Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 12. CUANDO LA MAREA SE ALZA
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CAPÍTULO 12. CUANDO LA MAREA SE ALZA

Nomás habían pasado tres días y el Bastión del Silente ya estaba muy silencioso.

Desde la partida de los generales hacia el sur y hacia el este, ya no había mucho que hacer dentro del Castillo de Thyr.

El único que faltaba por irse era el capitán Edrion Falek, éste se encontraba en la puerta oeste de la ciudad, listo para partir a la península.

Por otra parte, los que quedaban del Consejo de los Cinco decidieron que comenzarían a preparar una defensa contra la ciudad, suponían que era bastante lógico que, en caso de tomar la frontera, los drakarianos marcharían contra Aelwîn.

Salió de la sede, montó su caballo y galopó hacia la puerta oriental de la ciudad. Allí, Edrion se preparaba para partir con tres cohortes rumbo a la península. El castellano de Tharwen había dispuesto una flota pequeña, apenas suficiente para cruzar el Mar de Lysarneth sin llamar la atención.

Edric, por su parte, había enviado el halcón a Ciryandor con noticias urgentes.

Caerlan sabía que habían destinado demasiado dinero a la alianza con los velmyrianos.

Maerdrik y sus hombres habían partido la tarde anterior hacia Velmyria, con la intención de reunirse con un general del rey velmyriano y entregar tropas para defender Port Velyr en otra posible invasión.

Taredh Valhoren había salido junto a ellos.

Si las condiciones eran favorables, llegarían al Altheryn en dos días más.

Una eterna fila de soldados a caballo y carromatos cargados de provisiones, armamento y demás utilería.

Todos los soldados iban vestidos con relucientes armaduras plateadas con el Sol Eterno de los Thyrvalion y el Yunque del Alba de los Thalanor, con cascos que brillaban ante el contacto de la luz solar y visores que cubrían la nariz, terminados con juegos de plumas de varios colores.

Los lanceros que iban a caballo también ondeaban esos mismos estandartes.

Las espadas de los demás soldados estaban prácticamente sin usarse, con un filo mortal, pulidas y enfundadas en vainas color ocre, con distintos grabados.

El capitán Edrion Falek llevaba una armadura con el mismo estilo, tintada en un color gris claro, con una capa de lino morada con rebordes dorados y el Sol Eterno plasmado en el centro con placas delgadas de rubí arcano.

La fila de soldados era infinita. Los caballos estaban ansiosos, muchos relinchaban y otros golpeaban el suelo constantemente.

Caerlan vio como abundaban los bullicios nerviosos entre los soldados, muchos de ellos nunca habían estado en batalla y muchos no volverían a estar en otra.

«Elyndor, protege a tus niños y que vuelvan sanos y salvos a sus hogares» —rezó el general con la angustia de que, para aquellos soldados, esa campaña representaba su última batalla, sobre todo para los más novatos.

El retumbar de las puertas comenzó a sonar, los campanazos y los cuernos de guerra cantaron a un ritmo acelerado.

Edrion impuso la marcha y la columna militar comenzó su camino a la península.

Nunca se habría podido decir cuándo había comenzado la guerra, ni siquiera en ese momento.

Caerlan sabía que Tyrnium no iba a pasar por alto la toma de Velgorad.

Por lo que una vez regresando al centro de adiestramiento, comenzó a establecer guardias y patrullajes por todo el muro, tanto el exterior como en los muros del Castillo de Thyr.

Estaba nervioso. «Lo que define la victoria en una guerra es su preludio».

No sabía dónde se encontraban los drakarianos.

Confiaba en que Tharûl-Bel y los hombres de Taredh lograrían contenerlos, y que Maerdrik conseguiría formar una alianza con los velmyrianos.

Si eso ocurría, Tyrnium tendría que deponer las armas.

No creía que el emperador fuera capaz de enfrentar a dos naciones al mismo tiempo.

Pero el pensamiento de una invasión inminente no lo abandonaba.

Lo atormentaba. Se sentía presidido por sus errores, comenzando por haber aceptado a aquel muchacho Surghen en el ejército.

De no haberlo hecho, nada habría pasado.

¿O sí? Abrumado, regresó a su cama y descansó.

***

El día apenas iniciaba cuando Edrion salió de Aelwîn.

Para cuando la luna se asentó en el cielo, la caravana militar apenas había recorrido veinte millas, deteniéndose en un claro que conducía hacia un pequeño bosque al Sur de la ciudad.

El capitán había calculado poco más de dos semanas para llegar a la península, pero no avanzaría de noche, pues los caballos cansados no soportarían el peso de los hombres.

Edrion ordenó levantar el campamento; los sonidos de la madera siendo clavada, el ritmo crepitante de las hogueras recién encendidas y los relinchos de algunos caballos ambientaban el silencioso bosque.

En cuanto su sirviente levantó la tienda, entró en ella, se quitó la armadura con ayuda de su escudero y se durmió.

***

Hacía poco menos de diez días que habían dejado la Ciudad del Hierro.

Los soldados de Taredh Valhoren eran hombres experimentados, en el pasado muchos habían retenido diversas revueltas en la capital.

Casi nadie había estado presente en guerra abierta contra Drakareth y por eso mismo esperaban que esta movilización simplemente fuera una estrategia de seguridad, tal como había dicho Seranel Thyrion.

El general estaba serio. Estaba molesto.

El halcón que había enviado a Norhënval solicitando refuerzos para resguardar el sur de las montañas había sido rechazado.

Como no tenía los recursos para llegar tan al norte, terminó descartando la opción del apoyo de los norteños, en cualquier caso, esa ciudad estaría bien defendida por el Narthorien.

Pero no todo era malo, Osthelar había dado un contingente de cuatro cohortes que se unirían a los hombres de Taredh en su onceava jornada, por lo menos ya tendría bajo su orientación poco más de once cohortes.

Recordaba su estadía en la Ciudad del Hierro, donde Caerlan decidió conservar una parte de su legión para defender Aelwîn, enviar dos cohortes junto con Maerdrik hacia Velmyria y mandar las últimas a Tharwen.

«Es un tonto, Drakareth no atacará Aelwîn, ese ejército debió ser enviado a Osthelar», pensó el general mientras él y su ejército seguían su marcha hacia el norte.

La noche ya había comenzado a caer y el Altheryn ya se podía ver en la cercanía.

Habían llegado al bosque. El explorador de Taredh había calculado otros diez días al Narthorien y una semana al corazón del bosque, el general decidió confiar en esas predicciones.

No pretendía avanzar de noche, no conocía el terreno ni las rutas.

Las únicas veces que había salido de Eärvendil fue para moverse a la isla de Thalyenmar y regresar: nunca había visitado el este del país hasta ese momento.

Seranel Thyrion dio la orden de levantar el campamento.

Los soldados comenzaron a desempacar estacas, carpas, tapetes, muebles, provisiones, utilería de cocina; establecieron puntos de hoguera y definieron guardias.

El general bostezó y comenzó a erigir él mismo su tienda.

Estaba cansado y enfadado, no quería que nadie lo ayudara.

Tan pronto como su carpa estuvo cimentada en cinco grandes pilares de roble, el general se dispuso a dormir.

***

No se podían quedar mucho tiempo en Brelwaith.

El día anterior, Maerdrik se había enterado de que Edric había mandado el halcón a Ciryandor y esperaban tener una respuesta en el segundo día.

Aún sin ésta, Maerdrik había decidido moverse de Aelwîn.

Era muy descortés solicitar una audiencia y esperar que el solicitado acudiera, el general debía traspasar la frontera sur para esa reunión.

Había tardado veinte días para llegar a Brelwaith.

Él y sus hombres saldrían de la ciudad y se dirigirían a Elvarthir al amanecer.

El tiempo que los fyrtanos perdían en traslados, era tiempo que los drakarianos ganaban en la inminente guerra.

La ruta hacia Velmyria era sencilla y rápida, aun así, Maerdrik no desistió de llevar carromatos de alimento y armamento, aun cuando retrasaban la marcha de sus soldados.

Cuando les abrieron las puertas, la ciudad los deslumbró.

No era grande ni rica como Thalyenmar, pero tenía una belleza inesperada.

Las estructuras estaban hechas de piedra de Thyr en tonos diversos, decoradas con roca y escarcha que brillaba bajo la luz.

Los cristales tintados de las casas, comercios y torreones pintaban la ciudad con colores distintos según la hora del día.

Los faroles, tallados en roble, sostenían velas de larga duración.

Los niños corrían entre las calles, las parejas caminaban tomadas de la mano, y los comercios rebosaban de vida.

La noche empezaba a caer cuando Maerdrik y sus soldados llegaron al castillo: un complejo de torreones cónicos de piedra blanca, techos de ladrillo importado y vitrales que contaban historias en silencio.

Por dentro, la elegancia se mantenía: tapetes, estandartes, retratos, pilares y candelabros.

Los guardias, apostados en cada rincón, vestían armaduras blancas, capas verdes y visores que ocultaban sus rostros.

El interior del castillo era vasto. Escaleras rectas y de caracol se entrelazaban entre pasillos que conducían a decenas de salas, bodegas y cámaras ocultas.

Sin duda, era uno de los castillos más grandes de Fyrtim, solo superado por Castillo de Thyr y la fortaleza de la capital.

Al fondo del corredor principal, se alzaba un estrado circular con cuatro tronos tallados en piedra de Thyr y ornamentados con auravioleta que brillaba como fuego contenido.

En los dos tronos centrales estaban Lord Elvaran Thalendor y Lady Maeryn Valharis: los castellanos de Brelwaith.

—Saludos, general Maerdrik —anunció Elvaran Thalendor.