CAPÍTULO 17. LA VOZ DEL COMANDANTE
Un silencio tranquilizante. Una noche atrás, los soldados que habían llegado a Tharûl-Bel se pusieron a trabajar y encerraron a todos los prisioneros, después de eso se fueron a dormir.
Surghen despertó con una energía distinta. Con un nuevo propósito. Algo en el aire se sentía reparador, como si el mundo comenzara a alinearse.
El Comandante conocía su posición y sabía que había llegado el momento de restregarle al Emperador cada uno de los daños sufridos.
Por fin, la oportunidad de sentarse en el Trono del Colmillo Eterno se presentaba ante él.
Surghen bajó las escaleras del torreón donde había posicionado sus habitaciones. En una planta inferior se encontraba Neryss, acomodando papeles, panfletos, y tratando de calmar a las aves. Surghen llegó con él. La arquera estaba siendo la sustituta de Kaelen, quien seguía en cama.
—¿Y estos papeles qué? —preguntó.
—Algunos son informes de Fyrtim, otros son de Drakareth, y otros más son leyendas y cuentos —Neryss le extendió un puñado de semillas a un cuervo—. Esperaba que usted los leyera.
—Luego lo haré. Reúne a la escuadra. Tenemos trabajo.
—Sí, señor.
Surghen siguió bajando las escaleras hasta una habitación central del castillo, la cual había destinado para ser su sala de guerra. En lo alto de los pilares dóricos que escoltaban ese espacio colgaban los estandartes del dragón encadenado.
El escuadrón de Surghen aguardaba ya sentado alrededor de la mesa circular que mostraba con gran detalle el mapa de Drakareth, incluyendo algunas ciudades fronterizas fyrtanas en los márgenes.
—Drakareth está perdiendo la guerra —dijo Surghen sentándose en el pequeño trono situado en la cabecera de la mesa—. Quizá alguno de ustedes ya lo haya intuido: la administración de Tyrnium Valdyran es débil, y si seguimos así, arrastrará a Drakareth a la ruina.
—¿Cómo sabe eso? —preguntó Vaelric Durnharn.
—Los fyrtanos movieron sus fichas y atacaron Velgorad. No obstante, también emitieron un nuevo contingente que sospecho, busca conquistar la capital. El Emperador intentó retomar Velgorad a la fuerza y con eso debilitó Kaer’Durnath.
»Esa operación fue precipitada y desesperada, y ni siquiera fue consultada con el Consejo Imperial. El Rey desconoce la magnitud de recursos que exige una guerra contra dos frentes.
—¿Por qué «contra dos frentes»? —preguntó Neryss.
—El Rey, además, envió al general Lorem a tratar de conquistar Port Velyr, pero es ilógico: Tyrnium no le proporcionó las tropas suficientes para una campaña de ese tamaño y, por lo tanto, Lorem se quedó acordonado en Arvenmar.
—Si los fyrtanos estuvieran cerca de conquistar la capital, habrían tenido que entrar por el bosque y tomar Dorlak, o en su defecto, los habríamos visto acercarse desde el oeste, por lo tanto, es falso ese mensaje que leyó. —dijo Raghor Tûn-Kaldras.
—Los fyrtanos no avanzaron por aquí, eso es obvio. Cruzaron el Lysarneth hasta el río Varkhûn, y de ahí atravesaron hasta el Bosque Negro.
—De todos modos, tendrían que tomar Nur’Dan... Y rezar porque la Legión de Thun’Zakar no caiga sobre ellos—. Reincidió Raghor.
—El reinado de Valdyran se acerca a su fin, junto con su monarca. La vejez del Rey lo ha llevado a cometer estupideces, y serán esas estupideces las que le costarán el trono.
—Cuando lo pierda, será el príncipe Argon quien lo herede —dijo Selthar.
—No. Cuando caiga Valdyran, caerá también su corte, su consejo y su linaje. Drakareth no tendrá heredero.
—Si eso sucede, y usted reconquista la capital, el consejo querrá quedarse con el trono —intuyó Neryss.
—Si eso sucede, el Consejo estará muerto para entonces.
Surghen le lanzó una mirada agresiva a su arquera.
—Y si los fyrtanos no hacen nada, entonces será usted quien levante la espada contra la Familia Real. —volvió a condenar Neryss.
—Si los fyrtanos no hacen nada entonces esperaré y continuaré con mi guerra. Hasta el momento en que la Familia Real levante la espada contra mí.
—¿Y por eso no responderá ante el avance fyrtano? —preguntó Tharion Mûrvel—. ¿Por orgullo?
—Por estrategia —corrigió a Tharion—. El avance fyrtano no quedará impune, pero ya no podemos detener a la flota fyrtana. Lo que sí haremos será evitar que envíen algún otro contingente por el mar—. «Muy a mi pesar, si por mi fuera, dejaría pasar a tantos fyrtanos fuesen posibles».
»Es momento de continuar con la guerra —Surghen colocó su espada sobre la mesa.
—En cualquier caso, la Madre Patria ya no depende de lo que nosotros podamos hacer. Bien lo dijo: Ya no podemos detener la flota fyrtana —dijo Vaelric.
«No, pero ese es justamente el punto».
—Tienes razón, a partir de este momento dependemos de la defensa de Nur’Dan. Pero evitaremos que la situación empeore.
»Si tomamos Tharwen, les quitaremos las rutas de suministros a los fyrtanos que cruzaron, haciendo que, en caso de que ellos fracasen, no puedan regresar.
—Si llevamos a cabo este ataque, estaríamos vulnerables ante Aelwîn y, de ser así, ¿qué los detiene de retomar este castillo? —preguntó la arquera.
«Sigue pensando que me llevaré a todos, así como lo hice en el bosque».
—Para que eso no ocurra, dejaremos una guarnición aquí en Tharûl-Bel y el resto nos iremos a Tharwen. Neryss, envía un cuervo a Dorlak solicitando tropas para esta campaña.
—Neryss tiene razón, ¿qué sucederá con la ciudad fyrtana? —preguntó Vaelric.
—Puede esperar. Si aseguramos las costas, controlaremos de nuevo esta guerra. —«Pero antes necesito saber qué ocurre en Arvenmar».
Al observar sus rostros, el Comandante se percató que ninguno de los ahí presentes estaba seguro de las decisiones que él mismo había tomado. «Tienen miedo y eso es bueno... El miedo es el primer paso a la lealtad».
Toda su escuadra lo veía con ojos temblorosos que eran, en parte, por el miedo que la inminente batalla representaba.
Surghen paseó la mirada por cada uno de los rostros de los soldados, hasta detenerse con Tharion Mûrvel.
Éste apretó los labios y mantuvo su mirada firme ante los ojos del Comandante.
—Neryss, envía dos pájaros —ordenó—. Un halcón a Arvenmar. Quiero conocer el avance del general Lorem. Y el cuervo a Dorlak.
—Sí señor —dijo la arquera al retirarse.
Durante los primeros momentos después de la salida de Kaelen hubo un silencio sepulcral. Una ráfaga de viento sopló con fuerza y tronó contra las puertas del castillo y contra las ventanas, soltando un chiflido. Nadie veía otra cosa más que al Comandante.
—¿Por qué veo miedo en sus ojos? —preguntó Surghen. Nadie contestó, pero más de alguno movió los labios, buscando alguna respuesta.
»Tharion, levántate. —El muchacho se levantó—. Después de esta conquista, todos regresaremos a Drakareth a apoyar al Rey y, por lo tanto, te quedarás como protector de esta frontera.
»Lord Tharion Mûrvel. Castellano de Tharûl-Bel.
«Solo el Rey puede otorgar esos títulos», pensó Raghor, sin atreverse a objetar contra el Comandante, pero en sus ojos había dicho todo.
Surghen le lanzó una mirada venenosa, como si hubiera leído su pensamiento y lo hubiera condenado. Nadie dijo nada ni hizo nada. Tan pronto como Surghen se retiró de aquella sala, la escuadra también lo hizo.
El Comandante se dirigió a los patios a tomar aire fresco, cuando vio salir volando a un halcón y cuervo en direcciones opuestas. Solo habían pasado unas horas cuando Neryss recibió el cuervo de Dorlak.
Nueve días después, los portones de Tharûl-Bel se abrieron ante una caravana imponente: una fila interminable de soldados, carromatos y estandartes del Dragón Rúnico ondeando al viento.
Vestían armaduras plateadas oscuras con el blasón de los Valdyran en las pecheras, montaban caballos marrones oscuro con sillas de montar blancas, y avanzaban con la solemnidad de quienes saben que representan algo más que fuerza.
Al frente, con la mirada firme y el rostro cubierto por una capa de viaje, marchaba el capitán Taelon Dûrnthal.
Aquel día, Kaelen ya se había incorporado nuevamente a la escuadra de Surghen.
El Comandante se colocó la coraza sobre el pecho, se abrochó las hombreras y mangas con ayuda de su escudero, ajustó la espada en el cinturón, cruzó el escudo sobre la espalda y salió al encuentro del capitán recién llegado, acompañado por Kaelen y Tharion.
—Lord Tharven Kûrdras me ha enviado junto con este contingente de soldados —dijo el capitán apenas cruzó el umbral del castillo.
—Agradecido, capitán —respondió Surghen sin moverse—. La guerra ha llegado al oeste, y por lo que sabemos, pronto será el corazón de Drakareth quien sangre. Por ahora, Tharwen será nuestra próxima llave.
—Si la guerra azotará el centro de nuestra Madre Patria, ¿por qué ha solicitado tropas entonces?
—Porque junto con mi ejército, he decidido que nuestro mejor movimiento será conquistar la ciudad portuaria de Tharwen, tal vez, con un poco de suerte, logremos detener la flota fyrtana antes de que zarpe hacia Drakareth.
El ejército de Dorlak se separó de su capitán y fueron a alojarse a una sección más apartada del castillo.
—Las órdenes que Lord Tharven me dio son claras, en cuanto me diga, comandaré a mis tropas hacia la batalla.
—Me temo que eso no será necesario. Durante esta campaña todos los soldados estarán bajo mi mando—. Surghen y el capitán comenzaron a caminar hacia la sala de guerra.
—¿Disculpe? —inconscientemente llevó la mano a la empuñadura de la espada. Surghen no pasó por alto ese acto, pero no hizo nada—. Estos son hombres de Dorlak, no están bajo su mando.
«Ahora sí lo son».
—¿Ve ese estandarte, capitán? —Surghen señaló el estandarte del dragón encadenado ondeando en las torres de Tharûl-Bel—. Este castillo ya no responde al viejo poder de Drakareth.
—¿Y a qué responde entonces? —preguntó el capitán con desconfianza—. Ese estandarte no es reconocido por el imperio.
—Se equivoca, hasta el mismo Emperador conoce sobre este blasón y sabe quién combate bajo su sombra. Espero, capitán, que durante su estancia aquí usted también entienda ante quién responde este blasón y este castillo.