Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 16. EL ACERO Y LA VOLUNTAD #3
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CAPÍTULO 16. EL ACERO Y LA VOLUNTAD #3

—Fyrtanos —dijo Surghen, comenzando a pasearse alrededor de ellos—. La única razón por la que siguen vivos es la suerte que tuvieron. Su distancia con la muerte es mínima. Si cualquiera hace algo en contra del régimen, todos morirán.

Nadie habló de regreso, pero todos lo veían fijamente y, por lo tanto, habían entendido. La mayoría eran de miedo, otras de odio, y solamente tres eran de decepción.

—Teniente, ¿cuántos hombres quedamos? —preguntó Surghen.

—Poco más de una cohorte, se fueron quedando soldados en los otros campamentos.

—Te quedarás aquí, y mantendrás el campamento con media cohorte.

—Entendido—. El teniente envainó la espada y comenzó, con ayuda de su escudero, a coordinar a los soldados que se quedarían.

«No tenemos hombres suficientes», pensó Surghen. Contó cuántos hombres se irían con él. No llegaban a formar ni una cohorte completa. Aun así, decidió avanzar, aunque el presentimiento de la falla catastrófica lo mordía por dentro.

Les tomaría demasiado tiempo regresar al castillo, y no quería arriesgarse a una rebelión de los prisioneros. Debía pensar en algo para impedir cualquier incidente y lograr llegar al castillo.

Sus hombres estaban exhaustos por la marcha incesante, pero, al fin y al cabo, él estaba al mando. «Si no pueden resistir esto, entonces no merecen llamarse soldados de Drakareth».

—¡Soldados! —exclamó—. Iniciemos el regreso a Tharûl-Bel.

—Pero señor —suplicó Ekran Velbrûn, un soldado de su misma escuadra. Un privilegiado del hacha de guerra—. Déjenos descansar un poco.

—No podemos —dijo Surghen bruscamente—. Aquí en el bosque hay suficientes hombres para protegerlo, pero Tharûl-Bel está desierto.

Enkran se derrumbó por el cansancio y por la noticia.

—¡Tomen una estaca pues la necesitarán! ¡Tomen las cuerdas del campamento y aten a los prisioneros por las manos! ¡Saquen las provisiones, sobre todo agua! ¡Caminaremos hasta el castillo sin detenernos! —ordenó el Comandante.

Pasaron unas horas. A pesar del cansancio, los soldados que iban a regresar se movían con agilidad. Recolectaron toda el agua que pudieron cargar con sus manos y utensilios, y tan pronto amaneció, cruzaron la frontera y caminaron hacia el castillo.

A los prisioneros se les prohibió el agua durante varias jornadas. Aquellos días el sol era abrasador, y muy pronto la deshidratación y las quemaduras comenzaron a afectarlos a todos.

Tuvieron que pasar nueve amaneceres para que, por fin, los drakarianos llegaran a Tharûl-Bel.

Ekran Velbrûn estaba muy grave. Sufría una dolencia que nadie sabía nombrar: manchas oscuras, irregulares, se extendían por su torso y piernas como advertencias vivas.

Selthar Marn lo trató con todo lo que conocía, cada planta, cada ungüento, cada oración.

Contra todo pronóstico, Ekran comenzó a mejorar.

Pero fue un golpe bajo para todos, sobre todo para Surghen, cuando Ekran no despertó al día siguiente.

El diagnóstico de Selthar Marn hablaba de una muerte prematura por una enfermedad nunca vista.

El Comandante y todo su escuadrón estaban devastados.

Tanto tiempo juntos en combate, para que uno muriera sin aviso.

En los días siguientes, algunos decían que fue casualidad; otros, que era castigo divino. Algunos más, que se trataba de magia negra. La verdad es que nadie supo jamás qué lo mató.

Después de la llegada a Tharûl-Bel, Kaelen había despertado, aunque seguía en reposo y algo desorientado. Selthar Marn se encargó de darle múltiples infusiones a base de plantas medicinales para acelerar su recuperación.

—Señor —llamó el escudero—, tengo un mensaje fyrtano que puede interesarle.

Le tendió un papel medio quemado. Surghen lo abrió y comenzó a leerlo:

Desde Eärvendil hasta el general Taredh Valhoren.

Ha salido un fuerte contingente de tropas hacia el río Zaldren. El capitán Edrion Falek nos ha informado que la capital imperial se ha debilitado.

Es nuestro momento de ganar la guerra.

Firma: Aedric Valhoryn, Comandante Supremo de los Hostes fyrtanos.

Una sonrisa se dibujó en el rostro de Surghen. Estaba extasiado. La oportunidad que llevaba cerca de un año esperando al fin se presentaba y no la iba a desaprovechar.

—¿Qué sucede, señor? —preguntó Kaelen.

—El dios Vark nos ha dado la oportunidad de nuestra vida, muchacho.

—¿Por qué? ¿Qué pasó?

—Los fyrtanos atacarán Kaer’Durnath —dijo Surghen—. La conquista de Aelwîn tendrá que esperar.

—¿Defenderemos la capital?

—No. Esperaremos que la conquisten. Para entonces, regresaremos y la reconquistaremos.

—¿Y luego? El Emperador querrá tomar nuevamente el trono —dijo Kaelen—. No servirá de nada.

—No, muchacho —respondió Surghen tratando de convencerlo—.

Este ejército que nos ha acompañado, en el que hemos confiado los unos en los otros…

será la nueva ley de Drakareth. —Se acercó a él—.

El dominio de Tyrnium desapareció con su arriesgada jugada, aparentemente queriendo retomar Velgorad.

Este es nuestro momento de aprovecharlo.

Tranquilo Kaelen, pronto seremos la nueva autoridad: una autoridad joven e inteligente.

Haremos que Drakareth perdure en la historia.