CAPÍTULO 14. A TRAVÉS DEL MAR DE
SOMbrAS
Vel’Anareth no era similar a Tharûl-Bel, no se parecían en nada, La mayor ciudad portuaria de Velmyria necesitaba mayor preparación logística más que una simple estrategia. «Un castillo de ocho torres no es un castillo», pensó Lorem. A él le había tocado el trabajo difícil.
Habían pasado veintidós días desde que salieron de Selgor junto con la centuria de las ruinas.
Había pedido apoyo a la capital con más soldados, aparte de la fracción que se había quedado con él en Velgorad, para poder tomar Velmyria con mayor facilidad.
Además, el emperador le hizo llegar una flota de barcos lo suficientemente grande para transportar al ejército por el Mar de Elarion.
Lorem estaba divisando las costas sureñas de Velmyria. Bajó hasta su camarote y se vistió con su armadura: una pechera gris oscura, un casco con un visor que le cubría toda la cara, y unos pantalones de placas. Colocó su mandoble Varkhûn en el cinturón y salió nuevamente a cubierta.
Le había ordenado al capitán que atracara los barcos en el bosque que estaba al sur de Arvenmar, de esta forma serían más invisibles para los velmyrianos. Si todo salía bien, incluso los podrían tomar desprevenidos.
Antes de partir, Lorem les había recordado a sus hombres que no viajarían con estandartes; que se reconocerían con las armaduras y, además, a la hora del desembarque los blasones estarían cubiertos con telas y mantas.
El general estaba inmerso en sus pensamientos cuando un soldado llegó a avisarle sobre naves velmyrianas.
—No se preocupen, no corremos peligro.
Cuando por fin atracaron en la playa, estaba todo silencioso. Frente a ellos solamente había un bosque desierto. En cualquier caso, el general no pasó por alto el sigilo que debía conllevar aquella campaña.
—En marcha —ordenó Lorem
Se abrieron las puertas de las naves y bajaron todos los hombres y caballos, junto con más de un centenar de escaleras de veinte yardas de distancia.
Se movieron rápido hasta el bosque, ahí tuvieron que reducir la marcha por las mismas escaleras.
Lorem estaba estresado. Era impresionante el ruido que estaban haciendo en la zona.
El sonido crepitante de las botas al tronar las hojas podía revelar la posición de los invasores muy rápidamente, y les podía echar a perder la ofensiva.
Ocho días después llegaron al muro de Arvenmar en silencio.
Pronto harían suficiente ruido para avisar a todo el continente.
Apenas Lorem tocó la piedra del muro, los soldados que llevaban las escaleras las elevaron hasta la cima.
En cuanto estuvieron listas, los drakarianos comenzaron a subir. Después, Lorem ascendió tras ellos.
Eran demasiadas escaleras y muy pocos guardias.
Los velmyrianos que estaban cerca de la invasión corrieron por hachas y trataron de romper el flujo invasor.
Algunos incluso llevaron antorchas para quemarlas, pero no fue suficiente.
Por los centenares de escaleras subían miles de soldados con espadas desenvainadas, y mataban a aquellos que intentaban detener el asedio.
Para cuando Lorem subió, el camino ya estaba despejado.
Reinaba una calma extraña, suficiente como para que el general drakariano pudiera observar la ciudad.
Era pequeña, pero fuerte. A base de un cálculo rápido, supuso que se haría con el control en tres días. A lo sumo, una semana.
La táctica era sencilla. Primeramente, debían hacerse con el control de la muralla, cerrar las puertas y clausurar los pasos.
Una vez habiendo completado esa primera fase, lo siguiente sería introducirse al fuerte y tomar al castellano como rehén, de esa manera, tendrían la seguridad de que los velmyrianos restantes no atacarían y, por lo tanto, podrían imponer sus términos, tomando la vida del castellano como garantía.
Los velmyrianos oponían resistencia. Ciertos torreones al sur de la ciudad estaban supremamente bien fortificados, la mayoría de los arqueros tenían una puntería privilegiada y los drakarianos que embestían esos torreones salían con flechas en la cabeza o mutilados de alguna articulación.
Una segunda ola de invasores rodeó la ciudad hasta la puerta sur, llevaban dos arietes de gran tamaño y peso, hechos con madera oscura y reforzados con basalto e hierro sombrío, lo que los hacían extremadamente pesados y duros, pesando cerca de una tonelada y media cada uno.
Por su parte, la puerta velmyriana estaba hecha con madera blanca y reforzada con piedra de escarcha. La hacía resistente a los golpes y explosiones. No era una muy buena estrategia tratar de derribar la puerta del muro, pero los drakarianos necesitaban entrar como fuere a la ciudad.
Del otro lado de Arvenmar, varias centurias de velmyrianos se posicionaban a los costados de la puerta para contraatacar a los invasores.
Vestían armaduras celestes y pantalones de cuero reforzado, protegidos por pequeñas placas metálicas.
Llevaban cascos semiabiertos, con visores móviles y aperturas laterales que permitían el flujo de aire.
Además, empuñaban espadas largas de un solo filo, hachas y mazas.
Por otra parte, los barcos drakarianos se movieron más al oeste. Desembarcaron catapultas, escorpiones y otras máquinas de asedio. Se fueron acercando con rapidez al muro, aprovechando la confusión y el desgaste de tropas provocado por los tres frentes abiertos.
Lorem y sus hombres se hicieron posesión de los pisos inferiores del torreón principal del muro, colocaron una peña de pólvora y salieron con el detonador. Volarían las almenas con más de un centenar de armas.
Algunos drakarianos que manejaban las catapultas recorrieron parte del muro hasta una poterna que daba a la retaguardia de los ejércitos velmyrianos apostados en la puerta sur.
Al mismo tiempo, los constantes golpes de los arietes debilitaban cada vez más la puerta, haciendo más presente lo inevitable.
Una nueva oleada de arqueros velmyrianos se posicionó enfrente de la puerta y tensó sus arcos; sobre sus cabezas se podía notar todavía el combate entre drakarianos y velmyrianos por el control de aquella sección de la muralla.
Un solo golpe. Un solo cañonazo de una catapulta hizo falta para derribar la puerta.
En cuanto los trozos de madera salieron disparados, los velmyrianos dispararon la primera ronda de flechas, acabando con la primera fila invasora.
Mientras los extranjeros trataban de entrar por la fuerza aguantando, bloqueando los golpes y librando el combate, los demás drakarianos que entraron por la poterna rodearon a los velmyrianos, mientras que las catapultas no cesaban de tirar piedras, algunas de éstas estaban prendidas en fuego.
Los ciudadanos que estaban resguardados en sus casas salieron por las ventanas y comenzaron a tirar cualquier cosa a los invasores, con el objetivo de aturdirlos y ralentizarlos en el combate.
Una centuria drakariana que entró a la ciudad después de la lluvia de flechas terminó con aquello.
Entraron a las casas que pudieron y mataron o tiraron por las ventanas a quienes vieron; no obstante, conocían las decisiones y principios de Lorem, y únicamente arrestaron a los niños y a los ancianos.
Por su parte, el general y su escuadra personal se habían hecho con el control de otro torreón más. En cuanto estuvieron en una zona segura, detonaron la torre principal, matando a los velmyrianos que intentaban barrer la pólvora.
Los velmyrianos que quedaban en las murallas se replegaron tras varias puertas de coralium que fueron atracadas con trozos de madera.
Estaban aterrorizados, no podían continuar el ataque.
Algunos velmyrianos lo supieron desde mucho antes y, si bien no escaparon al matar a sus oficiales, los que se quedaron, lucharon junto a las filas drakarianas.
Al aviso de Lorem sobre la seguridad de los primeros metros de ciudad, comenzaron a entrar las catapultas y ballestas sobre ruedas, formando un perímetro de control drakariano.
La noche daba paso al alba. El general Lorem y su ejército habían tomado el control de la puerta sur de Arvenmar.
La centuria que saqueó y se entrometió en las casas de los ciudadanos salió junto con los rehenes.
Los posicionaron en círculo, detrás de las ballestas, y los hincaron.
Con ellos podrían negociar una rendición parcial de aquel sector de la ciudad.
Las casas restantes estaban atracadas, y sus habitantes permanecían escondidos.
La centuria encargada de esa zona nunca los encontró.
Por primera vez en más de seis horas, reinaba una ligera calma en lo que respecta a la batalla.
El castillo se alcanzaba a ver desde el muro controlado.
Media cohorte de soldados a caballo acompañaba al senescal Lhoren Talyssar, quien iba en representación del castellano Vaedron Elurath.
Dos lanceros estaban a ambos lados del senescal, llevaban banderas blancas y el grifo alado plateado de la familia Elurath.
Los locales detuvieron su marcha con cien yardas de distancia y arrojaron una piedra que tenía un papel amarrado. El general lo abrió y se puso a leerlo.
Por orden de la Corona de Velmyria y del Consejo de Arvenmar, extendemos este mensaje al general Lorem Valtrakar, general del ejército de Drakareth:
No subestimamos su poder, ni ignoramos la determinación con la que han cruzado nuestras fronteras. Sin embargo, la historia es clara: hasta el fuego más intenso puede ser sofocado cuando la tierra misma se levanta para contenerlo.
Le ofrecemos, por última vez, una salida favorable a su intento de guerra. Retiren sus estandartes del suelo de Arvenmar y detengan su avance antes de que esta guerra devore lo que aún puede ser salvado.
Si aceptan, se les permitirá abandonar estas tierras por el sur sin más derramamiento de sangre. Si rechazan esta propuesta, nuestras espadas no descansarán hasta que el último de sus hombres sea reducido a cenizas.