CAPÍTULO 14. A TRAVÉS DEL MAR DE #2
Esta no es una súplica. Es una advertencia.
Firma el consejo de guerra velmyriano en Ciryandor.
«Deben estar tarados para creer que les haré caso» —Lorem dobló el papel.
—Cuando todos estén formados, disparen al castillo —susurró a los soldados que controlaban las catapultas y ballestas. Se regresó con su infantería e hizo señales para que todos se formasen y se pusieran en posición. —A mi señal, atacaremos. —anunció. El senescal velmyriano no pudo escucharlo.
Entre drakarianos se pasaron el mensaje hasta las catapultas que estaban fuera de la muralla, las cuáles entraron lentamente a la ciudad, cargaron piedras y apuntaron al castillo.
Todos los soldados estaban listos para iniciar una ofensiva casi decisiva, solamente era una milla lo que distanciaba a los drakarianos del castillo.
«Esos soldados salieron del castillo, por lo que ahora no debe tener mucha seguridad» —dedujo el general al ver la cantidad de soldados velmyrianos que acompañaban al senescal.
—¡Por la Madre Patria Drakareth!
Las catapultas dispararon hacia el castillo, mientras las ballestas apuntaban a los velmyrianos.
El general y sus hombres se lanzaron hacia la barricada velmyriana, que también comenzaba a prepararse para la defensa.
El choque de espadas se reanudó. Las lanzas locales empalaban a todo aquel que se cruzaba en su camino.
Las espadas drakarianas descargaban cortes brutales, desgarrando a quienes intentaban defender la ciudad.
Los ingenieros de las catapultas estaban sudorosos.
Nunca se detuvieron. A veces cargaban piedras envueltas en llamas, otras, proyectiles pesados de roca maciza.
El objetivo de Lorem era abrir paso para los arietes y con ellos tirar la puerta del castillo —solamente en caso de que las piedras no la tiraran primero—.
Los velmyrianos no conseguían avanzar ni repeler la ofensiva invasora; la única salida que encontraron fue el replegarse hacia el centro de la ciudad y esconderse.
Muchos velmyrianos traicionaron a su patria y a su ciudad escapando de la carnicería y tratando de huir.
Algunos de la batalla, otros directamente de la ciudad.
El enfrentamiento era crudo y ensordecedor.
Los ciudadanos que no habían sido alcanzados por los allanamientos ni por el filo del combate no esperaron a que los alcanzara, tomaron lo que aún brillaba entre sus manos y huyeron por la puerta norte.
Al día siguiente, los caminos hacia Vel’Anareth comenzaron a llenarse de cuerpos exhaustos, rostros cubiertos de polvo, y miradas que ya no esperaban redención.
Miles de refugiados y migrantes escapaban del conflicto, llevando consigo el eco de una ciudad agonizante.
Para cuando fue mediodía, el ejército drakariano había alcanzado las puertas del castillo de Arvenmar. Estas estaban totalmente destrozadas, y los últimos soldados de la resistencia —aquellos que enviaron el aviso— luchaban rodeados por un número infinito de enemigos.
Durante la marcha, surgieron varios problemas.
Un contingente que seguía en la ofensiva regresó al muro y ascendió por las torres más cercanas a la puerta.
Lo hicieron porque una nueva centuria de arqueros velmyrianos había comenzado a acribillar a los ingenieros de las máquinas de asedio desde la retaguardia.
Los ingenieros no tenían defensa. El capitán de la defensa del muro decidió desobedecer órdenes; trataría de retomar el control de la muralla, tardase lo que tardase, muriese quien muriese.
La muralla de la ciudad debía estar en manos drakarianas.
A medida que avanzaba la ofensiva de Lorem y la caballería castellana se desmoronaba, cada vez más escuadras de drakarianos se unían al saqueo.
Arrestaban a los ancianos y a los niños; a los demás los mataban sin piedad.
Para el anochecer del segundo día de campaña, los drakarianos ya controlaban la mitad de la ciudad.
La mayoría de los velmyrianos que defendían esos sectores resultaron ser traidores.
Algunos huyeron, abandonando a su gente.
Otros se unieron a los drakarianos, intentando no convertirse en objetos inertes.
El muro era un mundo aparte, los soldados que habían regresado a pelear por éste terminaron detonando más de la mitad de los torreones del lado sur de la ciudad. De las quince torres que conformaban aquel sector, solamente tres quedaron de pie.
Lorem, junto con dos centurias, se encargó de registrar todo el castillo en busca del residente, mientras que los cinco mil hombres restantes seguirían adelante con la toma de la ciudad, priorizando la creación de un perímetro de seguridad para evitar un ataque sorpresa por parte de los velmyrianos.
Era extraño. El castillo parecía desierto.
Eran ocasionales aquellos guardias que se encontraban y que tenían el valor —o la estupidez— para enfrentarse a un centenar de soldados.