CAPÍTULO 38. LAS SOMBRAS DE SELGOR #3
Uno de los subordinados de Raethur le lanzó una pedrada. La piedra impactó en su rostro y le abrió la nariz. La sangre comenzó a brotar, pero no pasó a mayores. Los soldados estallaron en carcajadas y elogiaron la puntería.
—¡Jajaja… le dimos a un cerdo! —gritaban, vitoreándose entre risas.
Durante la siguiente semana, nadie supo nada de ellos.
El capitán había decidido no llevar ningún pájaro y acelerar el paso durante el día.
Quería terminar rápidamente su trabajo. Salieron por la puerta norte de Tharûl-Bel, en el colinde del Altheryn, doblaron hacia el sureste y, al final del día, cuando llegaron al lago, cambiaron el rumbo hacia el sur, guiándose por la orilla.
Durante los dos días siguientes, rodearon el lago y acamparon en una pequeña colina, a una milla de distancia. Era la distancia perfecta para que los fyrtanos no los vieran. Raethur y sus hombres no necesitaban acercarse más. Solo debían escuchar.
Un martilleo. Dos martilleos.
Comenzaron a sonar fuertes campanazos en la ciudad, y pronto, los golpes de martillo y el resoplar de los fuelles de las fundidoras ambientaron aquella noche.
La puerta este de la ciudad se abrió, y salieron varios escuadrones de vigilancia y exploración.
Era una rutina cotidiana: patrullaban las cercanías de la ciudad, pero nunca se alejaban demasiado del muro.
—Es hora de irnos —dijo el capitán. Los tres soldados se arrastraron hasta un pequeño árbol de olivos que estaba cerca, donde estaban amarrados los caballos.
Desataron las riendas y montaron. Raethur echó un último vistazo hacia la ciudad.
Los martillos y las campanas seguían sonando.
Espoleó su caballo, y los cuatro jinetes retomaron el camino hacia Tharûl-Bel.
Al tercer día, entraron en el patio principal. Dejaron los caballos a cargo del mozo de cuadras, y Raethur corrió de inmediato hacia la pequeña sala de guerra. Allí, Tharion observaba el mapa desplegado sobre la mesa, con Torric a su lado, en silencio.
—Raethur —saludó el castellano—. Infórmame.
—Hay sonidos intensos en la ciudad: campanazos y martilleos —reportó el capitán, un poco cansado por el viaje—. Comienzan a salir varias guardias de soldados a patrullar la base de la muralla. No faltó mucho para que nos vieran.
—¿A qué distancia te quedaste? —preguntó Tharion.
—A una milla. Detrás de una pequeña colina.
—Bien. Escribe el mensaje —dijo Tharion, dirigiéndose a su escudero—. Y mándalo lo antes posible.
Torric hizo una pequeña reverencia y se retiró hacia la biblioteca. Allí tenía un cuervo enjaulado y un papel preparado, sujeto en el atril. Escribió el mensaje a toda prisa, lo amarró con firmeza a la pata del ave y lo liberó por la ventana.
***
El vuelo del cuervo tardó cinco horas en llegar.
Nelysia se encontraba en la torre de mensajería del Varkhalion.
Surghen le había pedido que esperara ahí a algún pájaro que llegara desde la frontera, pero el corvijero le comentó en más de una ocasión que no había llegado ningún cuervo ni saludo desde el frente.
La escudera se sentó entonces a esperar en una pequeña silla de madera, pegada a la puerta, dentro de la habitación.
Un cuervo, un tanto mojado, llegó después de una hora de espera.
El corvijero recibió el mensaje y se lo entregó a Nelysia.
—Este viene de Tharûl-Bel —dijo, extendiéndole el papel.
Nelysia inclinó rápidamente la cabeza en señal de agradecimiento y salió de la torre hacia el castillo.
Al llegar a la sala de audiencias, Surghen estaba discutiendo con Raghor Tûn-Kaldras sobre algo referente a la batalla de Selgor.
La escudera no quiso interrumpir. Se acercó a Naeryn y le entregó el papel.
—Mi señora, este es el mensaje que el Rey estaba esperando —le extendió la carta.
Naeryn recibió la carta y agradeció a la escudera, quien se retiró en silencio y se dirigió a su dormitorio para descansar un momento.
La discusión entre Surghen y Raghor llegó a su fin.
Ambos acordaron que, una vez iniciados los preparativos para el frente fyrtano, tanto Vaelric como Kaelen debían regresar a Kaer’Durnath.
Surghen tomó asiento en el trono, mientras Raghor se retiraba del Varkhalion con una leve reverencia. Naeryn se acercó y le extendió
el papel.
—Es un mensaje de Tharûl-Bel —dijo con calma—. Nelysia te lo entrega.
Surghen asintió, rompió el sello de cera y comenzó a leerlo.
Desde Tharûl-Bel hasta Kaer’Durnath.
Hay actividad en Aelwîn. Los exploradores han reportado el sonido de campanas de guerra y un constante, urgido martilleo en las fundidoras de la ciudad fyrtana.
El capitán Raethur Malken observó diversas escuadras de exploración salir por la puerta este de la ciudad.
No quiero sacar conclusiones, pero Aelwîn se prepara para la guerra.
Firma Lord Tharion Mûrvel. Castellano de Tharûl- Bel.
Surghen estaba serio. Ese papel traía la peor noticia que podía haber esperado. El tiempo se le venía encima, y aún no tenía al Consejo completo.
—¿Qué sucede? —preguntó Naeryn, al notar su preocupación.
—Nada —respondió, ocultando la carta—. No pasa nada.