Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 16. EL ACERO Y LA VOLUNTAD #2
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CAPÍTULO 16. EL ACERO Y LA VOLUNTAD #2

Inició la marcha, sigilosa y precisa. Neryss contó varios centenares de vigías; eran demasiados.

El miedo se palpaba, pero los drakarianos temían más a su propio comandante que a los fyrtanos.

Fue por eso mismo que la ofensiva continuó.

Todos los arqueros drakarianos apuntaron flechas hacia el campamento y trataron de rodear a los fronterizos.

A la señal de Surghen, dispararon. La flecha que necesitaba acertar fue la flecha que falló. Y fue Neryss quien no acertó.

El soldado intentó dar la alarma. Inmediatamente, Neryss agarró otra flecha y acertó en el corazón del hombre, pero no sirvió de nada: los fyrtanos ya estaban al tanto de sus invasores.

Apenas inició el ataque de Surghen, los últimos fyrtanos de la frontera salieron en tropel al encuentro, forrados en armaduras.

«Ya no hay marcha atrás». El Comandante y su escudero desenfundaron las espadas y corrieron contra la avalancha de soldados.

—¡Por la Madre Patria Drakareth! —exclamó Surghen alzando su espada. Detrás de él, las tres centurias repitieron el grito y comenzaron su carrera. Solo había pasado un minuto y el bosque se vio envuelto en un combate abierto. Uno donde todos morían.

Surghen le rompió el cuello a un fyrtano justo cuando una flecha rebotó en su casco y lo tiró al suelo.

El sudor y la sangre le corrían mezclados por la frente.

Se pasó la mano metálica por ésta y se bebió un sorbo de saliva.

Por unos breves momentos, todo el bosque estuvo en silencio sepulcral.

El Comandante solo podía escuchar un molesto pitido, fruto del aturdimiento.

Se apoyó en el suelo y se levantó. Nírmen, Sortrin y Thessen lo observaban después de disparar la flecha.

Surghen los reconoció, y ellos a él. El Comandante ajustó el agarre de su espada y se puso en guardia.

Nírmen fue el primero en lanzarse. El odio lo hizo precipitarse e ignorar las advertencias de sus compañeros.

«Nírmen, deberían darte un premio por idiota», pensó Surghen con una sonrisa, justo cuando su antiguo compañero se abalanzó contra él.

Esa vez, fue la última. Nírmen lanzó un tajo en vertical.

Surghen lo bloqueó con la espada y respondió con un corte en todo el torso.

El mismo golpe que había hecho hacía meses, cuando entrenaban para el mismo ejército.

La hoja se hundió sin resistencia. Años de entrenamiento juntos no valieron nada.

Nírmen, reducido a una advertencia más del pasado.

Sortrin y Thessen se quedaron boquiabiertos, mas no sorprendidos; creían conocer a Surghen por completo.

Los fyrtanos se abalanzaron contra él, pero no lo atacaron directamente, en cambio, comenzaron a rodearlo y procedieron a atacarlo por flancos opuestos.

A duras penas, Surghen podía defenderse de ambos.

Los fyrtanos pensaron que tenían ventaja sobre quien que fue nombrado el mejor cadete de su generación.

El Comandante parecía haber regresado a sus ayeres.

No hablaba, no simulaba ninguna expresión, pero su defensa era elegante.

Aprovechó un error de Thessen para crear espacio y posicionarse nuevamente.

Al notar que los fyrtanos no continuaron su ataque, ahora era su turno.

Se abalanzó contra Thessen y en tres sencillos golpes le quitó la espada, le arrancó el brazo y lo empujó a una pila de cadáveres, donde su pierna quedó clavada en una pica.

Nuevamente se giró hacia Sortrin. El miedo paralizó al chico que se quiso defender; sus movimientos eran toscos y para nada eficaces.

Aun así, consiguió hacerle un corte en el abdomen a Surghen.

Fue un corte pequeño, para nada crítico, pero el drakariano no lo dejó pasar y le clavó la espada en el centro del abdomen.

Aquello no lo mató al instante, pero se quedó con varios minutos de hemorragia, al igual que Thessen.

El sol salía y la batalla llegaba a su fin. La superioridad numérica fyrtana no pudo contra la pericia y estrategia drakariana. Algunos se quitaron la vida, otros huyeron a las montañas o a Osthelar, y unos pocos se rindieron, quedando como prisioneros.

Cuando la luz comenzó a calentar los parajes y la nieve de las montañas empezaba a brillar, Surghen se acercó al campamento, donde los drakarianos restantes se congregaban alrededor del centenar de prisioneros.

Kaelen se encontraba sentado bajo un árbol, con las piernas extendidas y la cabeza caída. Una flecha seguía clavada en su hombro, tenía un corte en el costado y un golpe en la cabeza que lo había dejado sangrando.

A pesar de ello, ya estaba siendo tratado por Selthar Marn.

—¿Cómo está? —preguntó el Comandante.

—Malherido —Selthar vendó el hombro y entablillo el brazo—. Pero vivirá.

Surghen se alejó de sus hombres y caminó hasta la congregación de prisioneros.

A todos, sin excepción, los veía con un desprecio descomunal, aunque su rostro no mostraba expresión alguna.

Paseó la mirada varias veces, estudiando las propias miradas que los sobrevivientes le devolvían: algunas lo juzgaban, otras lo condenaban, y otras lo despreciaban.

Un escozor doloroso en el pecho arremetió contra él al ver a tres de sus antiguos compañeros entre los prisioneros.

Miraen, Torric y Kael lo miraban con tristeza.

Tenían lágrimas en los ojos, que además ardían de rencor.

Surghen sabía que nunca podría recuperar su amistad, pero pensaba que tal vez su lealtad aún podía corresponderle.

El Comandante se mantuvo firme, sin dejar que su rostro hablara.