Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 13. FUEGO EN LA FRONTERA
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CAPÍTULO 13. FUEGO EN LA FRONTERA

Se podía escuchar una marcha incesante y bastante rápida.

Nunca se habían podido acelerar los carros de gran tamaño de esa forma, y el Comandante lo había logrado.

El gran muro de Tharûl-Bel se extendía más de once yardas por encima de Surghen y los torreones eran todavía más altos, con pasillos entre cada uno y varios pisos por cada uno.

Los fyrtanos se dieron cuenta tarde, y los soldados de Taredh Valhoren ni siquiera eso.

Surghen había decidido que la mejor manera de avanzar hacia el castillo era de noche y sin antorchas encendidas, así, la vigilancia fyrtana se vería comprometida; añadido a esto, una pequeña flota de tres naves atacó el castillo por el sur: con un frente de batalla dividido, la defensa se debilitaría.

No fue hasta que salió la luz del sol que las grandes escaleras drakarianas emergieron sobre los muros fyrtanos.

Los guardias estaban preparados. Pero ¿para qué?

No se esperaban una ofensiva tan salvaje.

Surghen fue el primero en subir. Imponente.

Vestía una armadura negra que brillaba como obsidiana viva, con el dragón rúnico de los Valdyran grabado en el pecho.

El casco ocultaba su rostro. En una mano, un escudo angular, afilado como una hoja.

En la otra, una espada élfica de color negro, con vetas doradas y la inscripción: “Lyna o lânä naureth o la re i-aufalaen sodulaen va i fëanthï-n vaësö ter o-thalaen, zethö vyna o-aen.” tan viva como el fuego mismo.

El Comandante subió ágilmente y de un brinco estuvo arriba del muro, evitando a los arqueros que disparaban gran cantidad de flechas hacia sus soldados.

Un fyrtano se arrancó contra Surghen y le arremetió un golpe con el hacha.

Surghen lo bloqueó fácilmente, se volteó y penetró la armadura fyrtana de una forma bastante limpia.

Los enemigos estaban tan enfocados en disparar a las fuerzas drakarianas terrestres que se olvidaron totalmente de las naves marítimas que, de igual forma, desplegaron escaleras y subieron hasta el muro.

No encontraron defensa alguna y rápidamente se escabulleron entre los fyrtanos y los masacraron.

Una buena parte de los arqueros alcanzó a escuchar la ofensiva sureña, guardaron los arcos y sacaron las espadas.

Mataron a los que pudieron. Era un eterno baile bélico.

De las ocho cohortes que terminaron acompañando a Surghen, tan solo fueron tres las que subieron al muro.

Los fyrtanos eran implacables en su defensa y mataron a un cuarto de los que trataban de integrarse a la batalla, pero nunca pudieron cortar las escaleras.

Las máquinas de asedio que escoltaron a El Comandante iniciaron su ataque y comenzaron a tirar grandes piedras y demás proyectiles a las ventanas de los torreones del castillo, donde arqueros fyrtanos seguían disparando a las columnas drakarianas.

Las cinco cohortes que quedaban en la parte de abajo, en la zona de tierra, se dividieron y algunos soldados abandonaron su posición para llevar un ariete y explosivos a las puertas del norte del castillo.

Al ver esto, los fyrtanos no lo dudaron, aquellos que pudieron trajeron y pusieron en funcionamiento grandes y pesadas ballestas creadas con roble.

En algunas se encontraban algunas flechas de Lârven oxidadas.

Los fyrtanos dispararon, pero no acertaron.

Los soldados que llevaban el ariete se movieron deprisa hacia el norte, casi llegando al Altheryn, y comenzaron a tumbar la puerta.

El retumbar sumado al crepitante crujir de las maderas sonaban cada vez más fuertes, presagiando una caída inevitable; el acero fyrtano que reforzaba la puerta no podría aguantar la pólvora.

Surghen se movió rápidamente hacia la estación de mensajería; debían dormir a los pájaros para no alertar a los demás fyrtanos.

Bajó unas escaleras de caracol hasta un piso inferior, donde se encontró a un joven de no más de veinte años metiendo mensajes dentro de halcones y palomas que salían volando hacia el bosque.

Curiosamente, todos llevaban el mismo mensaje: “ Nos están atacando en Tharûl-Bel. ” Surghen no se la pensó y corrió hacia el joven.

El muchacho estaba desarmado y se quería rendir, pero la espada de El Comandante fue más rápida y su cabeza cayó inerte ante sus pies.

A las jaulas de pájaros que seguían cerradas, Surghen le clavó la espada a cada animal, los cuales morían con un doloroso graznido.

Un soldado de gran altura, de poco más de siete pies corrió hacia Surghen; estaba enfundado en placas metálicas y armaduras que ocultaban por completo su rostro; llevaba un hacha de doble cara supremamente bien afilada y un escudo ovalado igual de afilado en los bordes.

El fyrtano le soltó un primer golpe que Surghen esquivó elegantemente, bloqueó el golpe de su escudo, se escabullo por los pies del fyrtano y, como sinfonía bien ensayada, saltó a la cabeza del fyrtano y atravesó la espada por las placas de su cuello, degollándolo.

Una explosión sonó en los pisos inferiores del muro.

Las puertas habían caído y los drakarianos que traían el ariete saltaron dentro de la fortificación.

Los fyrtanos que se encontraban en la puerta murieron en los primeros minutos.

Un vasto contingente de locales permanecía con una ballesta que contenía una flecha de Lârven y varios arcos más, los cuales, dispararon al unísono en cuanto las puertas cayeron.

Poco más de tres drakarianos fueron empalados por la lanza, pero ya no era necesario subir el muro.

Los drakarianos dejaron tan solo a media centuria protegiendo a los ingenieros de las catapultas y los restantes corrieron o cabalgaron hacía la puerta norte del castillo.

Entraron como embestida al interior del castillo.

Los locales sentían que la batalla era igualada, sin embargo, conforme pasaba el tiempo, no podían evitar el avance extranjero en el castillo.

Los fyrtanos que estaban en la parte de atrás eran interesantes; su instinto de supervivencia era superior a su lealtad por la corona: o tiraban las armas y se rendían, o bien, tenían el suficiente valor para apuñalar a sus oficiales.

Los drakarianos fueron tomando por prisioneros a los fyrtanos que traicionaron a su pueblo o que directamente se rindieron.

La fracción invasora que había atacado por el sur siguió su ofensiva. Uno que otro fyrtano lograba escapar, pero solo por instantes, pues la muerte los alcanzaba como sombra inevitable.

Muchos huían antes siquiera de iniciar la pelea, pero había uno en especial que huyó en otra dirección.

Surghen se percató de él y lo persiguió.

Lo encontró en una planta más abajo, llorando frente a un escritorio.

Estaba desesperado. Aquel fyrtano era menor que él, tal vez unos veintitrés años.

Estaba escribiendo algo, pero al comandante no le importó.

Se abalanzó contra él y acabó con su vida.

Simplemente la curiosidad le ganó y, Surghen se tomó una pausa para voltear a ver lo que había escrito aquel fyrtano:

Querida madre, deseo que se encuentre bien, pronto nos verem...

No había terminado de escribir. La vida no le alcanzó. Surghen subió hasta los torreones donde la infantería marítima terminaba de subir al muro, sin reacción alguna por lo que vio.

—Sigan la ofensiva —ordenó Surghen—. Los que no se rindan, los matan, y a los que sí, los hacen prisioneros. Inclusive, si hay algún traidor fyrtano, también lo hacen prisionero. No quiero compartir la victoria con los perros de Eärvendil.

Sus soldados asintieron mientras que Surghen salía a tomar aire fresco y a despejarse un rato.

Al comandante le encantaban las guerras relámpago, pero debía admitir que esta ofensiva le había tomado más tiempo del que quería.

La tarde comenzaba a caer y la luna se disponía a iluminar, cuando llegó Kaelen Virelth, su escudero.

—Mi señor, hemos concluido la toma del castillo —anunció el muchacho.

—Excelente, llévame con los prisioneros.

El escudero era un joven de veinticuatro años, local de Kaelrith.

Había sido designado por el Consejo de la Legión capitalina como escudero de Surghen después de la campaña en las ruinas.

Era inteligente para la lectura de mapas, tenía una caligrafía entendible y era un entrenador nato para los cuervos; se entendía bien con las aves.

El muchacho lo llevó hasta una planta intermedia donde había poco más de una decena de prisioneros vigilados por una centuria de soldados.

Todos los fyrtanos estaban de rodillas, atados por las piernas y con unas esposas improvisadas de cuerda en las manos.

El teniente Varek Thandrak estaba a cargo de mantenerlos vigilados cuando Surghen llegó.

—Son todos los prisioneros —dijo su teniente. —¿Qué quiere que hagamos con ellos?

—No lo sé. —Surghen se quitó el casco, quería respirar aire fresco.

Uno de los prisioneros, que presentaba heridas en las rodillas, en las pantorrillas y una flecha clavada en el hombro, reconoció al comandante.

Al verlo, se abalanzó a brincoteos contra él y le intentó asestar un golpe con las manos atadas, Surghen lo esquivó fácilmente y lo golpeó en el estómago, sacándole el aire.

—El general Caerlan cometió un error —dijo el fyrtano dificultosamente mientras se levantaba. —Nunca debió aceptarte en la Legión.

—Sí, tienes razón —admitió Surghen, riéndose—.

Algunos fyrtanos son inteligentes, conozco algunos que son sorprendentes, pero otros son tan estúpidos, así como tú —Surghen desenfundó un puñal, levantó al rebelde y le metió el filo en la boca.

—Me estaba convenciendo en dejarlos vivir.

Pero tu lengua te traicionó. —Le abrió la comisura de la boca hasta la oreja—.

Teniente, súbalos hasta los pasillos exteriores, este imbécil ha firmado su muerte.

—se acercó nuevamente al rebelde que estaba en el suelo tratando de bloquear la sangre con las manos—.

Pero tranquilo, premiaré tu valentía, tú serás quien los verá morir.

El teniente subió a la decena de prisioneros a la parte superior de Tharûl-Bel.

Los posicionó sobre el barandal de piedra, atados de pies y manos y con una mordaza en la boca para que no pudieran gritar.

Kaelen, y otro drakariano subieron al rebelde y lo posicionaron detrás.

Al final subió Surghen junto con dos antorchas.

—Préndelos en fuego —ordenó Surghen mientras le daba una antorcha al teniente. —Cuando comiencen a arder los tiras abajo.

El teniente se quedó estupefacto por la brutalidad de la orden, pero no tuvo el valor para opinar en contra.

En su defecto, hizo lo que Surghen le pidió.

Los dos superiores prendieron fuego a los prisioneros que, con la luna alzándose sobre ellos y la falta de lluvia, ardieron rápidamente.

Todos trataron de gritar, pero la mordaza se los impidió.

Tan pronto como todos estuvieron incandescentes, Surghen dio la orden y los tiraron abajo del muro.

Por la altura, la mayoría murió del impacto y los que milagrosamente sobrevivieron a la caída fueron calcinados por las llamas.

—A mí me interesa la valentía —dijo Surghen a quien lo había desafiado.

—Trato de que todos mis soldados sean valientes en el campo de batalla, y es por eso mismo que te daré un trato especial.

Súbanlo. —Sus hombres obedecieron, el rebelde fyrtano estaba volteando hacia Surghen cuando el teniente le quitó la mordaza.

—Al igual que los drakarianos, eres un salvaje —chilló el fyrtano.

Surghen solamente se rio, desenfundó la espada e hizo un corte limpio sobre el torso del rebelde que sacó chorros de sangre.

Antes de que la pérdida de sangre lo matara, El Comandante lo tiró hacia el suelo, para que se incinerara junto con sus compañeros.

Lo tiró con el desdén y apatía que lo habían caracterizado en Fyrtim.

—Ahora sigue asegurar el bosque y el Narthorien.