Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 15. EL ESTANDARTE POR CUENTA PROPIA
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CAPÍTULO 15. EL ESTANDARTE POR CUENTA PROPIA

Desde la toma de Tharûl-Bel hasta ese momento, habían transcurrido un día.

Surghen recorría de nuevo el castillo. No sabía con certeza qué buscaba, pero seguía caminando entre sus pasillos.

Kaelen llegó por una poterna trasera. No traía armas ni objetos visibles.

Vestía un jubón ocre encima de una cota de malla verde, ambos impecables, sin manchas ni abolladuras.

Le entregó grandes mantas oscuras, enrolladas en un palo de madera negra.

—Gracias —dijo Surghen al recibirlos, antes de retirarse a la Sala de Guerra.

En cuanto llegó, se sentó en una silla de gran tamaño hecha con piedra de Thyr y roble.

Estaba reforzada con sangrezafiro y otras piedras preciosas provenientes de Drakareth.

El joven escudero volvió a presentarse. Esta vez traía un mensaje abierto, señal de que había sido escrito dentro del propio castillo.

—Un mensaje del capitán Drevon —anunció el escudero—. Tropas fyrtanas se conglomeran en el centro del Altheryn.

—¿Hay indicios de que quieran atacar?

—Ninguno señor.

—Bien. Reúne al consejo de guerra Kaelen.

Kaelen asintió y salió de aquella sala con un paso dinámico.

Al salir, los pasillos del castillo eran amplios pero estrechos en comparación con el castillo de alguna ciudadela.

Al muchacho no le fue muy complicado reunir al Consejo.

Todos estaban en puestos estratégicos que Surghen había designado personalmente.

El teniente Varek Thandrak estaba sentado en el balcón de un torreón alejado, observando el mar. Se notaba una singular tranquilidad cuando llegó el escudero, quien también se quedó viendo aquel paisaje unos minutos.

Un cálido sol rojo iluminaba las olas y las corrientes del Lysarneth, creando un bello contraste.

Gracias a esa luz, podían distinguirse en la lejanía algunos barcos del bloqueo drakariano.

De este lado, en una pequeña bahía, olas de gran tamaño atacaban sin piedad las rocas sobre las que se elevaba el castillo.

Chorros de agua salada se alzaban con furia, y desde el ángulo correcto, revelaban una distinción de siete colores.

—Teniente —llamó Kaelen. El superior se demoró unos cuántos segundos en responder. Parecía estar en trance.

—Diga.

—El Comandante ha solicitado la presencia del consejo de guerra.

El teniente asintió, se levantó, y ambos hombres caminaron hacia la sala de guerra. Kaelen se separó y descendió por las escaleras. En un espacio destinado para entrenamientos, vio a Aveldras Khorven observando el ejercicio de algunos soldados poco experimentados. El escudero se colocó a su lado.

—Señor —le susurró—. El Comandante Dürhavel ha solicitado la presencia del consejo de guerra.

Aveldras Khorven asintió, se levantó y caminó hasta las escaleras, y de ahí hasta la sala de guerra junto con Kaelen.

El escudero subió hasta los pasillos exteriores en el techo del muro, para luego bajar a un torreón más aislado y entrar a una almena de gran tamaño, iluminada por algunas antorchas.

Aquella habitación la habían destinado para ser el centro de mensajería y un almacén de armas.

Dentro estaba Dren Voskar, quién era el escudero del capitán Drevon Maelkarth, él cuál, había decidido no abandonar el puesto de vigilancia.

Se encontraba leyendo textos que había encontrado en la biblioteca del castillo.

—Señor —llamó Kaelen. Dren elevó la mirada—. El comandante Surghen solicita la presencia del consejo de guerra.

Dren enrolló los papeles, se levantó y avanzó hacia la sala de guerra.

Durante la marcha junto al escudero no se dijo una sola palabra.

La noche se asentaba, especialmente oscura, aunque las antorchas del castillo bastaban para iluminar los pasillos.

Kaelen tardó cerca de una hora en reunir a todo el consejo.

Cuando llegaron a la sala, se sentaron en sus respectivas sillas alrededor de una mesa circular, sobre la cual reposaba un mapa sumamente detallado de la frontera.

Surghen se levantó de su trono y caminó hacia ellos, dando inicio a la junta.

—Como saben, estamos en alerta por las tropas fyrtanas del Altheryn y el Narthorien —colocó su espada sobre la mesa—. Aun así, esos soldados no se atreven a atacarnos. Nuestra victoria es contundente.

—¿Cuál es el siguiente paso? —preguntó Dren.

—Asegurar en su totalidad la frontera. Si queremos ganar esta guerra, necesitamos quitarle a los fyrtanos la oportunidad de acceder por tierra a nuestro territorio.

—Si controlamos el bosque —preguntó el teniente—. Ellos seguirían teniendo acceso por las montañas.

—Ciertamente —admitió Surghen—. Sin embargo, cruzar por el Narthorien es una ruta peligrosa, no se arriesgarán a perder hombres.

—Lo debemos llevar al consejo de guerra del Emperador —aclaró Aveldras—. Ellos deben aprobar el proyecto.

—Claro, lo haremos —dijo el Comandante—.

No obstante, nuestra campaña no acaba en el Narthorien.

—Un sirviente personal de Dorlak comenzó a servir licor a los presentes—.

Somos vulnerables; si Aelwîn quisiera atacarnos, perfectamente podría.

Para tener total seguridad y tener una posición ventajosa, tenemos que también tomar el control de la ciudad.

—¿Cree que su Alteza aprobaría la conquista? —dijo Dren dándole un trago a su copa.

—¿Crees que necesito su aprobación?

Dren ya no contestó.

—Opino que deberíamos esperarnos —dijo Aveldras—. No podemos tomarla así como estamos ahorita. Esa ciudad está altamente fortificada.

—No hay lugar más fortificado que este —aclaró Surghen—. Si pudimos tomar Tharûl-Bel, podremos tomar Aelwîn.

—¿Cuándo planeas iniciar la campaña de la frontera? —preguntó Varek Thandrak.

—Mandaré la propuesta al Consejo junto con nuestro informe. —Surghen le dio un sorbo a su licor—. Nerion —llamó—, toma esas mantas, llévalas y que las icen en las astas.

—Claro mi señor —asintió su sirviente.

—Kaelen, redacta el informe y envíalo a la capital. —Añadió Surghen a su escudero.

Nerion salió de la sala y se dirigió al torreón más grande del castillo, ascendió por las escaleras de caracol hasta el piso superior, donde trepó por una escalera de mano que lo llevó finalmente al tejado.

Comenzó a desenrollar las mantas. Lo que vio lo dejó sorprendido.

Los blasones grabados en las telas no mostraban el dragón rúnico.

Eran figuras de un dragón negro de cuatro patas, con vetas doradas recorriendo su cuerpo.

Sus ojos dorados miraban al frente, las alas extendidas daban la apariencia de vuelo sostenido.

A cada lado, dos cadenas rotas de plata flanqueaban sus perfiles.

Todo estaba rodeado por un anillo negro.

En la parte inferior, se leía el lema: De las ruinas se alzará el fuego eterno.

El sirviente se quedó mirando esos blasones durante unos minutos. «¿Quién es este?», pensó.

—¿Será que el Comandante Surghen ha roto toda lealtad hacia la Corona? —se preguntó el sirviente.

***

Kaer’Durnath, la capital de Drakareth, estaba vacía y muy silenciosa. El que hasta entonces era el sonido característico de las espadas y de la Legión en el Bastión de Varkhadrûn ya no existía, o al menos, ya no era tan intenso como antes.

Tyrnium estaba entrando al Varkhalion cuando se encontró al príncipe Argon en la Plaza del Varkhalion. Este estudiaba y practicaba el uso de la espada, deliberadamente fuera de las órdenes de Tyrnium.

—Te lo prohibí, príncipe. No estás listo para esa hoja y lo sabes —lo reprendió.

El príncipe se asustó por el grito. En cuanto procesó que era el Rey quien le decía aquello, se volteó hacía él sin soltar el palo de madera.

—Padre, la guerra ha comenzado. Dígame entonces, ¿cuándo estaré listo para ello?

—Cuando entiendas el peso de cargar con las muertes que la espada provoque. —El Rey entró al castillo. No supo si su hijo le había hecho caso.

Tyrnium estaba ligeramente nervioso y desesperado, hace unos días había recibido el informe de Lorem, quien le reportaba que había tomado la ciudad de Arvenmar. «¿Por qué no ha tomado el puerto?», se preguntó en aquel momento.

La ciudad ya no se sentía suya. De alguna forma sentía cómo su control iba desapareciendo y, en su defecto, el cariño por el príncipe Argon iba aumentando.

«¿Será que es tiempo de que Argon tome la corona?

», el pensamiento le cruzó la mente por un momento, pero fue eclipsado cuando recordó que el informe de Surghen no había llegado todavía.

«¿Por qué?», se suponía que el castillo fyrtano era más fácil y rápido de tomar que la ciudad.

«¿Habrán matado a Surghen?», verdaderamente esperaba que no fuera así.

La reina Seraphyne podía sentir aquella preocupación del Rey, pero no la podía compartir. Tal vez eso fuera lo mejor.

Eldren llegó con él mientras entraba a la Sala del Trono a descansar. Frente a él, en la silla de honor a mano izquierda, estaba la reina Seraphyne tejiendo una bufanda para Argon, pues el invierno se acercaba. Tyrnium se sentó en el trono y cerró los ojos.

—Mi señor —anunció Eldren—. Ha llegado un cuervo desde el castillo fyrtano. —El sueño abandonó al emperador por ese mensaje tan esperado, se levantó y se acercó con su sirviente.

—Dámelo.

Eldren le extendió un papel cerrado y sellado con un escudo que no conocía, «¿Un dragón y dos cadenas? ¿de quién es este sello?», se preguntó mientras lo abría.

Desde Tharûl-Bel hasta Kaer’Durnath.

Después de un día de batalla y campaña, nos hemos hecho con el control del fuerte fyrtano, el cual he establecido como base de operaciones provisional en la campaña contra los fyrtanos. En este momento, ondean banderas drakarianas en las astas fyrtanas.

Pero somos vulnerables. El bosque del Altheryn y el sur del Narthorien siguen bajo control fyrtano. Ese es nuestro segundo paso. Nos haremos dueños de la frontera en ambos países y luego seguiremos con la conquista de Aelwîn. Para ello, hemos calculado tres o cuatro meses de campaña.