Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 14. A TRAVÉS DEL MAR DE #3
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CAPÍTULO 14. A TRAVÉS DEL MAR DE #3

Para el general eran impactantes los papeles que veía dentro del castillo, incluso más que las propias acciones de batalla.

Encontraba cartas y manuscritos de todo tipo: cartas de amor, poemas, diarios y, en el peor de los casos, cartas de suicidio.

La gran mayoría eran de los guardias que sabían que no tenían escapatoria, pero eran lo suficientemente orgullosos para no rendirse.

Peor aún, una de aquellas tantas fue de uno de los dos príncipes de la ciudad.

El general trataba de no pensar en eso y llevar a cabo su labor.

Registraba cuartos vacíos que parecían abandonados, salas, comedores, armerías...

hasta que los encontró. Los castellanos estaban en una pequeña Sala del Trono, sin escolta, disfrutando de un soberano banquete acompañados únicamente por el sirviente personal de los Elurath y un trovador que estaba cantando una balada sobre la victoria velmyriana en Port Velyr.

En Port Velyr se alzó la llama, la sangre hirvió frente al coral, y el acero habló sin darle tregua al que llegó para conquistar.

Dürhavel cayó con todo y furia, su espada helaba al que miraba, pero Velmyria nunca afloja, ni cuando el miedo la alcanzaba.

El mar rugía con su coraje, tragando bar...

Lorem acabó con esa canción de una flecha en el cráneo del trovador. Tomó desprevenidos a los castellanos que se quisieron levantar rápidamente. Los drakarianos los inmovilizaron y lo presentaron ante el general que se acercaba lentamente al trono.

—¿Sabes quién soy? —preguntó irónicamente Lorem al tiempo que se sentaba en el trono de Arvenmar.

—Eres un monstruo drakariano —dijo Vaedron Elurath—. Un perro de Tyrnium que se somete a quien lo doma.

—Y, aun así —dijo Lorem mientras esbozaba una ligera sonrisa—.

Soy más humano que tú. —El castellano estaba atado de manos.

No habló, pero la reacción de su cara decía todo—.

Yo nunca descuido a mis hombres por venir a comer con la perra que se acuesta conmigo.

Tú abandonaste a tu ciudad por comer, así que yo remediaré eso.

El castellano estaba profundamente consternado. Así por nomás, un drakariano venía y le robaba el trono enfrente suyo.

—¿Qué quiere que hagamos con él? —preguntó uno de los soldados que tenía arrestado al señor velmyriano. —¿Lo matamos?

—No —dijo Lorem—. Si hacemos eso, la gente de esta ciudad no nos obedecerá. —El general caminó a la mesa y tomó un trozo de pescado ahumando que estaba en el banquete—. Córtenle las rodillas para que no pueda caminar y llévenlo a un balcón desde donde se vea la ciudad.

Sus soldados asintieron, sacaron un puñal y rajaron las rodillas y tobillos del que hasta entonces era el castellano de Arvenmar.

Después de eso lo arrastraron hasta una planta todavía más alta y lo amordazaron.

El general se tomó un tiempo para sentarse en su nuevo trono y contemplar aquella sala.

Era una sala circular, con varios pilares con un estilo corintio en sus cimas, un techo de cristal tintado con el grifo alado plateado en su centro; en el suelo había un tapete circular de lana roja, bordillos de oro y el estampado del Tridente capitalino en amatista.

Había varios retratos de antiguos señores, nobles y senescales a los que Lorem no puso mucha atención.

Una hora después llegó su escudero Rhaelven Dûrkan, un joven de veintiún años, de poco más cinco pies de alto; tenía el pelo largo, un ligero bigote acompañado por una barba de mismas dimensiones; el joven era tosco pero decidido y, sobre todo, tenía una amplia lealtad hacia el general drakariano.

—Mi señor. Ya estamos en el balcón como nos lo ordenó.

—Perfecto Rhaelven —agradeció Lorem—. Ve al campanario y comienza a sonar las campanas.

Necesitamos hacer salir a la gente. El muchacho asintió y salió corriendo de la Sala del Trono, mientras Lorem subía las escaleras hasta el balcón, donde lo esperaban los dos soldados y Vaedron Elurath.

Al cabo de unos minutos, el escudero de Lorem comenzó a hacer retumbar las campanas.

Poco a poco, y a medida que el sol iluminaba los parajes, la gente empezaba a salir de sus puertas. Más de una hora después,

una gran multitud se había congregado a las afueras del castillo.

—Yo —comenzó a decir Lorem—. He llegado como conquistador, pero me quedaré como su protector.

Este hombre —señaló a Vaedron Elurath—, los ha traicionado.

Consideró que sería mejor disfrutar de un banquete, mientras sus soldados asesinan a la gente que le fue confiada.

Yo remediaré eso. No los abandonaré y tendrán la seguridad que tanto han deseado, siempre y cuando no cometan la estupidez de conspirar contra este nuevo orden drakariano —.

La gente estaba totalmente callada, no sabían que creer.

Lorem se acercó con su teniente que estaba en la oscuridad, unos metros más atrás.

—Ve y lidera a las tropas por el control de la ciudad —ordenó—. Cualquier revuelta, tienes permitido matar a los manifestantes.

El teniente hizo una reverencia y bajo los torreones hasta la puerta principal del castillo.