CAPÍTULO 16. EL ACERO Y LA VOLUNTAD
Había mucho murmullo entre los allegados a Surghen cuando recibió la negativa del Consejo Imperial.
Aquel bullicio entre sus oficiales se intensificó sobre todo en el momento en que el Comandante erigió su propio escudo de armas en lugar del de Valdyran.
«¿Qué planea el Comandante?», pensaba el teniente Varek Thandrak cada que salía del parapeto y notaba aquellas grandes banderas.
Era un día tranquilo, como si la guerra hubiera llegado a su fin. Pero la calma no reflejaba el estado real del ejército de Surghen: convivían, de forma tensa, con los fyrtanos juramentados ante la familia Thyrvalion y solo era cuestión de tiempo para que intentaran recuperar el castillo.
Incluso el escudero notaba a Surghen más ausente que nunca.
Nadie sabía explicar las razones. El Comandante pasaba largas horas en sus habitaciones.
El viaje a Dorlak con un bordador militar habría tomado demasiado tiempo, así que fue él mismo acompañado solo por su sirviente.
Los soldados estaban cansados y desconcertados.
El ambiente era extraño. Los fyrtanos no atacaban y Surghen no daba órdenes.
Cuando el Comandante salió, era otro. Tal vez había cambiado desde Fyrtim, pero esta nueva imagen suya era la cúspide de la autonomía.
Rozaba la insubordinación… o algo peor. Surghen llevaba la misma armadura de siempre, más encerada, con su escudo de armas bordado en hilillos de oro y decorado con venas del mismo metal.
Los ojos del dragón en el escudo eran del mismo tono y estaban extrañamente vivos.
El casco, los pantalones y las botas mostraban el único cambio: las venas doradas.
La situación era cada vez más agravante.
La tensión con los fyrtanos aumentaba al mismo tiempo que la ausencia del Comandante.
Kaelen había decidido quedarse a esperar fuera de las habitaciones de su señor el tiempo que hiciera falta.
Tenía arrastrando la espada élfica cuando llegó a su puerta.
No esperó mucho, Surghen salió inmediatamente después de que éste había llegado.
—Kaelen. Avisa a todos: Aseguraremos la frontera —ordenó Surghen.
—¿Qué pasa con la negativa?
—El Consejo Imperial es estúpido. —Bajaron las escaleras hasta los patios centrales—. Respóndeme algo, ¿si el enemigo te tiene amenazado, pedirías permiso para responder ante esta amenaza?
—No, no lo pediría, pero… lo pensaría mejor a la hora de iniciar un ataque.
—Es bueno pensar, y por eso mismo, ignoraremos la negativa del Consejo.
—¿Eso no sería insubordinación? Seguimos una cadena de mando.
—Sí, sí sería. Pero piensa… Tyrnium no es tonto y así nos rechazó la propuesta, aun sabiendo nuestra situación actual. ¿Crees que rechazan las propuestas de Lorem? Sobre todo, en esta guerra.
—Sí. —Hablaba con un tono dubitativo.
—No. No lo hacen, por lo que podemos decir que Lorem controla su guerra. Del mismo modo yo controlaré la mía.
Kaelen estaba cada vez más confundido.
—Entonces, respóndeme—. Surghen se acercó a él y tomó su espada—. ¿Darías tú el permiso de este ataque?
—Sí. —La palabra salió en automático, casi como un impulso.
—Kaelen, mi fiel escudero. Tu palabra vale más que el consejo de guerra imperial.
El sol del ocaso se comenzaba a postrar sobre el Lysarneth, acompañando y vigilando las decisiones de Surghen.
Para cuando la noche inició, el Comandante y sus cohortes estaban formados frente a la puerta norte, todos montados a caballo.
Los nuevos estandartes del dragón encadenado ondeaban sobre las lanzas y el ejército respondía ante un nuevo nombre.
Surghen, escoltado por su escuadra personal, inició su camino a costa de las órdenes del Consejo Imperial.
«Espero que seamos suficientes», pensó Surghen antes de comenzar la marcha.
No había antorchas, no había iluminación, y en el momento en que se adentraron en el bosque, tampoco había caballos.
El capitán Drevon y su escuadra se adelantaron hacia el norte, sigilosamente.
El objetivo era conocer el número de enemigos.
Ese fue el error de Surghen: enviarse a sí mismo y a sus hombres a pelear una guerra contra un número desconocido.
Pasaron una, dos, tres horas. Los drakarianos hacían guardia apenas a veinte yardas del fuerte.
Esperaban los informes del capitán. Este llegó al mismo tiempo que la luna iluminaba las copas del Altheryn.
—Hay poco más de dos mil fyrtanos hacia el este del bosque. —informó el capitán—. No dudaría que hubiera más.
—Excelente —agradeció el Comandante—. Claro que hay más hombres, tenemos suerte que nomás sea un grupo pequeño. Los rodearemos, atacaremos por dos flancos, no se esperan que ataquemos desde su retaguardia.
Todos asintieron y comenzaron a caminar por senderos más aplastados, cubiertos de terracería, lo que haría que sus pisadas se escucharan menos.
Por fin divisaron el campamento. Varias hogueras a medio apagarse rodeaban las tiendas y barricadas.
Había un número reducido de vigías: no superaban las dos decenas.
Liderando la patrulla estaba el general Taredh Valhoren.
«Nos ayudará a deshacernos de él», pensó.
Neryss Alvareth pareció leer sus pensamientos. Cargó una flecha en su arco, lo tensó y disparó a la señal de Surghen. No se oyó, ni siquiera entre ellos. El cuerpo de Taredh Valhoren cayó inerte sobre un acolchonado de hojas húmedas.
Un vigía caminaba en esa dirección cuando otra flecha le cayó en el centro del rostro; una flecha que no había tirado Neryss.
Pasaron muchos minutos, tal vez una hora, y los fyrtanos seguían durmiendo plácidamente.
Algunos se despertarían a la mañana siguiente; otros no lo harían.
Tan pronto como la guardia fyrtana fue demolida, Surghen y su flanco se acercaron entre las sombras y cortaron la garganta de todos los que pudieron.
Surghen pensaba que una estrategia así, ejecutada a la perfección, disminuiría las bajas casi en su totalidad.
Para cuando el sol salió, no quedaba ningún soldado fyrtano en aquel campamento. Nadie se pudo haber enterado.
Surghen decidió que se quedarían en ese lugar durante el día y usarían el campamento fyrtano para refugiarse. Además, le encargo a Kaelen el centro de mensajería.
—Cualquier halcón o paloma que llegue, me notificas inmediatamente —le había ordenado antes de que el escudero se moviera a su puesto.
Los soldados fueron entrando poco a poco al campamento.
Surghen estaba preocupado, pero ya no había marcha atrás.
Dejaron totalmente desprotegido Tharûl-Bel.
«Fue una estupidez, pero era necesario» —concluyó el muchacho al comprender su equivocación.
En la noche siguiente, el Comandante dejó el campamento encargado a unas pocas centurias, mientras el resto de los drakarianos continuaba su marcha, calculaban que el siguiente grupo de fyrtanos estaría a setenta millas de su posición.
Pensaban en repetir la misma estrategia, pero no funcionó como Surghen hubiera previsto.
Los traslados fueron más lentos, el capitán Drevon fue más descuidado, y algunos de los fyrtanos lograron notificar el ataque.
En cualquier caso, tomaron aquel campamento.
Y para colmo de males: las cohortes drakarianas comenzaban a debilitarse por las jornadas extenuantes y la falta de alimento.
Las guerras relámpago y los ataques nocturnos se convirtieron en la firma de Surghen. «Con solo dos días más, ya tendremos la frontera». Las recompensas por las conquistas resultaron ser valiosas: flechas, espadas, armaduras e información fyrtana que pensaban utilizar en un futuro cercano.
Kaelen estaba muy estresado; no entendía por qué el Comandante había desistido de traer los carros, aunque fuera un carruaje pequeño.
Aun así, decidió llevar sus banderas. «¿Cómo puede estar tan ciego?
Mientras más soldados carguen sus cosas, menos soldados tiene para la batalla», pensaba el escudero.
A cada campamento conquistado, ondeaba el dragón encadenado.
Ya había sucedido una semana de campaña, pero el trabajo todavía no estaba terminado.
Un último campamento fyrtano seguía en pie a algo más de tres millas de su posición.
Aunque el miedo amedrentaba al capitán Drevon, avanzó en su reconocimiento.
El Narthorien se mostraba hostil e imponente, escoltando a la guardia fyrtana.
El capitán de la exploración, junto con su escuadra, avanzó a hurtadillas por un sendero improvisado, escondidos entre árboles y arbustos.
Rodearon parcialmente el campamento y subieron a los árboles para vigilar.
Terminaron contando a los últimos dos mil soldados fyrtanos que ocupaban lo que ahora era su territorio.
Cuando el trabajo estuvo terminado, Drevon llamó al regreso, y fue justamente su error lo que anunció el fracaso de la operación antes de que comenzase.
El experimentado militar resbaló y aterrizó sobre un arbusto de moras, alertando a los fyrtanos.
Rápidamente se levantó y salió corriendo junto a sus hombres hacia la oscuridad.
—Nos tienen vigilados —escuchó la voz de un fyrtano.
—¿Cuántos son? —preguntó l Comandante en cuanto Drevon regresó al grupo del ataque.
—Cerca de dos mil —respondió—. No creo que salgamos vivos. —«Al menos no con mi error».
—Claro que lo haremos —Surghen no le puso atención a su capitán—. ¡Prepárense para salir! Enciendan las fogatas.
—Señor, eso revelaría nuestra posición. —dijo Selthar Marn, su curandero de campaña.
—Es lo que quiero. Que los fyrtanos piensen que seguimos aquí.