Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 15. EL ESTANDARTE POR CUENTA PROPIA #2
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CAPÍTULO 15. EL ESTANDARTE POR CUENTA PROPIA #2

Para cuando entre el mes del Oscurecer, nos habremos asentado en Aelwîn y enviaremos un emisario a la capital. Para finales del año, yo, Surghen Dürhavel, me presentaré personalmente en las salas del Varkhalion.

Firma Surghen Dürhavel, Comandante Supremo de las hostes drakarianas.

El Rey lo enrolló de nuevo y salió con paso firme hasta su sala de guerra. No tenía tiempo que perder, conocía a Surghen y sabía que actuaría impulsivamente. Mandó a Eldren a reunir a su consejo de guerra, ordenando la urgencia de aquella audiencia.

Pasó un minuto. Diez. Pasó media hora hasta que el último miembro del consejo entró en la sala y se sentó. Eldren entró cargando dos botellas de vino añejado y las copas necesarias.

—Señores —anunció el Rey—. Hemos recibido el informe de Dürhavel. Han tomado el castillo Tharûl-Bel.

—Y entonces, ¿para qué es esta reunión? —preguntó Lord Tharek Malgôr, líder de una de las Casas más influyentes de la ciudad.

—Para discutir sobre sus aspiraciones. Está planteando seguir su campaña hasta Aelwîn.

—¿Qué lo detiene? —preguntó Lady Ilenya Vorthen. Era la suprema dirigente de la red de inteligencia de la ciudad, denominada el Juramento Silente.

—La aprobación de este consejo.

Eldren sirvió el vino y repartió las copas.

—Es muy arriesgado —estableció Kaerum Halvek, comandante de la Guardia Capitalina, cuyos hombres habían sido denominados por el mismo pueblo como vardianos —. Yo pienso que si ya tiene la frontera controlada que ahí se quede.

—¿Eres tonto? —le recriminó Varoth Enkran, quien era el jefe y comandante de las empresas fluviales que recorrían el río Zaldren, entregando armamento a cada una de las ciudades de la ribera.

Un hombre extremadamente poderoso—. No se puede quedar ahí.

Si consigue hacerse con el control de Aelwîn, solamente podría ser la misma Eärvendil la que le oponga resistencia.

En mi opinión, esa podría ser una maravillosa jugada.

—O también podría ser un maravilloso desastre —le echó Kaerum irónicamente.

—No tiene asegurada la frontera —aclaró Tyrnium—. No lo mencioné porque en el mensaje están interconectados. Surghen necesita la aprobación de este consejo para poder moverse.

—¿Necesita tropas? —preguntó Ilenya.

—No.

—De igual forma opino que se quede dónde está —dijo Kaerum mientras le daba un trago a su bebida—. Más tarde podemos enviar a otro general que termine el trabajo.

—Le diste la razón a Varoth —escupió Ilenya—. De verdad eres un magnífico imbécil. —La señora le dio un trago a su bebida.

—¿Por qué? —Kaerum soltó una risotada.

—El único militar que podría seguir con esa campaña es Lorem, y está en Arvenmar. El Comandante Supremo es lo suficientemente habilidoso para librar sus propias batallas —dijo Ilenya.

—Pero es impulsivo. No sabemos si sobrevivirá. —dijo Kaerum.

Lo que el emperador había pensado que sería una reunión tranquila y rápida, se había convertido en una guerra política entre varios.

Los que apoyaban el plan de Surghen y los que no.

Mientras tanto, Surghen se movería. Era obvio.

Realmente no se esperaría a la respuesta del consejo para moverse, por lo que debían actuar rápido y sacar su respuesta lo más pronto posible.

—¡Señores! —el Rey interrumpió la audiencia—. Debemos decidir rápido, todos sabemos que Kaerum tiene razón: Dürhavel es impulsivo y como tal no creo que espere tanto por una respuesta, por lo tanto, hay que decidir esto hoy.

—Estoy en contra de que se mueva —dijo Lord Kaerum.

—Yo estoy a favor de su plan —votó Ilenya.

—Yo también —votó Lord Varoth.

—Yo estoy en contra de que se arriesgue en la ciudad —votó Tharek Malgôr—. Que tome la frontera si quiere, pero que no se acerque a las grandes ciudades.

—Opino lo mismo —dijo Lord Zevron Tarkhaal, general supremo y vicario del Rey.

—Pues bien está decidido —terminó el Rey—. Eldren, envía el cuervo a Tharûl-Bel.

El sirviente asintió, pero antes de irse y, sobre todo, antes de que el consejo se retirase, Eldren le entregó otro papel, cerrado en un simple hilo y sin sello.

—Señor —susurró el sirviente—. Los fyrtanos han tomado Velgorad, e hicieron prisionero a Lord Vareth.

Aquello tomó por sorpresa al emperador y a los que lograron escuchar el mensaje. De manera directa, los fyrtanos habían continuado la guerra y se habían colado por la fisura más débil de la capital.

—¿Escucharon? —preguntó el Rey. Estos negaron con la cabeza—. Enviaremos tropas a Velgorad —ordenó—. Los fyrtanos han continuado la guerra y han tomado posesión de la ciudad. Lord Zevron, envía media Legión a retomar la ciudad.

—¿No es eso más peligroso? —preguntó ardientemente Kaerum—. Estaríamos enviando a hombres a su muerte.

—Por supuesto que es peligroso. —El Rey se acabó su copa—. Pero es más peligroso que los fyrtanos nos ataquen desde adentro. Si logramos expulsarlos, habremos ganado la guerra.

Aquel argumento no pareció convencer del todo a Kaerum Halvek, pero no dijo nada. No trató de discutir contra el Rey y ese fue su error. Con las órdenes dadas, los integrantes del consejo abandonaron la sala.

***

Surghen abrió el papel que Kaelen le había llevado previamente.

Desde Kaer’Durnath hasta Tharûl-Bel.

Habiéndose leído con rigor su misiva enviada desde Tharûl-Bel, y habiendo sido su contenido deliberado en el seno del Consejo de Guerra Imperial, se ha dictaminado lo siguiente: Que la propuesta de extender la ofensiva más allá de los límites establecidos no cuenta, en este momento, con el apoyo solicitado.

Que una escalada militar sin el consenso de la Corona representa un riesgo grave para la estabilidad del Reino y la seguridad de nuestros bastiones.

Que toda maniobra de conquista de envergadura deberá ser autorizada por el Emperador en pleno acuerdo con este Consejo.

Por tanto, se prohíbe terminantemente el avance de sus fuerzas hacia Tharwen o cualquier otro territorio fronterizo con Fyrtim. La toma de Tharûl-Bel será consolidada, y se establecerá un alto en el frente hasta nueva orden.

Esta decisión debe ser acatada con la obediencia debida.

Por mandato del Consejo de Guerra Imperial.

Surghen estaba fervientemente molesto              con              la              negativa. «Tyrnium conoce mis aspiraciones a su trono», supuso. No creía posible que no le dieran el permiso para atacar, le parecía una práctica absurda el tener que pedir permiso para emprender su campaña militar.

—Entonces lo haré. Con o sin su permiso —sentenció Surghen, con la carta del consejo todavía ardiendo entre sus dedos.

En lo alto del muro, el dragón encadenado ondeaba al viento. Era su nuevo estandarte, y ésta, su guerra.