Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 12. CUANDO LA MAREA SE ALZA #2
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CAPÍTULO 12. CUANDO LA MAREA SE ALZA #2

—Saludos mi señor —dijo Maerdrik—. Lamento las molestias, solamente estoy de paso por la ciudad, mi ejército y yo nos iremos en la aurora.

—Entiendo, ¿a qué has venido entonces?

—He venido a buscar asilo para mí y para un ejército de soldados —dijo Maerdrik con ligera vergüenza por la cantidad descomunal de soldados. —Para mis hombres puede ser el complejo de su Legión.

—Perfecto —dijo el castellano. —¡Tavrel!

Un joven de apenas unos veinte años, con una cara pálida, con cabello, cejas y ojos negros y planos, vestido con túnicas grises y oscuras y con un llamativo tatuaje en la mano, salió de unas puertas detrás de los tronos, se acercó al castellano e hizo una reverencia.

—Sí señor —saludó el joven siervo.

—Llévalos a unas cómodas habitaciones que estén libres. Al general aquí y a los demás en el complejo de la Legión. —ordenó Elvaran.

—Sí señor.

El sirviente se acercó con Maerdrik y lo guio por diversos torreones del castillo.

Más de alguna vez, el general de Aelwîn se perdió en las escaleras, almenas y bodegas.

Hasta que llegó a una habitación simple, decorada con una taza de baño, una pila de agua caliente, una cama con sábanas de terciopelo y cortinajes de lino, un tapete rojo con amarillo, hecho con lana de carnero y algunas decoraciones con oro por el exterior.

En el centro del tapete había un enorme estampado en lapislázuli del lobo de plata sobre la tormenta carmesí: escudo de armas de los señores de la ciudad.

Maerdrik estaba cansado, no se quedó apreciando mucho la habitación. Agradeció al sirviente, el cuál salió del cuarto, y cerró la puerta tras de él. El general se comenzó a quitar la armadura en silencio, se acostó en su cama y cerró los ojos.

***

Era un ejército lento. Al día siguiente demoraron más de lo que tenían pensado para levantar el campamento.

Muchos soldados estaban todavía dormidos y no pudieron reanudar el camino hasta el mediodía.

Edrion tuvo que apresurar a varios hombres que se estaban tardando de más, pero las imágenes eran conmovedoras, la mayoría de los novatos estaban atemorizados y nerviosos, conscientes de que no iban a regresar a ver la luz del día.

Uno de aquellos tantos estaba escribiendo una carta para su madre, la cual metió en un halcón que salió volando al oeste; otro estaba rezando, tratando de hacerse escuchar a la diosa; y otro más estaba llorando porque nunca más volvería a ver a su pareja.

Ciertamente eran bonitas esas escenas, pero su misión era clara: tenían que partir aquel día.

Y así lo hicieron. Aunque la marcha era lenta, el terreno les ofrecía tramos favorables.

En algunas pendientes los carromatos rodaban con rapidez, en otras, los soldados debían empujarlos, pues los caballos no bastaban para cargar tanto peso.

La lentitud era algo que Edrion no soportaba, pero tampoco había nada que pudiera hacer.

El estrés que le producía ver a sus soldados moverse lentamente bajo un sol abrasador lo canalizaba despegándose de la caravana durante las noches para practicar el manejo de la espada.

Sabía que, para la siguiente semana, su ejército habría llegado a la península y al día siguiente saldrían a la mar.

La noche había caído ya, pero, en cualquier caso, ordenó continuar la marcha.

Para cuando la noche maduró, ya habían abandonado el último pueblo vasallo de Aelwîn.

Dos semanas después, cuando Edrion y su ejército llegaron a la península, llegaron por la noche, con un enfado acumulado de varios días y un excepcional cansancio.

Levantaron el campamento lo más rápido que pudieron y la gran mayoría de hombres se fue a dormir.

Edrion leyó un documento sobre los capitanes de las naves para darse una idea sobre quienes comandaban las embarcaciones y posterior a eso desfalleció por el cansancio.

***

Habían pasado dos días desde que el general Taredh llegó al sur del Altheryn.

Esos momentos eran tensos, el bosque estaba pacífico.

Taredh había ordenado establecer rutas de comunicación entre el Narthorien, el centro del Altheryn y Tharûl-Bel.

Las siete cohortes que tenía en su ejército más las guarniciones de Tharûl-Bel podrían contener a los drakarianos que avanzaran por ahí.

Pero había algo extraño, no había nada de aquel lado de la frontera.

Era sospechoso. Seranel Thyrion había presentido lo mismo y había enviado diversos escuadrones de exploración a la frontera del Altheryn, curiosamente, todas volvían pasado un día.

Era extraño. «¿Los drakarianos nos quieren engañar?

», pensaba. No sabía que pasaba, los pájaros volaban de un lado para el otro, había mucha calma.

Muchos soldados en turno de guardia comenzaban a confiarse a pesar de la insistencia del general por permanecer alerta.

«No han atacado aún, ¿es motivo de confianza?

», se repetía constantemente en su cabeza, le parecía ilógico que Drakareth no hubiera atacado todavía el bosque, si quiera que se hubieran acercado.

Los soldados vigilaban con frecuencia el paso de tierra en la frontera.

«Atacarán por el mar», dedujo por aquella singular calma.

Tan pronto le llegó la idea, decidió enviar un halcón a Tharûl-Bel con el objetivo de aumentar la vigilancia en los torreones que daban al Lysarneth.

No lo quería aceptar, pero estaba nervioso, tanto como los más novatos de su ejército.

La noche ya había caído, los faros y antorchas se había encendido y el nuevo turno de guardia había entrado en funciones.

Taredh quería sentirse tranquilo, quería convencerse de que estaba en zona segura.

El general se metió en su cama con esa idea, pero una parte de él le decía que no.

No estaba seguro de que aquello era una trampa.

***

Ya había pasado ocho días desde que Maerdrik y sus hombres abandonaron Vaerenhold.

El viaje por el bosque les había ocasionado un leve retraso de horas.

Cruzaron la frontera agotados, sobre todo por el pequeño desierto que conectaba el bosque fronterizo con Narethil.

En los momentos previos a la llegada a la ciudad, el general apenas notó las diferencias entre aquel lugar y los asentamientos fyrtanos.

Tal vez solo fuera su percepción, pero el fyrtano debía admitir que, en muchos aspectos, Velmyria y Fyrtim no eran tan distintas.

Durante algunas horas los soldados del ejército de Maerdrik habían sido llevados al campo militar, se quedarían allí hasta que Velmyria movilizara tropas o hasta que Maerdrik emprendiera su regreso a Fyrtim.

«Esta, sin duda, es la mayor diferencia con Fyrtim», pensó el general al respecto de las atenciones que los velmyrianos le daban.

Caía la tarde cuando llegó la audiencia con el comandante Varion Calveris, él era el jefe del hoste oriental de Velmyria, pero en esa ocasión había sido designado por el Rey Maltherion para representarlo en aquella audiencia.

Aquel comandante estaba sentado en una sala de guerra con una gran mesa circular que tenía un mapa de la costa sur de Drakareth y todo Velmyria.

Estaba sentado en una silla amplia, hecha de salhúmedo y piedra pálida.

Estaba solo, sin consejo de guerra, sin sirvientes ni nada.

Maerdrik lo increpó en aquella sala, un salón amplio y elegante, con candelabros que iluminaban perfectamente toda la estancia, pilares que daban una impresión de reducción del espacio, y varios estandartes con el tridente plateado con la estrella de ocho puntas de los Valmyrien; un escudo extremamente llamativo y venerado.

Maerdrik se sentó en la silla frontal al comandante velmyriano y esperó hasta que éste dijera palabra.

—¿A qué debo esta visita fyrtana? —dijo Varion Calveris mientras daba vueltas a su copa de ron.

—Le traigo malas noticias comandante —dijo Maerdrik—. Tal vez sean preocupantes para nuestras dos naciones. —Un sirviente le sirvió una copa de ron—. Drakareth ha iniciado una guerra contra nuestra nación Fyrtim, pensamos que la guerra se podría extender a su puerto.

—Yo no estaría tan seguro —dijo el velmyriano dándole un trago a su bebida—. Ha pasado más de una década desde que Drakareth allanó nuestras aguas, no volverán después de su derrota en la bahía.

—Tanto usted como yo sabemos la posición estratégica que Port Velyr cumple —dijo Maerdrik fríamente—.

También sabemos, por lo que dice, de las aspiraciones que Tyrnium Valdyran tiene con el sur.

Durante las últimas dos semanas, Drakareth ha iniciado una guerra relámpago contra nuestra nación, supongo que, si Valdyran decide incrementar la hostilidad, no tardarán mucho en marchar de nuevo contra Vel’Anareth.

—¿Todo esto lo hace por una suposición? —preguntó el comandante.

—No del todo. Recientemente recibí informes sobre el comandante Dürhavel. Nuevamente está al frente del ejército de Drakareth —el general fyrtano se inventó la información.

—Ese es problema suyo, fue su alteza Maltherion quien le confió a ese niño —el comandante tomó una aceituna de un plato cercano.

—A ustedes también les importará cuando ese niño ataque de nuevo el puerto.

—Dürhavel es imprudente y para nada inteligente. Si tiene un poco de cabeza, no se volverá a acercar a nuestra nación. —Varion relleno su copa.

—Esperemos que así sea, y es por eso por lo que he venido. En nombre de Edruval Thyrvalion, he venido como emisario para la formación de una alianza entre nuestras dos naciones.

—Tendría que ser el mismo general Lorem quien ataque nuestro puerto para que nos preocupáramos. —Varion gritó de forma irónica.

—Le aseguro, comandante, que la siguiente vez que los drakarianos se acerquen a la bahía vendrán tanto Dürhavel como Lorem.

—Pues mataremos a ambos antes de que se acerquen. En cualquier caso, Drakareth inició esta guerra desde mucho antes, cuando expropiaron las ruinas de Vaer’Morrak.