorlak que comenzaron su avance hacia Tharwen.
Era un avance lento. El armamento pesado retrasaba mucho y reducía la velocidad.
El capitán Taelon le comentó a Surghen que la marcha duraría aproximadamente veintitrés días.
Debían ir despacio, sin levantar sospechas; avanzar con calma y evitar emboscadas.
Por añadidura, cuidarían la salud de los animales y de sus hombres.
Mientras caminaban, Kaelen galopó hasta encontrarse con su maestro.
—Señor, ¿cómo sabemos que la flota fyrtana ya ha partido? —preguntó, justo a tiempo, cuando todavía podían regresar al castillo.
—Qué bien que lo dices. Regresa a Tharûl-Bel, toma uno de los barcos y sal a la península junto con un pájaro. Tú nos avisarás de cualquier movimiento. Recuerda esconderte.
—Sí señor —dijo Kaelen antes de alejarse y regresaba al fuerte.
Kaelen no perdió tiempo una vez que llegó al fuerte, Tharion lo recibió sorprendido de su regreso. El escudero traía prisa y no tenía la calma para las formalidades que comenzó a decir el castellano.
—Tengo órdenes del Comandante —dijo Kaelen—. Necesito el barco que está atracado en la playa, debo salir ya. Necesito, además, dos cuervos.
Tharion envió a Torric por las aves.
El nuevo castellano se subió al caballo detrás de Kaelen y galoparon hasta unas escaleras naturales construidas sobre un peñasco que daba a una pequeña bahía.
En su fondo, una gran playa donde estaba atracado un barco pequeño, de madera un tanto descuidada y sin ninguna marca que delatara su nacionalidad.
Dejaron al caballo amarrado a la rama de un árbol y comenzaron a bajar lo más rápido que podían. Kaelen necesitaba llegar a la península lo antes posible. La bajada era abrupta y nada dócil; tardaron cerca de una hora en descender.
Al llegar a la playa, comenzaron a levar las anclas y a largar las cuerdas, sin esperar ningún momento. Unos minutos más tarde, llegó Torric con las aves y las colocó dentro del barco, en una zona segura, evitando que salpicaran.
En ese momento, Kaelen se hizo a la mar y navegó en línea recta hacia la península.
Fue un camino bastante tardado: la corriente estaba en su contra y el viento tiraba con fuerza hacia la costa.
El escudero no tuvo más remedio que comenzar a remar hasta llegar a mar abierto, donde se alcanzaban a ver las rocas y los rompeolas del territorio fyrtano, y donde apenas podía distinguirse la desembocadura del Varkhûn.
Kaelen decidió dormirse unos pocos minutos para guardar fuerzas.
Cuando se despertó, vio las luces de los faroles de los barcos fyrtanos pasando muy cerca de él.
El muchacho se escondió y vigiló su avance.
Indudablemente ya habían salido del puerto.
La oscuridad le aseguraría que no lo vieran.
«No está pasando nada… solamente estoy pescando», se dijo a sí mismo, preparando una coartada en caso necesario.
Cuando la última nave se fue del campo de visión de Kaelen, éste envió los dos pájaros hacía la caravana de Surghen.
Acabo de ver una flota de barcos fyrtanos. Ya salieron del puerto. No hay forma de que regresen.
Tienen vía libre para comenzar el ataque.